Defensora del modelo liberal y aliada de los luchadores por la libertad en América Latina, Cayetana Álvarez de Toledo conversa sobre Venezuela y España con Ricardo Cayuela

Al haber hecho de la defensa de las ideas y la verdad su contraseña, Cayetana Álvarez de Toledo es una de las políticas más exóticas de España. Doctora en Historia por Oxford, con una tesis dirigida por el gran hispanista John H. Elliott sobre Juan de Palafox y Mendoza, e incursionar en el periodismo como reportera at large y columnista de El Mundo, decidió dedicar su talento a la política en un alicaído PP durante el primer Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero.
Su labor, no siempre en sintonía con las artimañas de la política partidista, la ha situado como una auténtica rara avis del Parlamento español. Vocera de Libres e Iguales, la plataforma que lucha por la plena igualdad de derechos entre todos los españoles, su salida de la política temporal tras un enfrentamiento interno nos permitió el raro privilegio de leer un alegato político de primera magnitud, Políticamente indeseable, que ventiló sin culpas y sin miedo todo aquello que la política debe desterrar de sus usos y costumbres.
P.- Una de las cosas que más me llama la atención de tu trayectoria es que está hecha de ciertas renuncias voluntarias. Quizá la primera, la más llamativa para mí, es la renuncia a una vida académica que había nacido con muy buenos augurios: premio a la mejor licenciatura, doctorado en Oxford de la mano de John Elliott. ¿Por qué decides renunciar a aquello?
R.- Probablemente porque soy una mujer de acción. Tengo un recuerdo de infancia: el padre de mi hermana, que fue como un padre para mí, y también un gran pintor, Rómulo Macciò, nos hacía a veces retratos. Me hizo uno metafórico, como el «trueno del eterno movimiento»; es decir, estaba en perpetua acción. Soy una persona de acción.
Adoraba la historia desde pequeñita, sobre todo la arqueología. Luego pasé de la historia al periodismo. Ha sido una sucesión de pasiones. En la historia estaban la reflexión, la investigación, la profundidad, el rigor… muchas cosas que para mí son esenciales también en la política. Pero le faltaba la otra parte: la acción, es decir, actuar sobre mi entorno concreto, mi presente, y contribuir —modestamente— a que el futuro se parezca lo más posible a lo que a mí me gustaría que fuera. Yo creo que ese fue el punto de inflexión.
P.- El paso de la historia al periodismo no deja de ser también un acercamiento a la política. ¿Cómo fue tu experiencia como periodista y por qué renunciaste a ello?
R.- Esto lo he contado en Políticamente indeseable. A veces, cuando miras tu vida hacia atrás, haces un poco como trampas en el solitario, y ves un diseño mucho más nítido del que realmente fue. Pero efectivamente, empieza con la pasión por la arqueología de pequeña; luego la historia; de la historia al presente, que es el periodismo; y finalmente la política, que es intentar moldear o contribuir al futuro. Es un análisis lineal que probablemente no fue tan perfecto vivido desde dentro, pero que tiene cierta coherencia.
Yo trabajaba en un periódico vibrante, con gran nervio y enorme capacidad de influencia en aquella época, El Mundo, dirigido por Pedro J. Ramírez. Ahí se despertó en mí una gran fascinación por la historia política del presente español. En un momento determinado, José Luis Rodríguez Zapatero, que hoy vuelve a estar presente, siempre detrás de los grandes males españoles, inicia un proceso que detecto muy pronto como profundamente lesivo para la convivencia española. A mi juicio, reactiva dos grandes flagelos: por un lado, el cainismo, el guerracivilismo; y por otro, la alianza con el separatismo, su blanqueamiento y legitimación, tanto a través de la negociación con ETA como de la reforma del Estatuto de Cataluña.
P.- Como autor del pacto del Tinell.
R.- Que supone echar a la mitad de España del tablero político. Y ahí se activó en mí una necesidad de escribir más. Escribía columnas de opinión, pero ese punto de acción, de militancia democrática y política, se puso en marcha. Y en un momento dado me di cuenta de que mis columnas eran demasiado políticas para su propio bien: la opinión estaba superando el análisis frío y objectivo de las cosas. Entonces pensé que era hora de dar el paso.
P.- Volviendo al presente: existe una sensación de orfandad en parte de la sociedad española por falta de un liderazgo con el que identificarse. ¿Crees que eso está sucediendo?
R.- Yo creo que es un mal muy extendido en muchos países, en Occidente en su conjunto. No entro más allá. Lo peor es que se ponen de moda los liderazgos fuertes en el peor sentido de la palabra. Es decir, se confunde la fortaleza con la bravuconería, el insulto y el matonismo. Pero la fortaleza no es matonismo. Y, sin embargo, los liderazgos racionales o los más templados, aquellos capaces de decirle a la gente que las cosas son menos sencillas de lo que parecen; que no hay soluciones mágicas ficcionales a los problemas, son desechados como contemporizadores, equidistantes o blandos, con lo cual se produce una perversa confusión que hay que intentar desentrañar. Yo soy partidaria de la claridad, de liderazgos fuertes en el sentido de la claridad, de la convicción, del coraje, de la capacidad, del desafío. Pero hay que tener mucho cuidado de no confundir, insisto, el matiz y la capacidad de la asunción de la complejidad, con la debilidad.
