El Pacto de La Meca, la alianza defensiva formada por Arabia Saudita, Pakistán y Turquía, no debería ser tomado como un acuerdo militar más. Su nacimiento reúne un conjunto de capacidades económicas, militares, políticas y religiosas suficientes para modificar el equilibrio de poder mucho más allá de Medio Oriente. Los tres países, que por separado ya son actores relevantes, al actuar juntos pueden convertirse en un nuevo centro de poder dentro del mundo islámico y, eventualmente, en un interlocutor obligado para Estados Unidos, China, Rusia, Irán e Israel.
Las cifras permiten dimensionar el peso de la alianza. Arabia Saudita, Pakistán y Turquía reúnen aproximadamente 3,3 billones de dólares de producto bruto, unos 400 millones de habitantes y alrededor del 3,5% del comercio mundial. En términos militares, suman aproximadamente 1,38 millones de soldados, 6.046 tanques, 910 aviones de combate, 162 helicópteros de ataque, 8.830 sistemas de artillería y unos 450 activos navales. Pero esas cifras no son lo más importante. Lo realmente significativo es que cada uno aporta una capacidad que los otros necesitan: Arabia Saudita aporta dinero, recursos energéticos y peso religioso; Turquía, una importante fuerza militar y una industria de defensa en expansión; y Pakistán, una gran fuerza armada y, sobre todo, el único arsenal nuclear de un Estado musulmán.
Arabia Saudita ocupa una posición particular dentro del mundo islámico. Custodia La Meca y Medina, dos de los tres lugares más sagrados del islam, y por eso posee una autoridad religiosa que supera ampliamente sus fronteras. El sunismo representa aproximadamente el 87,5% de los musulmanes y, sobre una población islámica mundial cercana a los 2.000 millones de personas, eso coloca a Riad en una posición de enorme influencia sobre una comunidad de entre 1.700 y 1.800 millones de personas. Frente a ella, Irán encabeza el principal polo chiita, compuesto por unos 200 a 300 millones de musulmanes.
La influencia saudita no se limita a la religión. Riad tiene una posición central dentro de organismos como la Organización para la Cooperación Islámica, integrada por 57 países, la Liga del Mundo Islámico y el Banco Islámico de Desarrollo. A esa red política y religiosa se suma una capacidad financiera excepcional. El Fondo de Inversión Pública saudita administra alrededor de 1,21 billones de dólares en activos, mientras que la autoridad monetaria del país, SAMA, dispone de aproximadamente 495.000 millones. El fondo de pensiones GOSI administra otros 250.000 millones y el Fondo Nacional de Desarrollo unos 115.000 millones. En conjunto, se trata de una masa de activos superior a los 2 billones de dólares, una capacidad financiera que puede resultar decisiva para sostener proyectos militares, industriales y de infraestructura dentro de la nueva alianza.
Turquía aporta algo diferente. El país necesita capital para continuar ampliando su influencia regional, pero posee una ventaja que Arabia Saudita no tiene: una poderosa industria militar propia. Bajo Recep Tayyip Erdogan, Turquía dispone de uno de los ejércitos más grandes de la OTAN y de una industria capaz de producir drones, vehículos blindados, sistemas electrónicos, misiles y otros equipos que ya encuentran compradores fuera del país. El acceso al dinero saudita y a un mercado compuesto por numerosos países musulmanes podría darle a esa industria una plataforma de expansión considerable.
Además, Turquía mantiene la protección territorial que le proporciona su pertenencia a la OTAN. El artículo 5 de la alianza atlántica establece el principio de defensa colectiva, aunque su aplicación concreta depende de las decisiones políticas de los miembros. Esta circunstancia es observada con atención por Israel e Irán, mientras la relación entre Ankara y Jerusalén se deteriora.
Turquía también ocupa posiciones estratégicas en varios conflictos. Tiene una influencia decisiva sobre el nuevo gobierno sirio y aspira a convertirse en uno de los principales actores en la cuestión palestina y en la eventual creación de un Estado palestino. Allí aparece una coincidencia importante con Arabia Saudita. Después de los ataques del 7 de octubre, Riad estableció como condición para avanzar hacia una normalización con Israel que existieran pasos concretos hacia la creación de un Estado palestino.
