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viernes, septiembre 11, 2026

La CPI enfrenta una crisis de confianza mientras los estados miembros se retiran bajo presión estadounidense


La Corte Penal Internacional (CPI) se encuentra el 9 de diciembre de 2025 en La Haya, Países Bajos. (AP Photo/Peter Dejong, Billar, archivo)

Mientras Estados Unidos intensifica la presión sobre la Corte Penal Internacional, sancionando a dos miembros de alto cargo más en las últimas semanas, un pequeño pero creciente número de Estados miembros del tribunal global ha anunciado que abandonará la institución.

Por Molly Quell | Associated Press

La reciente salida de Venezuela y Chad eleva a cinco el número de países que se han retirado del tribunal en el último año, uniéndose a Burkina Faso, Malí y Níger. El aumento de retiradas se produce mientras la CPI enfrenta hostilidad desde Washington y una crisis de liderazgo tras destituir a su propio fiscal jefe.

“Hasta ahora, cinco países han anunciado planes para retirarse del Estatuto de Roma, y damos la bienvenida a más anuncios en el futuro”, dijo un portavoz del Departamento de Estado de EEUU a AP.

El Estatuto de Roma estableció la CPI en 2002 como el tribunal de última instancia para procesar a los responsables de las atrocidades más atroces del mundo: crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad, genocidio y el crimen de agresión. Con sede en La Haya, afronta casos en los que las naciones no pueden o no quieren procesar delitos en su propio territorio.

“La CPI lamenta cualquier decisión de apartarse del esfuerzo colectivo para poner fin a la impunidad por los crímenes internacionales más graves”, declaró la portavoz del tribunal, Oriane Maillet, a la AP.

En julio, el secretario de Estado Marco Rubio anunció que Estados Unidos estaba lanzando una “campaña de gran escala para desmantelar la amenaza que representa la Corte Penal Internacional para la soberanía estadounidense.”

Rubio dijo que presionará a los 125 estados miembros del tribunal para que se retiren de la institución, sancionará a las organizaciones que colaboren con el tribunal y prohibirá al personal viajar a Estados Unidos. La administración Trump ya ha sancionado a una docena de empleados de la CPI en represalia por las órdenes que el tribunal ha emitido contra altos funcionarios israelíes por la guerra en Gaza y las investigaciones sobre personal estadounidense en Afganistán.

El país centroafricano de Chad citó específicamente a Estados Unidos en su decisión de retirarse. Su ministro de Asuntos Exteriores, Abdoulaye Sabre Fadoul, dijo en un comunicado que en una llamada telefónica con un funcionario estadounidense el 23 de julio, “la parte estadounidense expresó sus preocupaciones sobre el funcionamiento de esta institución y solicitó que Chad reconsiderara” su membresía.

Cuatro días después, Chad anunció que abandonaría la CPI.

Iva Vukuši?, investigadora de la Universidad de Utrecht, declaró a la AP que la campaña estadounidense dejará al descubierto cuán comprometidos están los países con el tribunal. “¿Están dispuestos a defenderlo aunque les cueste algo real?” dijo.

El Departamento de Estado dijo a AP que Estados Unidos haría un llamamiento a las naciones que “disfruten de los beneficios del paraguas de seguridad estadounidense” para que rechacen la CPI.

Lea más en Associated Press

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sábado, agosto 22, 2026

Corte Penal Internacional: ¿pierde apoyo en América Latina? Maricel Drazer



Venezuela ya anunció su salida y Colombia evaluaría seguir sus pasos, según medios. ¿Puede extenderse esta tendencia a otros países de la región?

La Corte Penal Internacional (CPI) está bajo presión. Sanciones contra sus funcionarios, cuestionamientos a su legitimidad y llamados a abandonar la institución ponen a prueba al tribunal creado para hacer justicia ante los crímenes internacionales más graves.

En este contexto, ¿qué posición adoptará América Latina y el Caribe, donde 28 países son Estados parte de esta institución?

Surgida del Estatuto de Roma y en funcionamiento desde 2002, la CPI es el primer tribunal penal internacional permanente. Con sede en La Haya, juzga a personas —no a Estados— por genocidio, crímenes de lesa humanidad, crímenes de guerra y el crimen de agresión. Este tribunal interviene cuando los sistemas judiciales nacionales no pueden o no están dispuestos a investigar y juzgar esos crímenes.

"América Latina ha sido históricamente una de las regiones más comprometidas con la justicia penal internacional", señala en entrevista con DW la jurista venezolana residente en Madrid Soranib Nathali Hernández de Deffendini, especialista en derecho penal internacional, quien destaca la temprana adhesión de la mayoría de los países latinoamericanos al tratado.

"Lo que está ocurriendo con algunos países [...] es un retroceso en materia de afirmación universal de estándares de respeto a los derechos fundamentales y al derecho humanitario", indica, por su parte, el abogado penalista José Ugaz, expresidente de Transparency International y actual presidente de Proética, en diálogo con este medio desde Perú. Sin embargo, considera que "aún es prematuro decir que hay un cambio a nivel regional".

La salida de Venezuela

El Gobierno venezolano formalizó el pasado 24 de julio su retirada de la CPI, mientras la Fiscalía de la Corte mantiene abierta una investigación por presuntos crímenes de lesa humanidad cometidos en el país.

Para Juan Ospina, abogado colombiano, profesor de Derecho Público y experto en derecho internacional penal, se trata de una decisión "equivocada", que conduce "al debilitamiento de las garantías de las víctimas". Si los responsables de los crímenes no son juzgados dentro del país y no existe una instancia internacional a la que recurrir, quedarían sencillamente sin castigo, dice a DW desde Bogotá.

Con todo, Hernández de Deffendini, quien ha colaborado con abogados acreditados ante la CPI en la presentación de documentación sobre el caso venezolano, subraya que la decisión no implica el cierre de la investigación iniciada. "El retiro de un Estado no elimina automáticamente la competencia de la Corte sobre hechos ocurridos mientras dicho Estado era parte".

