
La urgencia de resolver la crisis venezolana es ineludible. No estamos ante un proceso de ajuste gradual ni frente a simples reformas administrativas, sino ante la necesidad de una transformación democrática profunda, consciente y estructural. Un cambio que no puede limitarse a lo económico, lo social o a la reconstrucción de infraestructuras, por necesarias que estas sean.
Existe un factor aún más determinante: el rescate de los valores éticos y morales como base de la vida pública. Hacer realidad la advertencia de Bolívar —moral y luces son nuestras primeras necesidades— no es un recurso retórico, sino una condición indispensable para que el país pueda reconstruirse sobre cimientos sólidos.
Solo una educación de calidad, accesible y exigente, puede abrir el camino hacia una verdadera meritocracia, donde el esfuerzo, la capacidad y la honestidad vuelvan a ser criterios reales de ascenso social y político.
Frente a la corrupción no puede haber concesiones ni ambigüedades. Pero para que esa exigencia sea creíble, el ejemplo debe comenzar desde la cúspide del poder. La conducta de quien dirija el país será determinante, porque el liderazgo ético no se proclama: se ejerce.
El tiempo no juega a favor de Venezuela. Cada decisión postergada profundiza el deterioro y encarece la reconstrucción. El país ya ha esperado demasiado. No hay tiempo de espera.
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