La estrepitosa derrota en las elecciones parlamentarias de diciembre pasado encendió las alarmas de la revolución. Había que blindar aNicolás Maduro ante la acción de un Parlamento opositor y, sobre todo, ante cualquier intento de revocarlo de la presidencia. El oficialismo midió los pocos beneficios que le podía aportar un Parlamento paralelo comunal. También se calcularon los poderes de una nueva ley habilitante, pero se decantó por los muy parecidos decretos de emergencia económica y estado de excepción.
En juego estaba algo más que un presidente golpeado por la mayor crisis social, económica y política que nadie recordaba. En juego estaba la propia revolución creada por Hugo Chávez.
Todo pasaba por el elemento clave, fundamental, la nueva piedra filosofal del poder chavista: el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ). Atornillar su influencia requería la acción urgente de la Asamblea saliente, que con la dirección de Diosdado Cabello impuso con alevosía y "navideñidad", y de forma inconstitucional, a 13 magistrados principales de los 36 que componen el más alto tribunal, aquel cuyas sentencias ni siquiera son recurribles.
Desde aquel momento todo fue coser y sentenciar: hasta 33 veredictos, según el abogado constitucionalista Vicente Haro, que lleva la cuenta desde el primer día. Su última anotación la realizó en la noche del lunes. La Sala Electoral del TSJ, que ya ha redactado cuatro fallos contra los tres diputados opositores de Amazonas y que según fuentes opositoras estaría preparando la repetición de las elecciones en aquel estado, quiso ratificar al Consejo Nacional Electoral (CNE) y dejarle claro a la Unidad Democrática que la recolección de firmas de la semana que viene será tan dura como subir uno de los picos del Himalaya.
La última sentencia sucede sólo seis días después de otro de los más polémicos fallos, ese que ha permitido a Maduro imponer los presupuestos generales sin pasar por la Asamblea Nacional. Una acción inédita y que volvió a asombrar a medio mundo, tanto por su espíritu (que rompe con todas las reglas democráticas) como por su aprobación: en el Panteón de los muertos ilustres para ser confirmada después, a voz en grito, por un grupo de seguidores.
"El TSJ ha servido de destructor de la Constitución, donde se utiliza la forma legal de las sentencias para destruir al Parlamento y a la democracia. Hoy es totalmente claro que el TSJ está al servicio de las pretensiones del gobierno y no de la justicia", concluye el diputado Ángel Medina, que también funge como presidente de la sección venezolana del Parlatino.
Desde aquel momento todo fue coser y sentenciar: hasta 33 veredictos, según el abogado constitucionalista Vicente Haro, que lleva la cuenta desde el primer día. Su última anotación la realizó en la noche del lunes. La Sala Electoral del TSJ, que ya ha redactado cuatro fallos contra los tres diputados opositores de Amazonas y que según fuentes opositoras estaría preparando la repetición de las elecciones en aquel estado, quiso ratificar al Consejo Nacional Electoral (CNE) y dejarle claro a la Unidad Democrática que la recolección de firmas de la semana que viene será tan dura como subir uno de los picos del Himalaya.
La última sentencia sucede sólo seis días después de otro de los más polémicos fallos, ese que ha permitido a Maduro imponer los presupuestos generales sin pasar por la Asamblea Nacional. Una acción inédita y que volvió a asombrar a medio mundo, tanto por su espíritu (que rompe con todas las reglas democráticas) como por su aprobación: en el Panteón de los muertos ilustres para ser confirmada después, a voz en grito, por un grupo de seguidores.
"El TSJ ha servido de destructor de la Constitución, donde se utiliza la forma legal de las sentencias para destruir al Parlamento y a la democracia. Hoy es totalmente claro que el TSJ está al servicio de las pretensiones del gobierno y no de la justicia", concluye el diputado Ángel Medina, que también funge como presidente de la sección venezolana del Parlatino.
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