¿Efecto dominó?

También en Colombia hay dudas sobre el futuro de la relación con la CPI. Si bien por ahora no hay una decisión oficial, medios locales informan que el nuevo Gobierno de Abelardo de la Espriella estaría considerando retirar al país del tribunal. Para Ospina, una eventual salida afectaría los derechos de los más de diez millones de víctimas del conflicto armado y supondría para la sociedad colombiana la pérdida de "un mecanismo externo de control".

Pete Hegseth habla en el estrado en la Cumbre Aticárteles reunida en Panamá.
El secretario de Guerra de EE. UU., Pete Hegseth, durante la cumbre de la A3C en Panamá. Estados Unidos ha instado a los países participantes a abandonar la Corte Penal Internacional. (Foto de archivo)Imagen: Matias Delacroix/AP Photo/picture alliance

¿Puede entonces el alejamiento de la CPI extenderse por América Latina?

Hernández de Deffendini no prevé "un efecto dominó automático", pero sí considera que existe el riesgo de que este tipo de posturas se normalicen.

Ugaz, en tanto, señala factores políticos detrás de esa tendencia: "Con el ascenso al poder de regímenes autoritarios o populistas de derecha y de izquierda, se ha propagado un discurso que, basado en un falso concepto de soberanía, cuestiona la aceptación de sistemas de justicia supranacional".

"Es evidente que a este tipo de regímenes no les conviene contar con sistemas regionales o globales que puedan mediar en conflictos internos cuando los sistemas de administración de justicia locales no pueden o no lo quieren hacer", explica el abogado peruano.

El papel de Estados Unidos

Así las cosas, Estados Unidos ha intensificado sus acciones contra el tribunal, pese a no formar parte de este. En la reciente cita de la Coalición de las Américas contra los Cárteles (A3C), celebrada en Panamá, el secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, instó a los países participantes a abandonar la Corte. Washington también ha impuesto sanciones a numerosos integrantes de la institución, incluida su presidenta, Tomoko Akane.

"Desde una perspectiva jurídica, resulta problemático que un Estado que no forma parte de la institución busque influir en la relación de terceros países con ella", afirma Hernández de Deffendini. La experta ve detrás de estas acciones una lógica geopolítica: preservar "márgenes de maniobra estratégica y control sobre los mecanismos internacionales que pueden afectar sus intereses o los de sus aliados".

Para Ugaz, un debilitamiento de la CPI iría mucho más allá del propio tribunal e implicaría un "incremento irracional de la impunidad". En ese escenario, "ganan los corruptos, los regímenes autoritarios, el crimen organizado y todos aquellos que desprecian el bien común como sustento de un Estado democrático de derecho", concluye.

(cp)

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lunes, julio 27, 2026

Netanyahu habla con Rubio sobre desmantelar la CPI antes de su inminente viaje a EEUU


El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, dijo este domingo que habló con el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, sobre su campaña para desmantelar la Corte Penal Internacional (CPI), antes de su viaje este próximo lunes a Washington, durante el que se reunirá con Donald Trump.

«Anoche hablé con el secretario de Estado Marco Rubio, y me reiteró la intención de Estados Unidos de actuar con firmeza contra esta organización (la CPI)», dijo Netanyahu al inicio de la reunión de su Gabinete, según un comunicado de su Oficina.

En el texto, Netanyahu alega que esta corte global «pone en peligro la justicia en el mundo» y limita la seguridad de los países «a las decisiones de funcionarios corruptos en La Haya», además de invitar a otros países a que sigan la iniciativa estadounidense.

Netanyahu viajará el lunes a Washington, por invitación del presidente Trump, donde acudirá al funeral del senador Lindsey Graham y charlará con el presidente «sobre todos los temas de la agenda, incluida la situación en Irán», dijo el mandatario.

El encuentro entre Netanyahu y Trump, el primero cara a cara entre ambos líderes desde el inicio de la guerra conjunta contra Irán a finales de febrero, se produce en medio de una escalada de las hostilidades entre Washington y Teherán, con Tel Aviv en alerta.

En los últimos meses, la relación entre Netanyahu y Trump ha ido fluctuando desde una extrema cordialidad hasta ataques verbales por vía telefónica, como el que salió a la luz a principios de junio, cuando Trump le dijo que estaba «jodidamente loco» durante una llamada tras un bombardeo israelí en Líbano, de acuerdo con el medio estadounidense Axios.

Sobre la destitución el viernes del hasta entonces fiscal de la Corte Penal Internacional (CPI), Karim Khan, por presunta conducta sexual indebida, Netanyahu insinuó hoy que el depuesto fiscal emitió órdenes de arresto contra él y el exministro de Defensa Yoav Galant por presuntos crímenes de guerra, a fin de desviar la atención de sus propias fechorías.

«Hizo esto para desviar la atención, para congregar a su alrededor a todos los que odian a Israel y, en esencia, para crearse una coraza protectora.

Esa coraza se ha abierto y también ha expuesto su verdadera motivación, y la injusticia y la profunda corrupción que existen no solo en la Fiscalía, sino en toda la Corte Penal Internacional en su conjunto», arengó el mandatario.

EFE

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sábado, julio 25, 2026

Clippve exige al chavismo revertir la decisión de salir de la Corte Penal Internacional


A juicio del Clippve, esta decisión es un “intento de cerrar una vía de justicia para proteger a responsables que aún ejercen el poder”, al tiempo que subrayó que “al menos 500 personas siguen detenidas por motivos políticos y cientos de víctimas dependen de mecanismos internacionales para acceder a la verdad, justicia y reparación” |  EFE/ Miguel Gutiérrez

El Comité por la Libertad de los Presos Políticos (Clippve) le exigió al chavismo ]revertir su decisión de salir de la Corte Penal Internacional (CPI) y cooperar con el tribunal, que lleva una investigación sobre crímenes de lesa humanidad cometidos en el país desde 2017.

