Después llegó el complicado proceso de deshacerse de los cadáveres, la utilización del ácido y del fuego, la búsqueda de un lugar inaccesible para enterrarlos. Había que borrar todo vestigio y recuerdo de la realeza, así lo exigía la revolución bolchevique. Posteriormente vendría el criminal sádico de Stalin con sus famosas purgas, hambrunas y gulags que provocaron la muerte a más de 20 millones de personas incluyendo a miles de miembros del partido comunista.
El oprobio marxista invadió media Europa, atacó a Hungría y Checoslovaquia, creó una cortina de hierro que dividió a la población entre demócratas y oprimidos al tiempo que sometió a sus moradores durante casi 70 años. De repente, se comprobó que el comunismo era un fracaso y que el capitalismo era la solución. La Unión Soviética desapareció, se liberaron los pueblos sojuzgados, se derribó la muralla de la vergüenza.
A Stalin lo sacaron del Kremlin y lo tiraron para el patio de atrás. Ya nadie lo visita. Derrumbaron sus estatuas. Le quitaron el nombre de Lenin a Leningrado y le devolvieron el original de San Petersburgo en honor a Pedro el Grande, el más importante de la dinastía Romanov. Hoy en día, el Zar, su esposa y sus cinco hijos reposan en la catedral y fueron canonizados en el año 2000. El "opio de los pueblos", pudo más que el ateísmo. Después de tantas muertes y miseria, estaban totalmente equivocados. En cambio en Venezuela se ha impuesto el comunismo. Hay que ser bien bruto. Que oiga quien tiene oídos…
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