La herida y la lección
Medio siglo ha pasado desde aquel gesto inmenso que fue la nacionalización del petróleo en Venezuela. En términos historiográficos, cincuenta años no son nada: una cicatriz aún fresca, un eco que todavía resuena. Porque la nacionalización no fue un episodio cerrado, un asunto resuelto, sino un punto de inflexión que sigue latiendo en el corazón de nuestra historia contemporánea. De ahí que recordarla —o, mejor dicho, tratar de entenderla— sea inevitablemente una forma de hablar del presente. Y ese presente, como suele ocurrir en las naciones que arrastran traumas no resueltos, está cargado de heridas abiertas, de contradicciones sin saldar, de relatos enfrentados.
Esta obra de José Luis Farías Correa —historiador, político, ciudadano con memoria larga— no pretende ofrecer una versión definitiva de lo ocurrido. Tampoco busca pontificar. Su propósito, más bien, es interrogar el pasado desde el presente, explorar la complejidad de un proceso que fue a la vez victoria y fracaso, promesa y desencanto. Porque eso fue, al fin y al cabo, la nacionalización: el clímax de una lucha larga y ardua por la soberanía, pero también el comienzo de una cadena de errores y omisiones que terminarían por echar por tierra buena parte de lo alcanzado. Un éxito rotundo convertido, con el tiempo, en ruina anunciada.
El libro no es un tratado técnico —aunque está fundado en un conocimiento riguroso—, ni una apología —aunque reconoce los logros—, ni una denuncia —aunque señala con claridad los fracasos—. Es, sobre todo, un acto de reflexión. Una indagación que, como toda buena investigación histórica, no se limita a acumular datos, sino que intenta descifrar el hilo oculto que une los hechos, las decisiones, los discursos, los silencios. La nacionalización, nos dice Farías, no fue un milagro ni un arrebato: fue el resultado de décadas de luchas políticas, de batallas legales, de debates parlamentarios, de negociaciones internacionales. Y tuvo nombre y apellido: Carlos Andrés Pérez, con todos sus aciertos y todas sus sombras, y con quien amenamente José Luis comienza y termina este libro.
La medida, formalizada el 29 de agosto de 1975 y ejecutada el 1 de enero de 1976, fue respaldada por una arquitectura jurídica sólida: la Ley de Hidrocarburos de 1943, la Ley de Reversión de 1971, el artículo 97 de la Constitución del 61, e incluso resoluciones de la ONU que consagraban el derecho de los pueblos a disponer de sus recursos. Fue una operación de Estado. Un acto legal, sí; pero también político, geoestratégico y, en el fondo, simbólico: un país que había vivido subordinado a intereses foráneos recuperaba el control de su recurso más valioso. Fue una afirmación de autonomía en medio del temblor mundial que provocó la crisis energética de 1973. Una forma de decir: aquí estamos, y esto es nuestro.
Pero todo relato de grandeza encierra también su reverso. La estatización trajo consigo desafíos colosales: la necesidad de formar técnicos, de reorganizar estructuras, de mantener la eficiencia sin renunciar a la soberanía. Y aunque muchos de esos desafíos se enfrentaron con éxito, otros quedaron pendientes. El modelo rentista no fue desmontado; la diversificación económica nunca llegó. Se cambió la forma, pero el fondo siguió siendo el mismo: una economía dependiente de un solo producto, una ilusión de riqueza sin bases sostenibles.
Y entonces llegó Hugo Chávez. Y con él, una ruptura. O, al menos, eso quiso parecer. Bajo la promesa del socialismo del siglo XXI, PDVSA fue vaciada de contenido técnico y convertida en brazo político. Ya no se trataba de gestionar eficientemente una empresa estratégica, sino de usarla como plataforma ideológica y política. Se desmanteló la meritocracia, se expulsó el conocimiento, se impuso el dogma. El petróleo —que había sido símbolo de independencia— se transformó en instrumento de poder, en pieza de propaganda.
Lo que vino después fue peor. Nicolás Maduro heredó el discurso, pero no el talento ni el carisma. Bajo su mando, el petróleo dejó de ser fuente de esperanza para convertirse en símbolo de decadencia. De alrededor de tres millones de barriles diarios en 2013, se cayó por debajo del millón. La corrupción, la desinversión, las sanciones, la represión… todo se conjugó para arruinar lo que quedaba. La riqueza fue saqueada, la empresa vaciada, la nación empobrecida.
Y, sin embargo —y esto es quizá lo más valioso de este libro— Farías no escribe con nostalgia ni con furia. Escribe con lucidez. Con esa rara mezcla de pasión y distancia que distingue a los historiadores verdaderos. No romantiza el pasado ni demoniza el presente: intenta entender. Y al hacerlo, nos invita a nosotros, los lectores, a interrogarnos también. ¿Qué hicimos con aquella victoria? ¿Qué dejamos de hacer? ¿Qué podemos —qué debemos— recuperar?
Este ensayo es una advertencia, sí, pero también una invitación. Nos recuerda que la soberanía no es un acto aislado, ni una frase para los discursos, sino un ejercicio cotidiano de responsabilidad. Que la historia no sirve para refugiarnos en ella, sino para aprender. Que todo lo ganado puede perderse. Y que aún estamos a tiempo.