” Los presidentes Obama y Castro han decidido poner fin a medio siglo de darse las espaldas y reiniciar relaciones diplomáticas plenas entre Estados Unidos y Cuba, cerrando una página ominosa y anacrónica de la historia y abriendo otra plena de buenos augurios.
Resulta difícil entender porqué un país con una élite política significativa ha necesitado cincuenta años para darse cuenta de que lo que está haciendo es absurdo, no produjo los resultados buscados y generó una situación innecesaria de tensión con toda una región del planeta.
Inicialmente, las respuestas pueden adivinarse y son tan evidentes como discutibles. En el periodo de la Guerra Fría era una cuestión estratégica probada por la crisis de los misiles de 1962. Las dos superpotencias se jugaban en Cuba desde situaciones de alto riesgo bélico hasta aspectos de orgullo nacional. Tras la caída del muro, en 1989, el escenario cambió sustancialmente, Cuba estuvo al borde del colapso definitivo, cosa que no ocurrió.
Pasada la fuerte tormenta, en los albores del siglo XXI, apareció Hugo Chávez -el de la Venezuela de los petrodólares y el Socialismo del Siglo XXI- le alcanzó el brazo y salvó a la Isla de un naufragio que parecía inminente. Eso dio aire para que la beligerancia se mantuviera aún, a pesar de la renuncia de Fidel Castro a la presidencia de su país.
Está claro, además, que durante el primer cuarto de siglo de esta historia el poderoso lobby cubano instalado en Florida logró influir hábilmente en el Capitolio y frenar, como frena hasta hoy entre buena parte de los representantes, cualquier iniciativa de flexibilizar las políticas con La Habana. Pero hoy, nuevas generaciones de descendientes de cubanos en Estados Unidos tienen una visión más abierta, menos entrañable y más distanciada de la situación del país de sus ancestros.
Irónicamente, el embargo, que se decidió a poco de que Cuba se declarase Estado socialista, se convirtió en un gran argumento que victimizó a la Isla -no sin razón- y permitió que las dificultades o insuficiencias de su manejo económico tuvieran siempre como caballo de batalla la brutalidad del enemigo con la citada medida.
En ese escenario no se puede discutir que Cuba propuso, en 1961, una forma distinta de encarar la relación con Estados Unidos, que se transformó en un emblema de dignidad. Frente a las imposiciones estadounidenses en América Latina, con varias intervenciones militares de por medio y una injerencia diplomática abierta, dio una respuesta de independencia de acción de Cuba a través de la inflamada y revolucionaria voz de Fidel Castro.
Esta postura tuvo dos aspectos cuestionables. El primero, la evidencia de que sin el respaldo soviético, que transformó la economía cubana en una frágil maquinaria sostenida por la subvención, esa fuerza podía desvanecerse. El segundo, la aplicación de un sistema político de partido único vulneró de manera sostenida las libertades ciudadanas y los derechos humanos.
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