La cuestión no es solamente política. Para el mundo musulmán, Jerusalén tiene una importancia religiosa extraordinaria. Arabia Saudita controla dos de los tres principales lugares sagrados del islam y el tercero, Jerusalén, se encuentra bajo control israelí desde 1967. Por eso, asumir un papel central en la cuestión palestina también puede ser una forma de disputar a Irán el liderazgo político de la causa palestina y del mundo musulmán.
Incluso el nombre de la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria iraní contiene esa dimensión. Quds es la denominación árabe de Jerusalén. La competencia entre Arabia Saudita e Irán no es entonces solamente una disputa por territorio, petróleo o influencia: también es una lucha por definir quién representa políticamente al mundo musulmán.
La alianza tiene además una dimensión directamente relacionada con la seguridad. Arabia Saudita considera desde hace años a Irán una amenaza, tanto por sus propias capacidades militares como por la utilización de grupos aliados en países vecinos. Los hutíes en Yemen y las Fuerzas de Movilización Popular en Irak forman parte de una red de organizaciones vinculadas de diferentes maneras a Teherán. Para Riad, la posibilidad de que esa red pueda utilizarse contra territorio saudita constituye una amenaza permanente.
Turquía, por su parte, puede desempeñar un papel importante en la reducción de la influencia iraní en Siria y Líbano. También mantiene vínculos con Hamas y tiene capacidad para influir sobre el movimiento palestino. Qatar cumple allí un papel paralelo, ya que alberga al buró político de Hamas y posee una relación estrecha con Turquía. Doha, además, ha utilizado recursos financieros para respaldar a Turquía durante períodos de fuerte presión económica, incluida la crisis de la lira turca de 2018 y otros episodios posteriores.
La relación entre Qatar y Arabia Saudita también cambió radicalmente. Después del bloqueo impuesto a Qatar en 2017 por Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Egipto, la situación comenzó a normalizarse hasta llegar a una relación mucho más estrecha. Hoy sauditas y cataríes aparecen vinculados en distintos proyectos regionales, incluida la reconstrucción y financiación de Siria, al tiempo que contribuyen a consolidar la influencia turca en ese país.
El nuevo pacto, por eso, no solamente modifica la relación con Irán. También puede alterar el equilibrio interno entre las propias monarquías del Golfo. Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos mantienen diferencias crecientes en distintos escenarios. En Libia, Turquía, Arabia Saudita y Qatar han respaldado principalmente al Gobierno de Unidad Nacional con sede en Trípoli, mientras Emiratos ha apoyado al campo rival encabezado militarmente por Khalifa Haftar desde el este del país. En Yemen, sauditas y turcos respaldan al gobierno, mientras Emiratos ha apoyado a los separatistas del Consejo de Transición del Sur. En Sudán, nuevamente sauditas y turcos se encuentran más cerca del gobierno, mientras Emiratos mantiene vínculos con las fuerzas paramilitares del RSF. En Somalia aparece otra disputa, con Arabia Saudita y Turquía respaldando al gobierno central y Emiratos e Israel vinculados al movimiento separatista de Somalilandia.
El Pacto de La Meca introduce así un nuevo factor en todas esas disputas. Qatar, Kuwait, Omán y Emiratos Árabes Unidos tendrán que calcular cuidadosamente su posición. Quedar fuera de un nuevo sistema de seguridad regional podría tener costos si Irán consigue consolidar su posición, pero incorporarse también implica aceptar una nueva distribución de poder en la que Arabia Saudita y Turquía tendrían un papel central.
El problema se vuelve todavía más delicado si Irán consigue convertirse en una potencia nuclear. En ese caso, la superioridad demográfica del mundo sunita dejaría de ser suficiente como mecanismo de equilibrio. Allí aparece la importancia estratégica de Pakistán. El país dispone de un arsenal nuclear estimado en unas 170 ojivas y de una familia de misiles que incluye los sistemas Hatf y Babur. La existencia de una potencia nuclear musulmana dentro de la alianza introduce una forma de disuasión que Irán debe necesariamente considerar.
