La Venezuela que realmente existe.

Hay una frase que me resulta particularmente incómoda citar. La popularizó Juan Domingo Perón, personaje por quien siento un profundo desprecio político. Mi abuelo fue preso político durante su régimen y tengo razones familiares, además de políticas, para no sentir precisamente simpatía por aquel dictador argentino. Pero una buena frase no deja de ser cierta porque la haya pronunciado alguien a quien uno desprecia: «La única verdad es la realidad».

La expresión, en realidad, es anterior a Perón, pero él contribuyó enormemente a popularizarla en Argentina. Y pocas frases podrían servir mejor para explicar uno de los principales problemas de la política venezolana.

Los políticos venezolanos suelen elaborar planes, formular promesas y diseñar transiciones partiendo no de la Venezuela que existe, sino de aquella que desearían que existiera. Acomodan la realidad a sus doctrinas y después construyen sobre esa realidad imaginaria proyectos que inevitablemente tropiezan con la verdadera.

Otto von Bismarck, el célebre Canciller de Hierro y artífice de la unificación alemana, quedó históricamente asociado a otro concepto que deberíamos estudiar con mucha mayor atención: la Realpolitik. El término había sido acuñado por Ludwig von Rochau, pero Bismarck lo convirtió en una manera de ejercer el poder: perseguir objetivos políticos partiendo de las circunstancias existentes, las relaciones de fuerza y aquello que realmente puede hacerse.

No significa carecer de principios. Significa comprender que los principios pueden indicarnos adónde queremos llegar, pero la realidad determina desde dónde tenemos que partir.

Venezuela está destruida física, económica, institucional, social y moralmente. Podemos discutir las causas, repartir responsabilidades y diseñar el país que queremos construir, pero ese es nuestro punto de partida.

Cuando asesoro una empresa con problemas, una de las primeras cosas que necesito determinar es dónde está realmente. No dónde su propietario quisiera que estuviera, dónde estaba hace diez años o dónde espera encontrarse dentro de cinco. Si el diagnóstico inicial es falso, todo el proyecto posterior estará construido sobre una ficción.

No se puede trazar correctamente una ruta si mentimos sobre el lugar desde el cual estamos saliendo.

En Venezuela llevamos demasiado tiempo haciéndolo. Queremos elecciones libres y suponemos que existen las condiciones para celebrarlas. Queremos entregar inmediatamente el poder a la oposición y suponemos que esa oposición podrá ejercerlo. Queremos recuperar el petróleo y suponemos que disponemos de los recursos necesarios. Queremos soberanía absoluta mientras dependemos de otros para financiar nuestra reconstrucción.

Nada de eso modifica la realidad.

Delcy Rodríguez y la política de lo posible

La permanencia de Delcy Rodríguez en el poder después de la caída de Nicolás Maduro es probablemente uno de los ejemplos más claros de Realpolitik.

A mí tampoco me gusta. Como a una enorme cantidad de venezolanos, me gustaría ver al chavismo completamente fuera del poder. Pero una cosa es lo que queremos y otra lo que puede hacerse sin convertir una transición en un desastre.

Como he explicado en artículos anteriores —cuyos enlaces dejaré al final—, Estados Unidos necesitaba después de Maduro una estructura capaz de conservar el control efectivo del Estado y, especialmente, de las armas. La oposición venezolana no controla las Fuerzas Armadas ni tampoco la multitud de organizaciones armadas regulares e irregulares que crecieron alrededor del chavismo: colectivos, grupos paramilitares, guerrillas y otras estructuras con capacidad de ejercer violencia.

Una cosa es ocupar Miraflores y otra muy distinta controlar el Estado.

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