A través de un comunicado, difundido este sábado, el Clippve exigió también a la Fiscalía de la CPI que continúe “sin dilación” la investigación y preservarla durante un año, período que se necesita para que se formalice la salida de Venezuela del tribunal.

Además, pidió a los Estados del Estatuto de Roma que respalden política y financieramente a la CPI, una solicitud que se da luego de que el secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio, anunciara la semana pasada una campaña diplomática para “desmantelar” al tribunal y presionar a los aliados de Washington para que abandonen el organismo, al que acusa de inmiscuirse en asuntos estadounidenses.

El viernes, Félix Plasencia anunció la decisión del chavismo de renunciar al Estatuto de Roma, al considerar que la CPI actúa con un “sesgo” que concentra su labor de forma “desproporcionada” en países africanos y latinoamericanos, y responde a intereses ajenos a la justicia internacional.

A juicio del Clippve, esta decisión es un “intento de cerrar una vía de justicia para proteger a responsables que aún ejercen el poder”, al tiempo que subrayó que “al menos 500 personas siguen detenidas por motivos políticos y cientos de víctimas dependen de mecanismos internacionales para acceder a la verdad, justicia y reparación”.

“Las denuncias de detenciones arbitrarias, torturas, desapariciones forzadas y persecución llegaron a la Corte porque los tribunales nacionales no investigaron ni sancionaron a los responsables”, aseguró el Clippve.

El viernes, la CPI lamentó la decisión de Venezuela y le recordó que la renuncia no tendrá efectos inmediatos, ya que el país seguirá siendo parte del organismo durante un año, y mantendrá también sus obligaciones de cooperación con las investigaciones y procedimientos ya iniciados en los últimos años.

En 2018, la Fiscalía de la CPI abrió un examen preliminar sobre presuntos crímenes de lesa humanidad cometidos en Venezuela y, en 2021, inició una investigación formal que permanece activa.

En abril de 2022, Venezuela solicitó que se aplazara la investigación en favor de las actuaciones de sus autoridades nacionales, pero en junio de 2023 la Corte autorizó a la Fiscalía de la CPI a reanudarla al considerar que los procedimientos penales internos del país suramericano no reflejaban suficientemente el alcance de las pesquisas.

Aunque la Fiscalía de la CPI cerró en diciembre pasado su oficina técnica en Caracas por la falta de “progreso real” en materia de complementariedad, dejó claro entonces que los investigadores de la oficina del fiscal en La Haya continuarán con las pesquisas.

EFE

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lunes, julio 13, 2026

Estados Unidos lanza una campaña para «desmantelar» la Corte Penal Internacional


El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, anunció este lunes el lanzamiento de una campaña diplomática para «desmantelar» la Corte Penal Internacional (CPI) y presionar a los aliados de Washington para que abandonen el organismo, al que acusa de inmiscuirse en asuntos estadounidenses.

«La CPI representa una amenaza intolerable para la soberanía estadounidense: se arroga la autoridad para procesar e incluso encarcelar a militares y funcionarios estadounidenses que actúan en defensa del interés nacional de Estados Unidos», afirmó en un comunicado.

Estados Unidos no es firmante del Estatuto de Roma, que creó la CPI, y la Administración de Donald Trump ha sancionado a altos funcionarios de la Corte por investigar presuntos crímenes de guerra cometidos por personal estadounidense en Afganistán y por actuar contra funcionarios israelíes, aliado clave de Washington.

La nueva campaña del Departamento de Estado plantea prohibir la entrada a Estados Unidos al personal de la CPI y aumentar las sanciones contra sus miembros y las organizaciones afiliadas.

También incluye intensificar la presión sobre los aliados de Washington, especialmente aquellos que «disfrutan de los beneficios del paraguas de seguridad de Estados Unidos», para que rechacen abiertamente las iniciativas de la CPI.

La Administración de Trump llamará a embajadores y altos cargos de naciones extranjeras para destacar «los abusos de la CPI» e instarles a retirarse del organismo.

Habrá además, por parte de Washington, un «mayor escrutinio de las naciones que se niegan a rechazar la supuesta autoridad de la CPI mientras dependen de la asistencia de Estados Unidos».

El secretario de Estado denunció en un comunicado que la CPI busca convertirse en «un árbitro global sin rendición de cuentas».

En una columna de opinión publicada este mismo lunes en el diario The Wall Street Journal, aseguró que la Corte está «respaldada y dirigida por una poderosa red de organizaciones no gubernamentales de izquierda, globalistas engreídos y gobiernos hostiles del Tercer Mundo unidos por su enemistad hacia Estados Unidos».

«Utilizando todos los recursos a disposición de nuestro gobierno, trabajando codo a codo con cada aliado con quien podamos unir fuerzas, desmantelaremos la CPI, paso a paso, si es necesario», apuntó.

EFE

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jueves, junio 11, 2026

Robert Carmona-Borjas publica libro que revela el problema mayor detrás de Karim Khan: el encubrimiento de la corrupción ética dentro de la CPI


Separar a Karim Khan no limpia la Corte Penal Internacional: la crisis apenas comienza a ser visible

La publicación de Even Silence Has a Witness: The Whitewashing of Ethical Corruption at the International Criminal Court (Cuando el silencio se vuelve prueba: El encubrimiento de la corrupción ética en la Corte Penal Internacional), de Robert Carmona-Borjas, irrumpe en un momento en que la Corte Penal Internacional ya no puede presentar su crisis de integridad como una controversia secundaria, ni esconderla detrás del lenguaje apaciguador de la administración institucional. La decisión adoptada el día de ayer por la Mesa de la Asamblea de los Estados Partes del Estatuto de Roma, que separó de sus funciones al fiscal Karim A. A. Khan y remitió el procedimiento disciplinario a la Asamblea para su decisión final, no cierra el problema: lo ilumina. Lo que hasta hace poco podía ser tratado como una denuncia incómoda, una disputa técnica o una insistencia aislada, aparece ahora como parte de una fractura mayor en el sistema de autocontrol de una Corte creada para juzgar los abusos más graves del poder.

lapatilla.com

La salida funcional de Khan podrá ser presentada por algunos como una corrección suficiente. No lo es. Puede constituir un acto necesario, incluso inevitable, ante la gravedad de la situación; pero no resuelve la pregunta central que el libro de Carmona-Borjas formula con una severidad documental difícil de eludir: ¿qué ocurre cuando la institución llamada a perseguir la impunidad de los Estados permite que sus propias zonas de sombra se administren con demora, reserva, formalismos y silencios? Separar a un fiscal puede atender una emergencia de conducción. No explica por qué las alertas llegaron tan lejos sin producir antes una respuesta proporcional. No esclarece qué fue visto, qué fue diferido, qué fue tratado como molestia procesal y qué fue protegido por la inercia.

