El abuso del poder privatizado en provecho de un pequeño grupo es la base del mal que daña nuestra legalidad y nuestra economía, y empobrece a los venezolanos. En estos días hemos tenido un patético caso.
El empresario y el profesor conversaban de lo mismo que la mayoría de los venezolanos, preocupados por la situación económica del país, gravísima como todo el mundo sabe, salvo el Gobierno aparentemente. ¿Dónde está el delito? Lo grave es que su conversación sea intervenida ilegalmente, su contenido publicado ilegalmente y que lo haga una alta autoridad del Estado a través del canal del Estado. Esa ilegalidad impune que desprestigia al país, ahuyenta inversiones y destruye oportunidades. ¿Cómo no va a haber escasez, colas, precios altos? ¿Cómo no va a cundir la corrupción con ese ejemplo? Pero ese resumen apretado no es toda la historia.
El 13 de octubre en su programa "En contacto con Maduro", el Jefe de Gobierno dijo tener pruebas de que "un grupo de tecnócratas y pelucones" habría visitado al FMI, donde les habrían ofrecido 60 mil millones de dólares para la MUD si derrocaban al Gobierno. La rocambolesca "denuncia" tuvo corta vida. Al día siguiente el Presidente de la Asamblea la reventó al tomarla para sí, enmendó la plana al Presidente y apuntó a otro blanco. Ya no la oposición política sino el empresario, y la convirtió en una "usurpación de funciones" con "traición a la patria" y enseguida su adlátere fue a la Fiscalía a denunciar a las víctimas del espionaje ilegal.
Además de dejarlo mal parado, al presentarse como el duro, le crea un problema al que tiene la responsabilidad de gobernar. Una persecución al empresario más importante del país, la cabeza del conglomerado industrial que más produce y distribuye es bastante más que un espectáculo propagandístico condimentado de clasismo.
¿Irresponsable? Desde luego. Como irresponsable era la "denuncia" original de Miraflores, pero ésta la supera. Se sustituyen las decisiones con escándalos propagandísticos. No les importa el drama que vive la gente y pretenden disimularlo con maniobras mediáticas. Y, como si la cosa no estuviera suficientemente grave, compiten entre sí los jefazos que heredaron el poder para ver quien hace el gesto más extravagante, quién pasa más días posando de temible revolucionario, mientras el país paga las consecuencias.
¿Y los venezolanos? Esos no les importan. Los desprecian. Ese venezolano está esperando el 6 de diciembre, para saldar cuentas. Gran responsabilidad nos espera.
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