P.- En el fondo, eso es un planteamiento optimista: confiar en que la gente, ante la profundidad de los problemas, responde con madurez.
R.- Sí, yo en eso soy irremediable, es decir, tengo un optimismo a prueba de todo. Y el primer optimismo pasa por creer en la gente. Siempre digo que hay que tratar a los ciudadanos como adultos desde la convicción de que van a responder como adultos. Y es verdad que no siempre es el caso. El fuste torcido de la humanidad: no siempre estamos hechos de lo más noble. En nuestro cableado ancestral está el tribalismo y entonces tocar teclas sencillas, como el miedo, el odio, el rencor, la envidia, el nacionalismo… es muy fácil en el ser humano. A pesar de todo, yo —con Max Weber, «aun si el mundo a veces parece demasiado estúpido o vulgar para lo que él quisiera ofrecerle»— sigo creyendo en la política y la razón; en que mi obligación es apelar a lo mejor del ser humano, que es la razón, convencida de que, si se hace eso con autenticidad, con verdad, con fortaleza, con claridad, con sinceridad, la gente responde. Y que un ciudadano en casa está viendo otra vez la televisión y ve a un líder político, un gran demagogo, carismático y fácil, que le cuenta ficciones, en un plano se convence de que eso es agradable de oír y puede seguirlo. Pero en el fondo hay un punto que sabe a ciencia cierta que le están mintiendo.
P.- España no es una isla, aunque a veces lo parece. No quisiera desaprovechar la oportunidad de tenerte aquí, aunque hemos hablado mucho y quizá agotado nuestro tiempo, para preguntar tu postura sobre Venezuela. Entiendo que la política es una mezcla de ética de la convicción, con la ética de la responsabilidad, como pedía Max Weber. Y creo que hoy el escenario es mejor. Pero aun así, el dolor de ver a Delcy Rodríguez presidenta, todavía presos políticos, la humillación pública a la que ha sido sometida la mujer más valiente de América Latina, María Corina Machado… En fin, no quiero anticipar tu respuesta, pero me gustaría mucho un balance tuyo de Venezuela.
R.- Yo soy optimista. Esto no está ni muchísimo menos resuelto y zanjado. La historia no está escrita. Pero aunque no tenemos asegurada una plena restauración democrática en Venezuela, estamos mejor que hace un mes. Quitar a Maduro de ahí es una decisión extraordinaria y valiente. Creo que de todos esos países que levantan el dedito acusador, ninguno se atrevió a hacer absolutamente nada, ni siquiera reconocer a Edmundo González como presidente legítimo del país, con lo cual están en poca situación para dar lecciones morales sobre esa acción militar. Creo que estamos al principio del fin del cautiverio venezolano, ante una oportunidad real para la democracia. La transición lamentablemente no se puede hacer en 24 horas ni en un mes. Me hubiera gustado que, de la noche a la mañana, hubieran salido Nicolás Maduro, Delcy y Jorge Rodríguez, Vladimir Padrino y Diosdado Cabello. Todos rumbo a juicio. No digo ya un tribunal americano, sino un propio tribunal venezolano que pudieran juzgarlos y condenarlos ellos mismos por crímenes de lesa humanidad, pero comprendo que ninguna transición es moralmente impoluta y tarda más de lo que nos gustaría.
Lo que sí debemos hacer es tener muy claro el objetivo y presionar en la dirección adecuada, y esa dirección es: liberación inmediata de todos los presos políticos, regreso cuanto antes de los líderes de las fuerzas democráticas, empezando por María Corina Machado, para que esté al frente de su país. Y un calendario electoral y democrático cuanto antes. Y que todas esas figuras cumplan condenas largas por los crímenes cometidos. Delcy Rodríguez no es la Adolfo Suárez de Venezuela, como intentan presentarla algunos, incluido el Gobierno español. Lo que el Gobierno español intenta es reciclar al régimen, intentando que haya una transición «lampedusiana», donde todo cambie para que no cambie nada, para preservar su negocio, que es la impunidad, y a sus socios y amigos.
P.- Donde, de nuevo, aparece el rostro oculto de Zapatero.
R.- Fíjate qué curiosa es la historia, es casi poético, esta danza de figuras… Lo intenté explicar el otro día en un debate con el ministro de Exteriores. Cuando nos acusan de tratar a Venezuela como un asunto interno, yo sostengo que lo es, porque no hay fronteras morales. Lo que le pase a un venezolano me afecta como lo que le pase a una mujer en Irán; me afecta como demócrata. No es un asunto externo, formamos parte de una misma comunidad histórica y cultural. Pero, sobre todo, no es una cuestión externa sino interna porque son los mismos protagonistas. Qué curioso. El hombre que inicia el proceso de demolición de la transición española es el mismo que impide una transición real a la democracia en Venezuela es el mismo que permite que se prolongue la dictadura allí: Sánchez, que trabaja para erosionar y socavar la democracia en España. Ambos son la desgracia para Venezuela y la vergüenza para España, y son las dos figuras clave de lo mismo. Es curioso como se ha ido trenzando la historia.
Lea la entrevista completa hecha por Ricardo Cayuela en The Objective
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