La medida contra Khan pertenece, formalmente, a un procedimiento disciplinario específico y debe ser observada con el rigor que exige el debido proceso. Ninguna decisión cautelar debe convertirse en condena anticipada. Pero ese cuidado no puede ser utilizado como coartada para clausurar el debate institucional. La crisis que atraviesa la Corte Penal Internacional no se agota en la conducta atribuida a una persona, ni en la suerte final de un fiscal. Su verdadera dimensión reside en la arquitectura que permitió que una autoridad de ese nivel permaneciera bajo cuestionamiento grave mientras la institución continuaba hablando de independencia, confianza pública e integridad procesal como si esas palabras bastaran para preservar la realidad que nombran.

Ese es el territorio exacto de Even Silence Has a Witness. La obra no nace de la caída de Khan ni depende de ella. La precede, la explica en un plano más profundo y la vuelve menos sorprendente. Carmona-Borjas, reconocido como víctima en la Situación Venezuela I ante la Corte Penal Internacional, reconstruye el itinerario mediante el cual un conflicto de interés visible en la cúspide de la Fiscalía fue reducido, diferido o desplazado hacia discusiones de legitimación procesal, como si el problema esencial no fuera la integridad objetiva de la investigación sino la identidad de quien se atrevía a exigir que la Corte actuara. La tesis del libro es incómoda porque no permite el consuelo de la simplificación: el daño institucional no comienza cuando estalla el escándalo, sino cuando la institución conoce el riesgo y decide convivir con él.

En la Situación Venezuela I, el problema tenía una gravedad particular. No se trataba de una causa menor ni de una controversia periférica. La Corte examina presuntos crímenes de lesa humanidad cometidos en un país cuya justicia interna ha sido denunciada durante años por falta de independencia, captura institucional y utilización del aparato judicial como instrumento de persecución o de impunidad como lo es Venezuela. En ese contexto, la apariencia de parcialidad del Fiscal no podía tratarse como una incomodidad administrativa. La confianza en la investigación dependía también de la limpieza visible de quien la dirigía, de la certeza de que ninguna relación familiar, profesional o jerárquica podía proyectar sombra sobre la conducción de un expediente de semejante gravedad.

El libro documenta cómo, durante actuaciones vinculadas a Venezuela I, quedó expuesta la relación entre Karim Khan y Venkateswari Alagendra, abogada de la representación del régimen de Nicolás Maduro y cuñada del propio Fiscal, con antecedentes profesionales y jerárquicos dentro del mismo universo de la justicia penal internacional. Para Carmona-Borjas, esa relación no constituía una anécdota privada ni un asunto de mera cortesía institucional. Era un problema de apariencia objetiva de imparcialidad en una investigación donde la Fiscalía conserva un poder decisivo sobre el ritmo del procedimiento, la estrategia probatoria, la lectura de la complementariedad, la interacción con el Estado investigado y la eventual construcción de casos.

La Corte pudo haber actuado antes. Esa es la afirmación que atraviesa el libro y que ahora adquiere una resonancia mayor. Una institución de justicia no se mide sólo por su capacidad de reaccionar cuando la presión se vuelve insoportable. Se mide por su disposición a intervenir cuando la verdad todavía puede ser protegida, cuando la integridad del expediente aún puede ser preservada, cuando la confianza de las víctimas no ha sido erosionada por meses de ambigüedad. El problema no es únicamente si la Corte finalmente se mueve. El problema es cuánto daño institucional se produce durante el tiempo en que la Corte decide no nombrar lo que ya está en condiciones de ver.

La Asamblea de los Estados Partes tiene ahora ante sí una responsabilidad que no puede reducirse al expediente personal de Khan. Si trata la separación del Fiscal como una salida suficiente, habrá elegido una forma de contención antes que una reforma verdadera. Si asume la gravedad completa del momento, deberá preguntarse por los mecanismos que fallaron: por qué no existieron alertas automáticas más eficaces ante conflictos de interés; por qué la participación de las víctimas puede ser reconocida en abstracto y debilitada cuando se trata de exigir integridad procesal; por qué la confidencialidad, necesaria en muchos ámbitos, puede terminar funcionando como una cortina frente a la rendición pública de cuentas; por qué la Corte parece tan cautelosa cuando debe examinar la conducta de sus propios funcionarios superiores.

La imagen internacional de la Corte Penal Internacional no se repara con el reemplazo de un nombre. Se repara con trazabilidad, preservación de registros, revisión independiente, reglas claras de excusa, deberes efectivos de divulgación y plazos obligatorios cuando esté comprometida la imparcialidad de un alto funcionario. Se repara admitiendo que las víctimas no son únicamente figuras morales útiles para legitimar discursos, informes y ceremonias, sino sujetos cuya confianza en la limpieza del proceso forma parte de la legitimidad misma de la justicia internacional. Una Corte que reconoce a una víctima como portadora de sufrimiento, pero la resiste cuando esa víctima exige garantías sobre la integridad del procedimiento, incurre en una contradicción que no puede esconderse bajo tecnicismos.

