1. La intervención de Trump en Venezuela ya es conocida en los medios de comunicación como “la extracción”. Será difícil cambiar el nombre a ese hecho tan reciente, hecho que también cierra un capítulo en la larga historia de la dominación chavista.
A la llamada extracción, si queremos entenderla en términos políticos, podríamos también denominarla como lo que fue: Un golpe de estado de larga distancia.
A través de la cinematográfica operación militar norteamericana que tuvo lugar el 03.01 2026, la dictadura de Maduro no fue derrumbada, fue simplemente descabezada. La cabeza visible fue extraída, pero el conjunto del estado chavista, al ser escritas estas líneas, está intacto.
Siguiendo a la Constitución, el hueco dejado por la ausencia del dictador fue ocupado por la vicepresidenta del país, Delcy Rodríguez.
2. El aparato de dominación de la dictadura no ha sido desmantelado y, en tanto la presidenta no modifique la estructura del régimen, ella será una dictadora a la que el presidente Trump no intenta derribar sino simplemente manejar, en aras de los intereses que él considera prioritarios para EE UU, los que de acuerdo a las palabras del propio Trump, no son políticos sino económicos .
En otros términos, el presidente Trump intentará servirse del aparato dictatorial para ponerlo al servicio de los intereses norteamericanos. Para muchos, una tremenda ironía. Para otros, una venganza de la historia.
Sobre la cabeza del régimen post-chavista será alzada una espada de Damocles: O gobierna de acuerdo a los dictados de EE UU o será también descabezado. La presidencia del país será ejercida por Rodríguez, pero siempre y cuando no contradiga los proyectos de Donald Trump. Así lo dijo el mismo Trump.
Después del golpe de estado vía externa, fue creada una junta norteamericana ad hoc de gobierno externo formada por Marco Rubio (relaciones internacionales), Pete Hegseth (ministerio de guerra) y Stephen Miller (director de seguridad). Delcy Rodriguez será la encargada de entregar el petróleo a los EE UU y de crear condiciones para un nuevo gobierno que podría ser, si se dieran ciertas condiciones, el de ella misma. Nada está escrito.
3. El golpe de Trump a Maduro debe ser encuadrado dentro la estrategia internacional de su gobierno. Eso quiere decir que Trump no pone en primer lugar el cumplimiento de los derechos humanos en Venezuela. Fiel a su doctrina económica, afirma, le interesa el petróleo venezolano. Pero es evidente que no se trata solo de una guerra petrolera.
La intervención norteamericana vista así, busca dar un paso más en la posesión simbólica y real del hemisferio occidental, propósito explícito de la Carta de Seguridad Interior publicada por el gobierno de los EE UU poco antes de su intervención en Venezuela. En otras palabras, el descabezamiento del régimen forma parte del nuevo orden mundial propuesto por Trump a los imperios chino y ruso. Con esa proposición, Rusia parece estar de acuerdo. China, en cambio, todavía no.
4. El descabezamiento del régimen venezolano no fue legal, pero tampoco ilegal en un mundo que, lentamente, ha sido despojado de legalidad internacional.
No hay ninguna ley ni reglamento internacional que obligue a una superpotencia a derrocar gobiernos extranjeros por más ilegítimos e ilegales que sean sus detentadores, como era el caso del dictador Maduro. Plantearse en contra de la ilegalidad cometida por Trump ha sido, en ese sentido, la tónica predominante de los gobiernos democráticos y liberales de Europa. No podemos aceptar, aducen esos gobiernos, que en las relaciones internacionales impere la ley de la selva. En ese sentido, tales gobiernos coinciden con la posición de China. Sobre todo cuando el gobierno de Xi Jinping hizo público un largo texto abogando por el derecho a la autodeterminación de las naciones.
Desde su posicion geopolítica (pero solo desde esa posición) Xi Jin Ping tine razón. Y la tiene por tres motivos.
El primer motivo, el más obvio, es que el régimen de China esta gobernado por una dictadura de un partido-estado. Por lo mismo, no puede tolerar que las dictaduras, solo por que lo son, corran el peligro de ser atacadas por enemigos externos. En cierto modo, la de Xi Jinping, es una actitud de autoegitimación.
El segundo motivo es que el imperio chino no tiene grandes ambiciones territoriales como son los casos del imperio ruso y del imperio norteamericano.
China opera en el espacio mundial amarrando económicamente a diversas naciones y mediante endeudamientos busca convertirlas en tributarias de su economía, como ya sucede con el Brasil de Lula. Ese es el sentido que acuerda China a los BRICS y a la idea del Sur Global cuyos miembros siguen en general los planteamientos que provienen desde Beijing. En ese contexto, China, mediante el mecanismo de la deuda internacional, ya se había prácticamente apoderado financieramente de Venezuela, país que tiene la más grande deuda con China en toda América Latina. Pero Trump, de un solo manotazo, ha quitado la presa a Xi. Así funcionan las cosas en los tiempos de la barbarie ultramoderna que estamos viviendo.
La posición de China es demasiado hipócrita. Si Xi está por la autonomía de las naciones debe estarlo por todas. Pero jamás se ha leído una sola declaración china alegando en contra de la violación al derecho internacional cometida por Putin en Ucrania. Peor todavía: China apoya a Corea del Norte cuando envía tropas a morir en Ucrania.
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