Ya ha sido dicho. Estamos en el periodo de la formación de un nuevo orden mundial donde compiten tres imperios nacionales, China Rusia y los EE UU. A ellos se suma un imperio tecno-económico supranacional y supraestatal constituido por “la nube tecno económica global”.
Se trata de una lucha que no se da en contra ni a favor de la globalización, sino de una en donde deberá decidirse cuál de esos imperios será el hegemon de la globalización. Por el momento, y los estamos viendo a diario, los tres buscan dejar claras las áreas de posesión territorial que cada uno cree dominar por derechos “históricos” “culturales” y geo estratégicos.
De los tres imperios Rusia parece –por ahora- ser el más modesto. Putin, deducimos de sus propias palabras, no quiere (porque no puede) dominar el mundo, pero sí quiere (y tal vez pueda) recuperar la grandeza territorial de la antigua URSS, comenzando por la siempre rebelde Ucrania. Los otros dos imperios, el chino y el norteamericano intentan dominar la economía mundial.
El imperio que en mejores condiciones se encuentra para alcanzar el objetivo de la hegemonía económica mundial es China, entre otras razones porque ha renunciado a su expansión territorial concentrándose en controlar naciones por vías comerciales y financieras y contando a su favor con la combinación que se da entre una altísima tecnología y un ejército de mano de obra abundante y barata – sea en China, sea en sus naciones aliadas - que no poseen los Estados Unidos.
Bajo esas premisas, si quisiéramos entender la política internacional del gobierno Trump, habría que deducir que ella está concentrada en un esfuerzo casi desesperado por detener el avance chino en la economía mundial apoderándose de naciones-claves desde un punto de vista geo-económico.
Por de pronto, al gobierno de Trump le corresponde el papel histórico al que los EE UU, según su opinión, no pueden renunciar para “hacerlo grande otra vez”. Es el hemisferio occidental del que nadie sabe muy bien donde comienza y donde termina, aunque sí todos sabemos que América Latina está dentro. La extracción o secuestro del expresidente Maduro fue un aviso declaratorio señalando que Estados Unidos, en los espacios que controla, no tolerará bajo ningún motivo la injerencia de otras potencias imperiales en los planos económicos y militares. Ese es el nudo de la doctrina Trump.
Si aceptamos entonces lo dicho como punto de partida podemos entender lo que no parecen entender los gobiernos europeos, a saber: que el propósito de anexar Groenlandia no es una agresión a Europa, ni siquiera a Dinamarca, sino un intento de EE UU por cerrar vías a la expansión de China en la región y al mismo tiempo apoderarse de zonas y materias estratégicas desde un punto de vista militar.
ESTACIÓN GROENLANDIA
El hecho de que gobiernos europeos hayan enviado tropas a Groenlandia para manifestar de modo simbólico su apoyo a Dinamarca no significa que va a haber una guerra entre Europa y los EE UU. Eso sería algo así como si en la antigüedad hubiera tenido lugar una guerra entre Roma y Grecia. Además, nunca ha habido una guerra entre naciones democráticas y EE UU, aún con Trump, sigue siendo una.
El hecho objetivo es que Trump necesita de Europa e incluso de la OTAN como barrera de contención en contra de los apetitos de Putin. Está claro que sobre ese tema hay un vacío de comunicación entre Europa y los EE UU. Trump, en cualquier caso, ha de sonreír. Ya debe estar acostumbrado a que los gobiernos de Europa les encante expresarse a través de símbolos que no conducen a ninguna parte.
Para entender la eventual anexión norteamericana de Groenlandia hay que abandonar la idea de que Trump solo busca apoderarse de materias primas. Por cierto, lo busca, pero no solo para satisfacer la expansión económica de su país sino porque esas materias primas, además de un carácter geo-económico tienen uno geo-estratégico, existencial para el destino de los EE UU.
Las tierras raras ocultas bajo los hielos de Groenlandia y los minerales críticos que ahí yacen como litio, cobalto y níquel, son esenciales para el armamentismo moderno. Muchos de esos minerales están bajo tutela china, algo inadmisible para la seguridad externa de los EE UU y de la propia Europa.
Las reservas de uranio, hierro petróleo y gas que posee Groenlandia tienen un valor de aproximadamente 186 millones de dólares. De modo que cuando Trump afirma que el control de la región es un imperativo para EE UU y Europa, no miente. Por eso EE UU busca ampliar su control sobre la base espacial de Pituffik y así vigilar la penetración marítima de China o Rusia, cerrando a esas potencias el Ártico como vía de acceso. Le importa hacerlo ahora, pues el derretimiento de los hielos está abriendo en el Ártico nuevas vías estratégicas entre Europa y Asia.
En fin, la administración de Groenlandia es demasiado importante para dejarla en manos europeas, deben pensar Trump y Vance. El control danés en Groenlandia ha permitido la penetración de empresas chinas rastreadoras de tierras raras y minerales en la región. Dinamarca no ha cumplido con sus tareas, dijo J.D. Vance. Lamentablemente, tiene algo de razón. Como también algo de razón tienen los gobernantes europeos que se niegan a seguir aceptando anexiones territoriales sin respetar lo poco que queda de legislación internacional. Si no criticamos a Trump sus intentos de anexión a Groenlandia no tendremos más fuerza para criticar los intentos de Putin por anexar a Ucrania, piensa la mayoría de ellos. Los gobiernos de Europa quieren convertir al continente en el baluarte de la resistencia en contra de la ley de la selva que propagan los imperios ruso y norteamericano.
Así nos explicamos por qué Rusia no ha elevado protesta por la ocupación ilegal que pretende hacer Trump en Groenlandia. El bufón de Putin, el expresidente Mevdevev, ha dicho incluso, en tono de burla, que si los EE UU no se apoderan de Groenlandia, lo hará Rusia. Putin debe suponer que en la repartición del mundo que está teniendo lugar, a los EE UU debe corresponder Groenlandia como Ucrania a Rusia.
Leer más AQUI
No hay comentarios.:
Publicar un comentario