Allí reside una de las denuncias más delicadas de Even Silence Has a Witness. La víctima reconocida puede quedar atrapada en una participación más simbólica que efectiva. Puede ser invocada para recordar la gravedad de los crímenes, para sostener la autoridad moral de la institución, para justificar la existencia de una jurisdicción internacional de última instancia; pero cuando intenta hablar sobre el modo en que esa institución administra sus propios conflictos, su voz se vuelve incómoda. La víctima deja de ser emblema y se convierte en testigo de la institución. Y cuando el testigo señala hacia dentro, la respuesta suele llegar envuelta en reglas, derivaciones, competencias, negativas formales y silencios cuidadosamente administrados.

La separación de Khan, por tanto, aumenta la importancia del libro. Convierte su argumento en materia de urgencia pública. La Corte Penal Internacional no enfrenta sólo una crisis de liderazgo; enfrenta una crisis de gobernanza ética. Lo que está en juego no es únicamente quién ocupa la Fiscalía, sino qué controles existen para impedir que una autoridad comprometida por una apariencia razonable de parcialidad influya, directa o indirectamente, sobre investigaciones de la máxima gravedad. Separar a un fiscal puede ser necesario. Nunca será suficiente si no se revisan los expedientes tocados por su autoridad, si no se preservan las comunicaciones administrativas relevantes, si no se certifica la ruta interna de las denuncias, si no se audita cómo se gestionaron los conflictos y si no se garantiza que la excusa de un alto funcionario implique una separación real de acceso, información, estrategia, consulta e influencia.

La Corte Penal Internacional nació como promesa de última instancia para quienes no encuentran justicia en sus propios Estados. Ese mandato exige un estándar superior al de una burocracia internacional ordinaria. La Corte no puede reclamar autoridad para examinar crímenes de lesa humanidad mientras administra con excesiva prudencia las heridas éticas que aparecen dentro de su propia estructura. Su legitimidad no proviene únicamente del Estatuto de Roma, de sus salas, de sus jueces o de su sede en La Haya. Proviene de la confianza en que la institución no pedirá a las víctimas creer en una justicia cuyos conflictos internos permanecen insuficientemente esclarecidos.

La Situación Venezuela I vuelve esa exigencia todavía más grave. Venezuela no comparece ante la Corte como un expediente abstracto. Comparece como un país donde la represión política, la tortura, la persecución, la captura judicial y la impunidad han sido documentadas por organismos internacionales y denunciadas por víctimas que han esperado durante años una respuesta de la jurisdicción penal internacional. Para esas víctimas, cada demora no es una pausa administrativa. Es una señal. Enseña a los perpetradores cuánto puede soportar el sistema antes de actuar y enseña a las víctimas cuán lejos puede estar la justicia incluso cuando ya ha reconocido su sufrimiento.

El libro de Carmona-Borjas insiste en que la corrupción ética no requiere un soborno, una transacción clandestina ni una conspiración vulgar. Puede consistir en algo más refinado y, por eso mismo, más peligroso: la preservación consciente de una autoridad comprometida, la conversión de un conflicto visible en una incomodidad manejable, el traslado de la responsabilidad de una oficina a otra hasta que el deber parece no pertenecer a nadie. Esa forma de corrupción no siempre deja una escena dramática. A veces se expresa en demoras, silencios, respuestas técnicas, decisiones tardías y formalismos que protegen la comodidad de la institución antes que la sustancia de la justicia.

El riesgo de este momento es evidente. La Asamblea de los Estados Partes podría presentar la separación de Khan como prueba de que el sistema funciona. Podría decirse que los mecanismos internos actuaron, que el Estatuto ofreció remedios, que el procedimiento siguió su curso y que la institución corrigió el problema. Pero esa lectura sería incompleta. Un sistema no demuestra plenamente su salud porque actúa cuando el costo de no actuar se vuelve demasiado alto. La demuestra cuando detecta temprano el riesgo, lo documenta, lo examina sin miedo y lo resuelve antes de que la confianza pública quede dañada.

Tampoco bastará con proteger la imagen de la Corte mediante lenguaje prudente. La imagen de una institución judicial no se salva evitando preguntas, sino respondiéndolas con método. La confidencialidad debe proteger a las partes, a los testigos, a las víctimas y la dignidad del procedimiento. No debe convertirse en una técnica para impedir que los Estados Partes, la sociedad civil y los afectados comprendan qué falló, quién decidió, qué se omitió y qué reformas impedirán la repetición. Una Corte que juzga la impunidad de los Estados no puede permitirse administrar la suya propia mediante reserva excesiva y correcciones parciales.

La publicación de Even Silence Has a Witness: The Whitewashing of Ethical Corruption at the International Criminal Court (Cuando el silencio se vuelve prueba: El encubrimiento de la corrupción ética en la Corte Penal Internacional) obliga a mirar la decisión de la Mesa desde un ángulo menos complaciente. La separación de Khan puede ser un acto de responsabilidad o puede terminar siendo un mecanismo de contención. La diferencia dependerá de lo que ocurra después. Si la Asamblea se limita a resolver la suerte personal del Fiscal, habrá tratado la crisis como un problema de sustitución. Si abre una revisión institucional seria, con reformas verificables y consecuencias normativas, habrá reconocido que el escándalo no era sólo la conducta atribuida a un hombre, sino la fragilidad de un sistema que tardó demasiado en defenderse de sus propias zonas ciegas.

Por eso el libro no es un ataque contra la justicia internacional. Es una advertencia escrita desde su interior moral. Su pregunta no es si la Corte Penal Internacional debe existir, sino si puede seguir reclamando la autoridad de juzgar al poder cuando no examina con igual rigor las formas en que el poder se organiza dentro de sus propios procedimientos. Su fuerza reside en que no pide fe, sino revisión del expediente; no ofrece indignación sin método, sino una reconstrucción de actuaciones, comunicaciones, decisiones, silencios, rutas administrativas y consecuencias institucionales.

