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domingo, noviembre 16, 2025

¿Por qué es imprescindible entender la economía? Economía sin matemáticas. Por Isabel Pereira Pizani


Un formidable programa de la Universidad de Chicago para poner el pensamiento económico, sin matemáticas, al alcance de las personas sencillas, los jóvenes, los trabajadores y otras especies humanas que andan por ahí. Son 44 capítulos, creo, que convierten la economía en algo que forma parte de nuestras decisiones y acciones en la vida cotidiana. Gracias a Gladys Villarroel por su permanente atención a estos importantes sucesos.

Ha sido muy difícil porque es decisivo para la civilización humana entender la significación de esa parte esencial de nuestra vida como lo es la economía.

Los negadores de la importancia de la economía han difundido y grabado en la mente de infinitas colectividades que “la economía está ligada a algo subjetivo, como es la dominación de unos seres humanos por otros”. Asociaron la noción de economía a la pérdida de la libertad y la independencia. Una movida de ajedrez político que ha marcado la historia de mundos extendidos como la Unión Soviética, China, Cuba y muchos más que han caído y seguirán cayendo cuando ignoran o niegan lo trascendental que es comprender la economía como parte de la vida.

Con simples ideas se han podido apoderar de grandes colectividades, los mundos socialistas-comunistas donde se ha incrustado la idea de que la economía es sinónimo y solo significa explotación, poder político de los que tienen propiedad de los medios de producción sobre los que carecen de este dominio.

La economía también ha sido expuesta bajo la creencia de que es “simple materialismo,” peleado con lo espiritual; mientras más crees en la economía, más lejos estás de desarrollar tus valores, potencial humanismo y aceptar que el ser humano es esencialmente espíritu en potencia.

La sorpresa que pueden experimentar los antieconómicos es que, en realidad, los conceptos básicos de la economía parten de la mejor y más noble concepción del ser humano.

Como se señala, basta con acercarse a una noción básica como es el “mercado”, y allí encontraremos la génesis de lo que puede llamarse sociedad. El concepto más simple de mercado nos viene con la imagen de humanos dejando el garrote de lado y ofreciendo a otro humano un producto de su trabajo en un acto de intercambio pacífico. Si el ser humano se sumerge en la noción de “trabajo” como aplicación del esfuerzo para crear algo que no solo pueda consumir, sino intercambiar con otro humano pacíficamente, estamos entrando en la fuente de lo que es una sociedad de humanos. Esto no lo hacen los animales. Comienzas por entender que hay que usar la fuerza física y mental para producir algo que asegure tu vida, pero además te adelantas a pensar que puedes producir algo más que puedas intercambiar con otro, quien a su vez pueda ofrecerte algo que ha producido con fines más allá del consumo directo y que también aspira intercambiar sus excedentes en “paz”, sin necesidad de agredirse ni propinar un garrotazo al otro. Y allí, con este simple acto que solo pueden protagonizar los humanos, nace la salvación de la humanidad: aquel acto de los seres humanos de producir para cubrir sus necesidades y algo más para intercambiar con otros. Es la sociedad.

Así, de una manera rústica, elemental, podemos percibir la noción de mercado y asociar esa noción al nacimiento de civilizaciones, conglomerados humanos donde la gente puede intercambiar en paz.

Sobre el concepto de “mercado” se han elaborado leyendas, mentiras y argumentos de guerras, pero también una filosofía de la paz posible como fundamento de la convivencia entre los seres humanos y las sociedades. Basta hojear “Los enemigos del comercio”, del sabio Antonio Escohotado, para percibir historia, humanidad, riqueza, espiritualidad, creatividad y paz, cuando filosófica e históricamente muestra que el mercado no es un lugar donde el pez grande se devora al pequeño, sino un espacio genuino de libertad y paz.

Una leyenda poderosamente unida a la manipulación y tergiversación del concepto de mercado es la expresada en el “Manifiesto Comunista”, publicado el 21 de febrero de 1848, escrito por Karl Marx y Friedrich Engels por encargo de la Liga Comunista. Documento e ideas que operaron como convocatoria universal a la guerra entre pueblos y sectores de la sociedad.

Este manifiesto comienza con una declaración muy sencilla, pero también como un rugido bestial hacia la destrucción:

Un espectro se cierne sobre Europa: el espectro del comunismo. Contra este espectro se han conjurado en santa jauría todas las potencias de la vieja Europa, el Papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes.

Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases.

"Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos de la gleba, maestros y oficiales; en una palabra, opresores y oprimidos, frente a frente siempre, empeñados en una lucha ininterrumpida, velada unas veces y otra franca y abierta, en una lucha que conduce en cada etapa a la transformación revolucionaria de todo el régimen social o al exterminio de ambas clases beligerantes”.

Cuando se proclama esta divergencia en el desarrollo de la humanidad, se realiza una convocatoria a un estado de guerra permanente que será sostenido entre pueblos y, peor aún, dentro del pueblo mismo. Si analizamos el trasfondo de este manifiesto, encontramos una simpleza tal que asombra: intenta introducir en la mente y en el corazón de los humanos que al producir se enfrentan dos sectores: los que tienen la idea de qué y cómo producir, es decir, los que en términos rigurosos “emprenden”, y los que con su esfuerzo contribuyen haciendo parir la idea, es decir, dan vida a la obra, “el producto”, que nació de esta idea: el trabajador.

El concepto que se fabrica políticamente es aquel que sostiene que los emprendedores y los trabajadores son enemigos porque, supuestamente, el emprendedor está convirtiendo el esfuerzo humano en un elemento de explotación del proceso de producción al venderlo y apoderarse de parte de la ganancia. Muchas e infinitas teorías se desprenden de este hecho elemental, entre otras la noción de plusvalía. Según este planteamiento político, los que concretan la idea y emprenden con ella el proceso de producir son enemigos mortales de los que ejecutan las labores para materializar la idea, es decir, el así llamado trabajador. Aquí nos salta una idea: ¿diseñar, elaborar un proyecto para producir un bien, acaso no es también un esfuerzo, un trabajo? Quizás unos realicen un gran esfuerzo mental, teórico, y otros un esfuerzo más concentrado en la materialización concreta de la idea original, pero lo que sí es indudable es que ambos sectores “trabajan” para gestar el proyecto; no pueden separarse ni excluirse, porque en cualquier caso no se produciría nada concreto. No es lucha de clases: es participación de ambos en el hecho económico.

Al abordar esta reflexión, da la impresión de que estamos simplificando a un extremo infantil, pero la verdad es que, cuando ahondamos en el concepto de “lucha de clases como motor de la historia”, es esta idea o concepto al cual se refiere, es de lo que habla el Che Guevara como promotor de este argumento político-idea en Cuba y en Latinoamérica.

“El Che Guevara no fue el formulador original del concepto; él adoptó y aplicó la teoría marxista de la lucha de clases como motor principal que impulsa la historia, provocando el cambio social. Esta idea sostiene que el conflicto entre la clase dominante y la clase oprimida genera el movimiento y la evolución histórica a través de las contradicciones y las confrontaciones. Guevara vio esta lucha como el proceso que lleva a la transformación social y a la abolición de las desigualdades”.

Razonando simplistamente, podemos decir que el concepto de lucha de clases, que ha animado movimientos históricos muy importantes en Latinoamérica y en el mundo, parte de esta noción infantil de negar el impulso creador de los que proyectan y con sus ideas crean empresas o, como se dice, “emprenden”, impulsan la fuerza creadora del ser humano y la idea de mercado adonde van a parar las obras de la empresa. Sobre estas falsas contradicciones se ha montado una parte de la historia de la humanidad.

En la Unión Soviética se concentraron más de 15 países, fieles seguidores de estas ideas y de la imposición salvaje de la lucha de clases como esencia de su proceso sociohistórico. De igual manera, en China, un populoso país del mundo donde se impuso esta rudimentaria y falsa idea que proclamaba la existencia de una oposición entre los que generaban ideas para producir y los que materializaban esas ideas con “trabajo”. Y el colofón: los trabajadores tenían que destruir a los emprendedores. En todos estos países ocurrió un estruendoso proceso de fracaso económico, expansión de la pobreza y ruina social; el ejemplo entre nosotros, la martirizada Cuba. Esta falsa contradicción ha provocado millones de muertos solo entre Rusia y China y más de 150 millones de víctimas. En Latinoamérica ha sido causante de oleadas de destrucción y de un atraso pavoroso como el que marca a los países que caen en imponer estas ideas claves del marxismo, como la lucha de clases y la negación de un mercado libre de presiones políticas erróneas.

Por estas razones, artesanalmente expuestas, apoyamos la idea de los profesores de la Universidad de Chicago para mostrar que puede enseñarse economía sin números, solo con un acercamiento creativo al espíritu humano, que es el único creador, el que hace nacer las ideas y empuja a los seres humanos a concretar sus sueños. Espero que Cedice siga esta ruta de la Universidad de Chicago.

https://www.elnacional.com/

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