La idea según la cual las empresas petroleras respaldan la democracia en Venezuela y América Latina, antes impensable, hoy resulta evidente. Una institucionalidad democrática sólida es clave para que la industria opere y también influya en la política exterior de Estados Unidos. Esto refleja una convergencia de intereses entre el norte y el sur del continente, que no se limita a lo económico y unilateral, sino que abarca dimensiones políticas y sociales hemisféricas frente a desafíos comunes.
En los años sesenta, en plena Guerra Fría, Venezuela inició ese largo camino democrático como respuesta a la inestabilidad regional, reivindicando las libertades públicas surgidas de la Ilustración europea y consolidadas en la Revolución Norteamericana. La defensa de los derechos del Hombre y, luego, del ciudadano se planteó como medio para enfrentar la subversión nacida de esas mismas corrientes ideológicas, como lo fue el marxismo.
Se consideró siempre que la subversión hallaba terreno fértil en sociedades con rezagos sociales y cívicos, especialmente en países marcados por la herencia colonial, como en regiones de África, Asia y el Medio Oriente con profundas desigualdades históricas.
Todavía nos encontramos en la fase para superar un estadio medio de civilización que nos lleve al alto nivel desarrollado y expandido en el Mundo Libre capitalista del Occidente europeo y de Norteamérica. Pero, hubo un inesperado tropiezo: el socialismo del siglo XXI. Ello no es más que la expresión de una mediana o baja civilización insuperada en buena parte del planeta. De manera absurda, resucitaron un comunismo abyecto y fracasado en medio siglo de vida por su incompatibilidad con la naturaleza humana.
La aguda confrontación la vemos todavía en la misma Venezuela. Un país con vocación social librepensadora, pero inmadura al tiempo de elegir a un encantador del “socialismo” con truco en la manga. El venezolano, al parecer, conforme a la “elección” de 1998, siguió a un ignaro como líder, que entregó el país a las peores causas enfrentadas al Mundo Libre, como es la sórdida guerra global de corte ruso-chino, centrada en un antinorteamericanismo atávico. Hoy, Venezuela es lo contrario. Un país robustamente maduro.
Ese antinorteamericanismo atávico del que hablamos tiene un origen preciso. Desde la fundación de Estados Unidos, el contrapeso en el balance de poderes dentro de su establishment fue la expresión de un punto de vista que emergió del contacto de las trece provincias fundadas por nórdicos europeos en la parte septentrional del “nuevo mundo” frente a los sureños de la franja “tropiecuatorial” de la América española. Al cabo de poco más de cien años de la independencia de tales provincias, ello dio como resultado la figura del patético capitalismo imperialista a comienzos del siglo XX en el hemisferio occidental.
Quizás, la palabra imperialismo usada por Lenin tenga su origen en aquella relación entre la América septentrional y la meridional, cuyo límite estuvo en un paralelo infranqueable para la mezcla de sendos grupos humanos. Una cosa era el nivel de civilización de los pueblos que estaban al norte del Río Grande y otra al sur. Véase el ejemplo del pueblo de Nogales dividido por la línea fronteriza entre México y Estados Unidos.
Ahora, la lucha en Venezuela es esta: restaurar de una vez por todas el sistema institucional de la alta civilización, cuyo fin es atraer la fortaleza financiera del mundo desarrollado de manera segura en beneficio del progreso amplio y formidable a que está llamada la nación venezolana y, con ella, la América hispana en general. Esto no es sólo por su inigualable riqueza natural, sino por la condición notable de su pueblo unido y sin división alguna; de su historia, validada por su vocación de libertad, y de su posición geográfica siempre determinante como un factor clave en el destino de la América hispana.
Confiamos en que el establishment norteamericano jerarquice los principios de sus padres fundadores como valores universales, aplicables a todo pueblo en ascenso. Estos guiaron una corriente política desde el siglo XVIII que se reflejó en la Doctrina Monroe: América para los pueblos del hemisferio, no para los estadounidenses.
Sabemos de las tentaciones dentro del establishment norteamericano por renovar aquel viejo desvío de principios del siglo XX sobre el mal llamado patio trasero caribeño y centroamericano. Los intereses de Estados Unidos con respecto a la América Latina se ampliaron hasta la estabilidad relativa de una democracia legítima, no a la simple explotación económica. Sin esa libertad democrática hispana, no hay Seguridad Nacional de Estados Unidos.
Por ello, la situación del siglo XXI es muy distinta, más aún en el caso venezolano, que ha sido cabeza libertadora y democrática por 200 años en el continente. Lo mejor de la diáspora venezolana, junto a la posición de las petroleras, fortalece los principios de las Libertades Públicas propugnados por la corriente sensata del establishment. Esa, a su vez, pareciera ser el interés nacional básico de Estados Unidos en la solución venezolana que respalda hoy el Congreso, y que acoge el Departamento de Estado en la Casa Blanca.
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