La separación de Karim Khan es apenas la superficie visible de un problema mayor. La verdadera cuestión es si la Corte Penal Internacional y la Asamblea de los Estados Partes permitirán que esa superficie funcione como tapa o como umbral. Si funciona como tapa, la institución habrá sacrificado una figura para conservar intactas sus prácticas de autoprotección. Si funciona como umbral, la suspensión abrirá el debate que durante demasiado tiempo fue desplazado: cómo impedir que la justicia internacional, mientras juzga la impunidad de los Estados, aprenda a administrar la suya propia.

En esa tensión se inscribe el bautizo público de Even Silence Has a Witness: The Whitewashing of Ethical Corruption at the International Criminal Court (Cuando el silencio se vuelve prueba: El encubrimiento de la corrupción ética en la Corte Penal Internacional). El libro aparece cuando su tema ha dejado de ser una advertencia solitaria y se ha convertido en una crisis institucional visible. Su publicación recuerda que el silencio también deja registro, que las demoras tienen autoría y que ninguna Corte se honra a sí misma ocultando las preguntas que más necesita responder. Even Silence Has a Witness: The Whitewashing of Ethical Corruption at the International Criminal Court está disponible en Amazon.com.

En X Carmona-Borjas tiene la cuenta @carmonaborjas

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miércoles, diciembre 03, 2025

Un Mundo Sin Mordaza: La CPI guardó silencio mientras aumentaba la represión en Venezuela


Durante su intervención en el Debate General de la 24ª Asamblea de Estados Partes de la Corte Penal Internacional (CPI), el activista venezolano y presidente de la ONG de DDHH Un Mundo Sin Mordaza, Rodrigo Diamanti, afirmó que el sistema de justicia internacional “falló” a las víctimas de Venezuela en el momento en que más necesitaban protección y denunció que el sistema de justicia internacional “ha guardado silencio” precisamente durante los años de mayor represión en la historia reciente de Venezuela.

En su intervención, llamó a la Fiscalía y a los Estados Partes a restaurar la capacidad de disuasión de la Corte frente a crímenes en curso. Diamanti inició su declaración con un mensaje directo: “Quiero pedir disculpas a las víctimas venezolanas porque este sistema, en el que confiamos, les falló cuando más lo necesitaban.”

La Asamblea de Estados Partes -el órgano político más alto del Estatuto de Roma- reúne a más de 120 Estados, misiones diplomáticas, organismos internacionales y ONG para evaluar el funcionamiento de la Corte y fijar posiciones sobre los casos en curso. En ese escenario, Diamanti, ex preso político y Defensor de DDHH, planteó una interrogante que, según dijo, resume la preocupación de numerosas víctimas respecto al proceso.

Recordó sobre una persona vinculada al entorno familiar del Fiscal Karim Khan apareció representando al Estado venezolano ante mecanismos internacionales “¿Cómo puede el Fiscal señalar la responsabilidad del régimen venezolano de un lado de la sala, mientras alguien de su propia familia lo representa en otro?”, preguntó.

El presidente de Un Mundo Sin Mordaza además recordó que, durante una década, la sociedad civil venezolana “se convirtió en el motor de la justicia internacional” ante la inacción de la Fiscalía: recopiló evidencia, documentó cadenas de mando, impulsó la creación del Panel de Expertos de la OEA y de la Misión de Determinación de Hechos de la ONU, y logró que seis Estados Parte remitieran la situación al Tribunal. “Los venezolanos hicieron historia”, dijo.

“Y aun así, el Fiscal se negó durante años a abrir la investigación”. Según Diamanti, la apertura de la investigación en 2021 coincidió con “el momento más oscuro” para la sociedad venezolana. “La tragedia es esta: cuando la investigación se abrió, la Corte cayó en silencio y ese silencio coincidió casi perfectamente con el peor aumento de represión de nuestra historia moderna.”

El activista y defensor de Derechos Humanos citó cifras alarmantes del período posterior a la apertura de la investigación:

? La tortura aumentó 150%,

? desapariciones forzadas aumentaron 105%,

? por primera vez en una década más de 100 menores y más de 300 mujeres fueron encarcelados,

? Tras la elección presidencial, 25 personas fueron asesinadas y más de 2.000 detenidas en 48 horas, cumpliéndose la amenaza pública de un “baño de sangre”.

Diamanti cuestionó el enfoque de la Fiscalía de “diálogo sin consecuencias, optimismo sin acción”, y denunció que este permitió que el régimen venezolano usara la presencia de la CPI como “escudo diplomático” para profundizar la represión. Criticó además la política de órdenes de arresto secretas, señalando que “el secreto no disuade a quienes ya saben que no pueden viajar”, y advirtió que la percepción de inacción tiene consecuencias devastadoras: “Para las víctimas, el mensaje es: no somos prioridad. Para los perpetradores: pueden continuar.”

En un llamado directo a los Estados Parte, Diamanti planteó la pregunta central de su intervención: “Si esta Corte no es evaluada por su capacidad de detener crímenes en curso, ¿entonces por qué se la evalúa?” El activista presentó dos solicitudes concretas para comenzar a restaurar la credibilidad del sistema de justicia internacional en el caso venezolano:

1. Que la Fiscalía se pronuncie públicamente y de manera consistente sobre los crímenes en Venezuela, porque “cada día de silencio es un día de permiso”.

2. Que la Corte emita órdenes de arresto en la situación de Venezuela y confirme públicamente su existencia, aun sin revelar nombres, para enviar un mensaje claro: “a las víctimas, que no están solas; a los perpetradores, que ya no están seguros.”

Diamanti finalizó recordando que los venezolanos han esperado justicia desde 2014 y que los crímenes continúan “cada día sin acción tiene un costo humano irreversible, Venezuela no puede soportar otra década de silencio. Es hora de que esta Corte sea lo que fue creada para ser: una línea real de protección frente al terror de Estado.” Cerró su discurso citando a los padres de Juan Pablo Pernalete -joven asesinado por fuerzas del régimen-: “Los crímenes contra la humanidad no prescriben, pero las vidas humanas sí. Como la vida de su hijo, Juan Pablo Pernalete”. Añadió que espera algún día volver a la Asamblea para agradecer, no para disculparse: “Porque finalmente habremos encontrado justicia para todas las víctimas.”