Pero la capacidad de presión de la nueva alianza no termina en las armas convencionales o nucleares. Turquía posee influencia sobre los kurdos del norte de Irak y, a través de sus relaciones con el clan Barzani, puede afectar indirectamente el margen de acción de grupos kurdos vinculados con Irán. Pakistán, mientras tanto, comparte frontera con Irán y tiene una relación compleja con los grupos separatistas beluchíes, entre ellos Jaish al-Adl, que opera en la provincia iraní de Sistán y Beluchistán. Esa cuestión llegó a provocar enfrentamientos directos entre Irán y Pakistán entre el 16 y el 18 de enero de 2024.
Teherán también ha acusado históricamente a Arabia Saudita de apoyar a grupos opositores como Jundallah, posteriormente vinculado a otras estructuras, y al Movimiento de Lucha Árabe para la Liberación de Ahwaz. El dato es particularmente sensible porque Juzestán, donde existe una importante población árabe, es la principal región petrolera y gasífera de Irán. En otras palabras, una alianza que durante años observa cómo Teherán utiliza grupos aliados en su entorno ahora dispone, al menos potencialmente, de la capacidad para ejercer presión sobre algunos de los puntos más vulnerables del territorio iraní.
Geográficamente, el problema para Teherán es todavía mayor. El nuevo pacto crea un arco que rodea parcialmente a Irán. Turquía es un aliado central de Azerbaiyán, vecino septentrional de Irán, país con importantes vínculos étnicos con la población azerí iraní. Azerbaiyán, además, mantiene una relación estratégica con Israel y es uno de sus principales proveedores de petróleo. El resultado es una compleja red de alianzas cruzadas en la que cada movimiento de un actor afecta a varios de los demás.
Al este de Irán aparece Afganistán, donde las tensiones por el río Helmand, los refugiados y la frontera han provocado enfrentamientos en distintos momentos. Irán y Afganistán mantienen una relación difícil, mientras Pakistán enfrenta a su vez un conflicto crónico con los talibanes. La influencia financiera y religiosa de Arabia Saudita podría ofrecer a Islamabad una herramienta adicional para gestionar ese problema.
Más lejos aparece India. Pakistán e India mantienen una rivalidad histórica alrededor de Cachemira, territorio de mayoría musulmana, y la incorporación de Islamabad a una alianza encabezada por Arabia Saudita y Turquía puede introducir una nueva dimensión en ese conflicto. India, además, mantiene una relación estrecha con Israel, mientras el gobierno de Narendra Modi ha desarrollado una política basada en el Hindutva, un movimiento nacionalista hindú con una fuerte dimensión religiosa. En un país de unos 1.400 millones de habitantes, alrededor de 1.160 millones son hindúes y cerca de 200 millones musulmanes. Esa dimensión religiosa se superpone a una rivalidad geopolítica que ya es peligrosa.
Pakistán, además, no reconoce a Israel. De este modo, el Pacto de La Meca comienza a conectar problemas que hasta ahora podían analizarse por separado: Irán, Israel, Palestina, Cachemira, Afganistán, los kurdos, el Cáucaso y el equilibrio del Golfo. Es precisamente allí donde la alianza deja de ser exclusivamente un asunto de Medio Oriente y comienza a adquirir una dimensión asiática.
Para Estados Unidos, el fenómeno tiene una doble lectura. Por un lado, Washington puede beneficiarse de que Arabia Saudita, Turquía y Pakistán asuman una mayor responsabilidad para contener a Irán. Después de la crisis militar con Teherán, permitir que los propios actores musulmanes de la región asuman parte de esa tarea puede ser mucho menos costoso que mantener una guerra abierta y prolongada.
Pero existe una contradicción. Si Estados Unidos cede protagonismo en materia de seguridad, también puede perder una de las principales herramientas que durante décadas utilizó para conservar influencia política en Medio Oriente. El Pacto de La Meca puede ser entonces una solución para Washington en el corto plazo y, al mismo tiempo, un retroceso estratégico en el largo plazo.
Por eso es poco probable que Donald Trump acepte pasivamente una arquitectura de seguridad regional que reduzca la dependencia de sus aliados respecto de Estados Unidos. Washington todavía puede apoyar al nuevo esquema, conservar sus bases, mantener el acceso militar y convertirse en proveedor de armas, tecnología e inteligencia. Estados Unidos podría estar perdiendo el monopolio de la seguridad regional sin perder necesariamente su influencia.
