En Caracas ya no se escucha el mismo silencio. No es el silencio del miedo compacto, ese que lo ocupaba todo como una humedad invisible. Es otro: más tenso, más calculado. Un silencio administrativo. Desde enero, cuando cayó Nicolás Maduro, la palabra que flota en los salones oficiales no es “revolución”, ni siquiera “transición”. Es estabilización. Y como toda palabra cuidadosamente elegida, dice menos de lo que promete y más de lo que aparenta.
La visita del jefe del Comando Sur de Estados Unidos, el general Francis L. Donovan, acompañado por la diplomática Laura F. Dogu, no fue una escena espectacular. No hubo columnas de tanques, ni discursos altisonantes. Hubo reuniones discretas en Caracas, comunicados medidos y una frase repetida como un mantra: construir “una Venezuela libre, segura y próspera”. Detrás de la fórmula, sin embargo, se mueve una arquitectura estratégica más compleja que cualquier despliegue militar.
Para comprenderla, conviene mirar más allá de la superficie. Lo que ocurre en Venezuela no es una intervención clásica ni una revolución romántica. Es algo más ambiguo: el desmontaje tutelado de un régimen autoritario desde adentro, con la energía como palanca y la seguridad como justificación.
El juego que no termina
La teoría de movimientos estratégicos parte de una intuición sencilla: el poder no se define por el estado actual, sino por la secuencia de jugadas que cada actor anticipa. No importa tanto dónde está el tablero hoy, sino quién puede forzar el siguiente movimiento.
La captura de Maduro alteró el equilibrio inicial, pero no lo destruyó. En su lugar emergió una figura interina, Delcy Rodríguez, que encarna una paradoja: heredera del aparato chavista, pero ahora interlocutora obligada de Washington. Donovan no llegó a imponer condiciones públicas; llegó a consolidar un nuevo punto de equilibrio. Uno en el que la presencia estadounidense —militar, diplomática y económica— se vuelve parte estructural del paisaje venezolano.
En términos estratégicos, Estados Unidos no buscó un jaque mate. Buscó inducir un equilibrio estable en el que todos los actores prefieran permanecer antes que regresar al caos. Delcy puede criticar la operación que derribó a su antiguo jefe, pero sabe que su margen de maniobra depende de la cooperación. Washington, por su parte, entiende que una ruptura frontal podría desencadenar el colapso administrativo que intenta evitar.
El resultado es una transición sin nombre definitivo: ni restauración democrática plena ni continuidad autoritaria intacta. Un estado intermedio, frágil y calculado.
La hegemonía que cambia de manos
El poder no se sostiene únicamente con la fuerza o la posibilidad de ejercerla, sino con la capacidad de controlar tanto los recursos materiales de una sociedad como los discursos y símbolos que le dan sentido a esa dominación. En el caso venezolano, este tipo de control se sostenía sobre tres pilares: el ingreso derivado del petróleo, la gestión del miedo como instrumento político y una narrativa antiimperialista que legitimaba el aparato del Estado.
Hoy, esos pilares están siendo sustituidos gradualmente. La renta petrolera comienza a reorientarse hacia acuerdos bilaterales con empresas estadounidenses; el monopolio del miedo se diluye cuando se percibe que están siendo controlados por un actor externo; y la narrativa antiimperialista se reemplaza por el lenguaje tecnocrático de la “estabilización”.
El reciente acercamiento con el secretario de Energía de Estados Unidos no fue anecdótico. Fue la señal de que el petróleo vuelve a ser el centro gravitacional de la política venezolana. No como bandera ideológica, sino como garantía de orden. La estabilización, en este sentido, es un proyecto económico antes que político: asegurar flujos, reconstruir contratos, restaurar confianza mínima. Solo después vendrá la discusión electoral.
La hegemonía cambia de manos no porque haya una ocupación formal, sino porque los resortes materiales del poder —finanzas, seguridad, legitimidad internacional— ya no están bajo control exclusivo del viejo aparato.