Nota de prensa

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martes, diciembre 02, 2025

Gobierno afirma que la fiscalía de la CPI busca «desentenderse» de sus responsabilidades tras cierre de oficina en Caracas


Tomada de Getty Images

El Gobierno venezolano alertó que la fiscalía de la Corte Penal Internacional (CPI) busca «desentenderse» de sus responsabilidades, después de que el tribunal anunciara el cierre de su oficina en Caracas tras detectar una falta de «progreso real» en su trabajo.

El organismo investiga a Venezuela por presuntos crímenes de lesa humanidad cometidos en las protestas de 2017, por lo que en 2024 abrió una oficina para trabajar junto a las autoridades del país. Sin embargo, el fiscal adjunto de la CPI, Mame Mandiaye Niang, aseguró que cerraron la oficina por no haber progreso en la «complementariedad» con el Gobierno de Venezuela, aunque la investigación continúa.

«La Fiscalía de la CPI no mostró el más mínimo compromiso ni espíritu de cooperación (…) la fiscalía nunca designó personal para ocupar dichos espacios», respondió el Gobierno en un comunicado. «Tampoco formuló sus aportes y recomendaciones a las diversas iniciativas de Venezuela, desentendiéndose irresponsablemente de las responsabilidades previamente asumidas. Su agenda en el país fue muy clara: desentenderse y no hacer nada para luego instrumentalizar la justicia con fines políticos», añadió.

La investigación formal fue abierta en noviembre de 2021, momento en el que se firmó un acuerdo con el presidente Nicolás Maduro en el que Venezuela se comprometía a garantizar que el tribunal pudiera trabajar adecuadamente en el país.

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Reacciones al cierre de la oficina de la CPI en Caracas por falta de cooperación del gobierno Inicio



Este lunes, 1 de diciembre, la Corte Penal Internacional (CPI) informó que cerró su oficina en Caracas ante la falta de cooperación del gobierno de Nicolás Maduro para investigar los crímenes de lesa humanidad que se cometieron en Venezuela desde 2017.

El Fiscal Adjunto de la CPI, Mame Mandiaye Niang, durante su intervención en la Asamblea de Estados Parte del Estatuto de Roma, reafirmó que aunque la oficina cerró sus puertas, la “investigación sobre crímenes de lesa humanidad sigue activa y centrada“.

“Nuestra investigación se mantiene centrada y activa gracias al trabajo de nuestro equipo dedicado y unificado, junto con nuestros socios y, como siempre, guiados por la evidencia y la ley”, dijo el fiscal.


El fiscal Mame Mandiaye Niang, encargado del caso tras la salida del fiscal de la CPI Karim Khan, explicó que, tras un trabajo continuo, determinaron que “el progreso real en la complementariedad sigue siendo un desafío. Por consiguiente, y conscientes de la necesidad de gestionar eficazmente nuestros limitados recursos, hemos decidido cerrar nuestra oficina en Caracas”.

La complementariedad es un principio de la justicia internacional que debe cumplir el Estado sujeto a investigación para “indagar y apoyar en la determinación de los crímenes de lesa humanidad en los que están implicados sus funcionarios”.

Las reacciones

La ONG Justicia, Encuentro y Perdón (JEP) se pronunció a través de su cuenta en X sobre la decisión de la CPI de cerrar su oficina en Caracas y afirmó que el hecho “es de profunda relevancia para la defensa de los derechos humanos y para el escrutinio internacional sobre la grave crisis de justicia que atraviesa el país”.

“Este cierre no representa un retroceso en la investigación por crímenes de lesa humanidad; por el contrario, confirma con mayor claridad la falta de voluntad del Estado venezolano para asumir los compromisos mínimos necesarios destinados a superar la impunidad estructural que impera en el país”, explicó la ONG.

JEP recalcó que el cierre de la oficina técnica confirma lo que las organizaciones de derechos humanos han denunciado de manera persistente: las autoridades venezolanas no tienen la voluntad política de avanzar en la reinstitucionalización del sistema de justicia, ni están dispuestas a cumplir con estándares internacionales de independencia, imparcialidad y rendición de cuentas.

“Esta decisión deja al descubierto, una vez más, el incumplimiento reiterado de obligaciones internacionales por parte del Estado y la permanencia de un patrón de impunidad incompatible con el derecho internacional”, señaló.

La ONG indicó también que el cierre de esta oficina envía un mensaje claro y contundente a la comunidad internacional: en Venezuela no existe un entorno institucional adecuado para llevar a cabo investigaciones genuinas sobre crímenes de lesa humanidad.

Camino engorroso

Cabe aclarar que dicha oficina nunca tuvo competencia para investigar o procesar a los responsables de crímenes de lesa humanidad. Su mandato era estrictamente de cooperación técnica. La investigación formal ha permanecido, desde su inicio, en manos de la Fiscalía de la CPI, que ahora ratifica que solo a través de su intervención puede garantizarse algún avance real, dada la ausencia de mecanismos internos efectivos.

La CPI abrió su oficina en Caracas en 2024, como resultado de un acuerdo alcanzado en 2021 entre el entonces fiscal Karim Khan y Nicolás Maduro. Esto ocurrió mientras avanzaba la investigación, la cual fue retomada el 27 de junio de 2023, después de un largo proceso iniciado en 2018 y marcado por constantes objeciones de los abogados del Estado venezolano.

En el mes de septiembre, el funcionario de Información Pública de la CPI Francisco González Centeno explicó que la Presidencia de la CPI aceptó en septiembre la solicitud de Khan de apartarse de la investigación, tras una instrucción de la Sala de Apelaciones. La medida se tomó debido a que un familiar del fiscal había integrado el equipo jurídico de Venezuela ante la Corte, lo que podía generar dudas sobre su imparcialidad.

