Republica del Zulia

Julio Portillo: Necesitamos entonces promover el regionalismo como protesta al excesivo centralismo en todos los órdenes. Tenemos que despertar la conciencia política de la provincia.

martes, abril 17, 2018

La huella imborrable de la bota militar


PORTADA: EFE, MIGUEL GUTIÉRREZ (ARCHIVO) | FOTOGRAFÍAS EN EL TEXTO: MIGUEL GUTIÉRREZ Y VALERIA PEDICINI

Paula Colmenárez se fue a Altamira el 10 de julio de 2017 sin pensar que ese día cambiaría su vida. A un año del inicio de las protestas, la joven de 18 años no se permite olvidar lo ocurrido en más de cuatro meses de manifestaciones callejeras. Una cicatriz en su palma derecha y una imagen inmortalizada del momento en que la bota militar le modificó su futuro tampoco la dejan

Me confié porque pensé que la guardia se iba a retirar, pero vinieron por nosotros y la gente salió corriendo. Yo también empecé a correr. Cuando volteé, los tenía prácticamente encima. “Ya, ya la agarramos”, escuché que se dijeron dos funcionarios entre ellos. Yo solo pude pensar: “Aquí fue”.

Para Paula Colmenárez es importante recordar, aunque sea doloroso. Las escenas van y viene en su cabeza, aunque muchos momentos no consigue evocarlos con tanta precisión como quisiera. Lo único que no olvida, después de tantos meses desde que una bota militar la pisó por la espalda, son las voces. Las amenazas y los insultos que los funcionarios de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) vociferaron en su contra no salen de su memoria. No recuerda caras. Igual no hace falta.

Las palabras continúan grabadas en la joven de 18 años, así como la cicatriz que le recorre la palma de la mano derecha. Una marca del 10 de julio de 2017, cuando efectivos de los cuerpos de seguridad del Estado la aplastaron contra el asfalto para luego, rápidamente, montarla en una moto y llevarla detenida hasta la Base Aérea La Carlota, donde permaneció más de seis horas. “Mi vida cambió drásticamente”, afirma ahora.

Bajo la bota militar

Ha pasado un año desde que comenzó el ciclo de protestas que se extendió por cuatro meses, y dejó miles de detenidos y heridos, además de más de 150 muertos. Pero las cicatrices no son solo físicas, sino emocionales. “En estos meses comienza el recuerdo de todo y es imposible creer que hayan pasado 365 días y las heridas de lo que pasó sigan presentes. Recordar es la mejor conmemoración de la lucha”.

El 10 de julio de 2017 la oposición convocó a un “trancazo” de 10 horas, desde las 10:00 am hasta las 8:00 pm. Durante la jornada, los cuerpos de seguridad del Estado no dudaron en reprimir con bombas lacrimógenas a los manifestantes en varios sectores de la ciudad. Ese día Paula, todavía menor de edad, había asistido a la Universidad Central de Venezuela (UCV) para ir a sus clases de Derecho. Pero no hubo cátedra y se fue directo a la plaza Francia de Altamira. Cargaba una bandera, su celular, una Constitución y sus zapatos de goma. “Yo estaba sola en Caracas porque toda mi familia es de Barquisimeto. No estaba viendo casi clases y lo menos que podía hacer era participar todos los días de forma activa y pacífica”. En grupo, guapa y apoyada, bajó junto al otros manifestantes hasta la autopista Francisco Fajardo, que intentarían obstruir.

Entonces, escuchó la fuerte detonación que un artefacto casero hizo al explotar cuando funcionarios de la GNB se trasladaban en motos por Altamira Sur. Al menos siete resultaron heridos, en un momento que quedó registrado en video.

“Yo estaba del otro lado. Había alrededor de 15 motos y desde ahí nos lanzaban bombas lacrimógenas. Me confié porque pensé que se iban a retirar después de la explosión, pero al rato subieron por esa misma calle y la gente salió corriendo”. Piensa que, tras el estallido, los uniformados querían hallar culpables.

Aún sobre el Distribuidor Altamira, la mujer intentó huir pero era tarde. La alta cilindrada se impuso. Sintió miedo. “No sabía qué podía pasar, me podían haber disparado un perdigón si les daba la gana o cualquier cosa”. La GNB le hizo la zancadilla, la joven perdió el equilibrio y cayó sobre el pavimento apoyada en su mano derecha. “En el piso había mucho vidrio y uno de esos se me metió en la mano, pero yo no sentía nada por la adrenalina”.

 Leer mas: http://elestimulo.com/climax/la-huella-imborrable-de-la-bota-militar/

1 comentario:

  1. Anónimo9:16 a.m.

    Para Paula Colmenárez es importante recordar, aunque sea doloroso. Las escenas van y viene en su cabeza, aunque muchos momentos no consigue evocarlos con tanta precisión como quisiera. Lo único que no olvida, después de tantos meses desde que una bota militar la pisó por la espalda, son las voces. Las amenazas y los insultos que los funcionarios de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) vociferaron en su contra no salen de su memoria. No recuerda caras. Igual no hace falta.

    ResponderBorrar