La semántica del poder
Las palabras no son inocentes. El discurso político organiza el mundo en oposiciones: orden y caos, legitimidad e ilegalidad, cooperación y aislamiento. En la narrativa actual, “estabilización” ocupa el lugar del bien supremo. Su opuesto no es la dictadura, sino el desorden.
Ese desplazamiento semántico es crucial. Al definir el conflicto como una lucha entre estabilidad y caos —y no entre autoritarismo y democracia— se justifica una transición controlada, gradual, incluso tutelada. Delcy Rodríguez puede aparecer así como auxiliar funcional de un proyecto mayor: no la enemiga, sino la administradora provisional del orden.
En ese cuadrado semiótico, el narcotráfico y las redes criminales se convierten en el oponente absoluto. Frente a esa amenaza, la cooperación hemisférica se vuelve virtud. El resultado es una reconfiguración del relato: el antiguo régimen no es derrotado por una revolución interna, sino absorbido por una narrativa de seguridad compartida.
El arte de rodear
Si en el ajedrez el objetivo es capturar al rey del oponente, en el milenario juego estratégico originario de China el propósito es mucho más sutil: ocupar y rodear territorio hasta que el adversario quede sin espacio de acción y pierda libertad para maniobrar. La estrategia estadounidense en Venezuela parece más cercana a este enfoque expansivo y envolvente que a la lógica frontal típica del ajedrez.
Las operaciones navales en el Caribe y el Pacífico, la destrucción de embarcaciones vinculadas al narcotráfico, las reuniones discretas en Caracas y la agenda energética bilateral son piedras colocadas con paciencia. No buscan destruir al adversario en un solo golpe, sino delimitar el perímetro donde puede moverse.
Delcy Rodríguez sigue en el tablero, pero dentro de un espacio cada vez más acotado. Puede gestionar la administración cotidiana, pero no definir los términos estratégicos. El cerco no es visible como una ocupación, pero es efectivo como una arquitectura de restricciones.
Control y legitimidad
Toda transición enfrenta el dilema entre control y legitimidad. Un exceso de control externo puede congelar la transición en un Estado tutelado sin horizonte democrático. Una legitimidad prematura sin control puede desembocar en anarquía.
Venezuela se encuentra en ese filo. La presencia del Comando Sur y la cooperación energética apuntan a maximizar el control. La promesa de elecciones —aún indefinida— busca preservar la legitimidad futura. El equilibrio es inestable.
Si la estabilización se traduce en crecimiento económico, servicios públicos restaurados y seguridad tangible, el modelo podría consolidarse como una transición ordenada hacia elecciones. Pero si el proceso se prolonga sin apertura política real, la narrativa de estabilidad podría transformarse en otra forma de tutela permanente.
El desenlace abierto
En la novela de Mario Vargas Llosa La Fiesta del Chivo, el dictador cae pero el miedo persiste. El poder no desaparece; se transforma, se reacomoda, se filtra en nuevas estructuras. Algo similar ocurre hoy en Venezuela. El régimen no se evaporó con la captura de Maduro; mutó en una administración provisional bajo vigilancia externa.
La historia no ofrece garantías. Los procesos de desmontaje pueden desembocar en democracias robustas o en híbridos ambiguos. La clave estará en la secuencia de movimientos que aún faltan: la reforma institucional, la reactivación económica y la convocatoria electoral.
Por ahora, el tablero está dispuesto para una partida larga. Estados Unidos ha optado por el cerco paciente antes que el golpe fulminante. Delcy Rodríguez administra una derrota que todavía no puede nombrar como tal. Y la sociedad venezolana observa, expectante, si la estabilización será preludio de libertad o apenas otro capítulo en la historia de un poder que cambia de rostro pero conserva la esencia.
La estabilización, al final, no es un destino. Es un tránsito. Y en Venezuela, el desenlace dependerá menos de las palabras pronunciadas en los comunicados que de las jugadas silenciosas que se ejecuten en la sombra.

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