“El hecho de que el Fiscal se haya excusado no tiene ningún impacto en la investigación en sí ni en otras actividades de la Fiscalía sobre la situación en Venezuela, que continúan bajo la dirección del fiscal adjunto Niang”, aclaró González Centeno.

lunes, diciembre 01, 2025

Robert Carmona-Borjas: cierre de la oficina de la CPI en Caracas, confesión tardía de un experimento éticamente fallido (Entrevista)


Robert Carmona-Borjas. Foto archivo

Hoy, en la apertura de la 24ª Asamblea de Estados Parte de la Corte Penal Internacional (CPI), el fiscal adjunto Mame Mandiaye Niang anunció que la Fiscalía cerrará su oficina en Caracas, alegando la falta de “progreso real” en materia de complementariedad y la necesidad de administrar mejor unos recursos limitados. Mientras en La Haya se presenta esta decisión como un ajuste técnico, para muchas víctimas venezolanas el anuncio llega tarde y confirma que el experimento de “cooperación” con el régimen de Nicolás Maduro nunca tuvo bases reales.

La Patilla conversa en exclusiva con el profesor Robert Carmona-Borjas, abogado, defensor de derechos humanos, víctima reconocida formalmente en la Situación Venezuela I ante la CPI y CEO y cofundador de Arcadia Foundation, organización que durante años ha impulsado acciones jurídicas para denunciar el conflicto de interés del fiscal Karim A. A. Khan y la inercia institucional que ha permitido la prolongación de los crímenes de lesa humanidad en Venezuela. 

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 ¿Cuál fue su primera reacción cuando escuchó hoy al fiscal adjunto anunciar, ante la Asamblea de Estados Parte, el cierre de la oficina de la CPI en Caracas?

 Mi primera reacción fue amarga: no fue sorpresa, fue confirmación. Lo que el fiscal adjunto describió como una decisión responsable frente a la falta de “progreso real” yo lo leo como la confesión tardía de un experimento que, desde su origen, estaba condenado al fracaso.

Cuando se decidió abrir una oficina de la Fiscalía en Caracas y se vistió esa apertura de un lenguaje de “complementariedad positiva” y cooperación técnica con el régimen, ya existía un acervo abrumador de informes de Naciones Unidas, de misiones internacionales de determinación de hechos, de organismos de derechos humanos y de organizaciones venezolanas que demostraban que el aparato judicial en Venezuela no era un socio posible, sino parte del problema: era el instrumento de la represión.

Por eso, oír ahora que se cierra la oficina porque no hubo “progreso real” es escuchar a la propia Fiscalía decir, en voz baja, que se equivocó de diagnóstico y de método. El cierre, tal como ha sido presentado, no es un acto de lucidez inicial; es la rectificación tardía de una decisión que nunca debió haberse tomado en los términos en que se tomó.

Usted ha dicho que esa oficina nunca debió abrirse. ¿Por qué considera que su creación fue, en sí misma, un error grave?

Porque la oficina nació sobre una ficción: la ficción de que en Venezuela existía un margen razonable para la complementariedad. El principio de complementariedad, tal como lo recoge el Estatuto de Roma, exige que el Estado muestre voluntad y capacidad genuinas de investigar y juzgar a los responsables de crímenes de lesa humanidad. No se trata de decorar el expediente con reformas cosméticas o procesos contra subalternos; se trata de ir a la cadena de mando, de desmontar la política de persecución, de tortura, de encarcelamiento de opositores.

En el caso venezolano, la CPI ya había escuchado a las víctimas durante años; ya había valorado documentación sobre ejecuciones extrajudiciales, torturas, violencia sexual, persecución política, desapariciones forzadas. No estamos hablando de dudas razonables; estamos hablando de un patrón sistemático y de larga duración. Aun así, se optó por la ruta de la oficina en Caracas, de los memorandos de entendimiento, de las fotos de alto nivel con el propio Nicolás Maduro y sus funcionarios, como si ese andamiaje pudiera producir justicia.

Ese diseño no fue ingenuo: fue, en el mejor de los casos, un acto de voluntarismo irresponsable y, en el peor, una apuesta que cayó en la corrupción ética. Se trasladó a las víctimas el mensaje de que el régimen podía ser, al mismo tiempo, victimario estructural y socio privilegiado de la Fiscalía en un modelo de “cooperación”. Esa contradicción era insalvable. Hoy, la propia Fiscalía reconoce, con palabras suaves, lo que las víctimas sabían desde el primer día: no hubo, ni podía haber, complementariedad auténtica en Venezuela.

¿Por qué habla de “corrupción ética”? ¿Está diciendo que la Fiscalía actuó de mala fe?

Permítame ser muy preciso. Cuando utilizo la expresión “corrupción ética” no estoy aludiendo a una transacción económica o a un soborno clásico; hablo de una degradación del juicio moral de una institución. Cuando una Fiscalía de una corte penal internacional, plenamente consciente del contexto de un país, decide privilegiar la imagen de cooperación con un régimen autoritario sobre la urgencia de proteger a las víctimas, se ha cruzado una línea.

Durante años, el mensaje fue: “confiemos en la complementariedad, esperemos a que el Estado venezolano haga su parte”. En la práctica, eso significó darle tiempo al régimen para reorganizar su narrativa, ajustar sus estructuras represivas, y seguir torturando, encarcelando y expulsando a opositores mientras la comunidad internacional miraba hacia La Haya y no hacia las celdas venezolanas.

No se trata de negar que la complementariedad pueda ser una herramienta legítima allí donde existe un mínimo de institucionalidad —como ocurre en el caso de Israel, donde, pese a todas las tensiones, hay estructuras judiciales reales— y, sin embargo, la Fiscalía optó por ignorarlo por conveniencia. Se trata de afirmar, con toda claridad, que pretender aplicarla en Venezuela, en los términos en que se hizo, constituyó un acto de irresponsabilidad ética. La oficina en Caracas se convirtió en el emblema de la normalización de un interlocutor que no era un aliado en la búsqueda de justicia, sino el principal sospechoso.

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