Israel enfrenta una contradicción similar. El crecimiento de una alianza musulmana con una capacidad militar considerable reduce parte de la posición hegemónica que Israel había construido en la región. Pero enfrentarse directamente con una coalición que reúne dinero saudita, industria militar turca y disuasión nuclear pakistaní tampoco parece una alternativa sencilla. Para Israel incluso podría existir una ventaja si la nueva alianza consigue limitar el poder iraní, especialmente si Washington reduce su participación directa contra Teherán. El problema es cuánto terminarán pesando dentro del nuevo pacto la cuestión palestina y Jerusalén.
La eventual incorporación de Egipto podría modificar todavía más el escenario. El país posee un peso militar importante, una enorme población, una posición geográfica estratégica y el control del canal de Suez. Su ingreso convertiría al Pacto de La Meca en una estructura mucho más relevante dentro del mundo árabe y aumentaría su proximidad estratégica con Israel.
También podrían aparecer aspirantes más lejanos. Azerbaiyán tiene una importancia particular por su posición frente a Irán y su relación con Turquía e Israel. Indonesia y Malasia aportarían algo diferente: población musulmana, peso económico y una posición estratégica sobre las rutas marítimas de Asia, especialmente si la nueva alianza llegara a tener influencia sobre el estrecho de Malaca.
China observa todo esto desde una posición privilegiada. Beijing mantiene relaciones estratégicas con Arabia Saudita, Irán y Pakistán y desarrolla una relación cada vez más importante con Turquía. Es, además, uno de los principales compradores de petróleo de Medio Oriente y uno de los mayores inversores en la región. En lugar de tener que elegir necesariamente entre los dos lados de la nueva arquitectura islámica, China puede relacionarse con ambos.
Rusia se encuentra en una posición más incómoda. Mantiene una relación estrecha con Irán y conserva capacidad de influencia en el mercado energético a través de su papel central en la OPEP+, donde comparte intereses con Arabia Saudita. Pero su margen de maniobra es menor que el de China. Más que liderar la nueva arquitectura, Moscú deberá intentar preservar sus vínculos con los distintos actores y evitar que Irán quede completamente aislado.
Por eso todavía es prematuro hablar de una verdadera "OTAN sunita". La alianza no dispone aún de la estructura institucional, los mandos integrados, la planificación militar conjunta ni los mecanismos de respuesta que caracterizan a la Alianza Atlántica. El nombre sirve como referencia periodística, pero no como descripción formal de lo que existe hoy.
La verdadera prueba será lo que ocurra a partir de ahora. Si los tres países crean estructuras permanentes de coordinación, realizan ejercicios militares conjuntos, integran sistemas de defensa aérea, comparten inteligencia, establecen mecanismos financieros y desarrollan un procedimiento concreto para responder ante un ataque contra cualquiera de sus miembros, entonces el Pacto de La Meca habrá dejado de ser una declaración política para convertirse en una nueva arquitectura de seguridad.
Por ahora, sin embargo, ya produjo un cambio importante. Por primera vez se encuentran dentro de una misma alianza tres capacidades que hasta ahora estaban separadas: dinero, industria militar y disuasión nuclear. Y junto con ellas aparecen conflictos que antes podían analizarse individualmente.
Ese es probablemente el verdadero significado del Pacto de La Meca. No necesariamente está creando un nuevo bloque militar al estilo de la OTAN, pero puede convertirse en un nuevo centro de poder y negociación. La seguridad del Golfo, la amenaza iraní, Palestina, Jerusalén, el Cáucaso, Pakistán, India y la competencia entre Estados Unidos y China empiezan a quedar conectados dentro de una misma arquitectura estratégica.
El pacto todavía tiene que demostrar que puede sobrevivir a sus propias diferencias y transformar sus capacidades individuales en una fuerza coordinada. Pero una cosa ya cambió: los países musulmanes que durante décadas dependieron principalmente de las garantías militares de Occidente comenzaron a construir, por primera vez, una alternativa propia. Y si esa alternativa se consolida, el mapa de poder de Medio Oriente ya no volverá a ser exactamente el mismo.