Sigue teniendo el cielo más poblado de estrellas del firmamento; montañas exuberantes al lado de mares, lagunas y lagos acompañados por relámpagos permanentes; impresionantes amaneceres teñidos de destellos solares; controversiales atardeceres cálidos y ventisqueros; noches misteriosas, marcadas por gigantescas lunas resplandecientes y curiosas. La verdad es que Venezuela sigue teniendo impactantes y sorpresivos motivos que nos hacen ciudadanos del mundo, afortunados y privilegiados, sin embargo, esta nación de desconcertante belleza no es mi país. Nada de esto encontramos en el desolado territorio actual, desprovisto de elementos que hacen de la existencia un ejercicio poético y vibrante.
Estamos atrapados en un espacio callado, atemorizado y desgastado, simbolizado por la decadencia, en el que la violencia, intolerancia e injusticia, inauguran cada día sin pedir ni dar permiso. Existe una gran distancia histórica entre el anterior país amable de buena voluntad y de sencillos estímulos y el de hoy atrapado en el terror de la delincuencia, escasez de alimentos y medicinas, sin agua, sin luz, con la sensación latente que se derrumba a nuestras espaldas, trasnochadas y cansadas y si gritamos, gemimos o simplemente hablamos no existe eco posible, todo es un silencio lúgubre y menguado.
Con esta angustia incorporada a la existencia cotidiana, constatamos que según estudios acreditables, Venezuela es el país más inseguro del mundo, figurando la región latinoamericana entre las más peligrosas por delante de África y Rusia. Las recientes investigaciones sostienen que el tema de la seguridad es una tarea pendiente del Gobierno nacional, el cual ha acentuado la desconfianza en los cuerpos policiales, acrecentando la percepción de inseguridad en la población, revelando que sólo el 19 por ciento de los adultos dijo sentirse seguro al caminar de noche por su barrio; el 74 por ciento desconfía de la policía y el 22 por ciento aseguró haber sido víctima de hurto o tener un familiar asaltado o muerto en el último año.
A su vez, informes de la Naciones Unidas corroboran que la presente inestabilidad política y económica venezolana, es factor determinante en la dramática inseguridad ciudadana, ocupando el segundo lugar mundial, después de Honduras en relación a homicidios con la trágica estadística de 54 muertes por cada cien mil habitantes. Por estas desconsoladas circunstancias, mi país ha perdido categoría de país, es un país extraño y contradictorio. No es mi país.
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