
En 2026, mientras distintos analistas proyectan un crecimiento del PIB de entre el 10% y el 15% para este año, impulsado principalmente por los hidrocarburos tras la flexibilización de las sanciones, Venezuela vuelve a depender de un recurso volátil y geopolíticamente condicionado. El petróleo puede aliviar tensiones de corto plazo, pero, por sí solo, no configura una economía productiva sostenible. El riesgo de confundir una recuperación cíclica con una sanación estructural es la verdadera trampa que debemos evitar para no hipotecar, una vez más, el futuro del país.
El optimismo de las cifras
Caracas, abril de 2026. Las proyecciones económicas despiertan un optimismo cauteloso. El Banco Central de Venezuela reportó un crecimiento del PIB del 8,66% en 2025, impulsado predominantemente por el sector petrolero. Para 2026, estimaciones de firmas como Ecoanalítica ubican el crecimiento en un rango de entre el 10% y el 13%, cifras que, aunque alentadoras en el papel, deben ser analizadas bajo la lupa de la base de comparación de la cual venimos.
Luis Vicente León proyecta un crecimiento cercano al 13% y un aumento del consumo alrededor del 16%, mientras que Asdrúbal Oliveros y otros analistas sitúan el rango en torno al 10%–12%. Este incremento responde a un patrón de referencia claro: la reactivación de la actividad extractiva apoyada en una flexibilización parcial de sanciones y en mayores flujos de inversión extranjera. Sin embargo, este dinamismo se concentra en nodos específicos que no siempre logran permear hacia la economía real de la pequeña y mediana industria.
La producción de petróleo, que en 2025 promedió cerca de un millón de barriles diarios, presenta una ventana de oportunidad que podría expandirse en función de las licencias operativas y la capacidad de recuperación del sector en los próximos años. No obstante, alcanzar metas superiores requiere no solo voluntad política, sino un programa masivo de mantenimiento e inversión de capital que hoy compite con las urgentes necesidades sociales y de infraestructura de servicios básicos del país.
La economía dual que persiste
Detrás de estas cifras se mantiene una estructura ya conocida: una economía que opera como enclave. El petróleo representa más del 90% de las exportaciones y concentra la mayor parte de las divisas, mientras el sector no petrolero crece a un ritmo más moderado, evidenciando las dificultades para encadenar la riqueza energética con la generación de valor agregado interno.
Se consolida así una dualidad marcada: por un lado, un sector intensivo en capital y tecnología, gestionado bajo estándares internacionales, pero parcialmente desconectado del resto de la estructura productiva; por el otro, una economía doméstica que lucha por recuperar su capacidad de consumo. El efecto “derrame” esperado sigue siendo limitado, lo que genera una ilusión de prosperidad que solo beneficia a los sectores más próximos a la fuente de la renta.
(NO) Repetir el error histórico
Esta dinámica ha definido la trayectoria económica del país durante décadas. La renta petrolera permitió sostener el gasto público y los subsidios, pero sin construir bases productivas diversificadas. Cuando el ciclo de precios se revirtió o surgieron restricciones externas, la vulnerabilidad estructural de nuestro modelo se hizo evidente, dejándonos expuestos a crisis de gran magnitud.
Hoy, con una infraestructura aún deteriorada y una producción lejos de los niveles históricos superiores a los tres millones de barriles diarios, la dependencia persiste de forma crítica. Incluso en escenarios de mayores ingresos, la asignación de recursos tiende a concentrarse en importaciones de bienes terminados y consumo inmediato, generando un bajo impacto multiplicador interno y postergando el desarrollo de capacidades industriales propias.
El cuello de botella eléctrico
La crisis eléctrica continúa siendo una restricción estructural crítica que frena cualquier intento de despegue industrial serio. Sin un suministro confiable y de calidad, tanto la expansión petrolera como el desarrollo del resto de los sectores productivos enfrentan límites severos que aumentan los costos operativos de manera exponencial. Los apagones recurrentes afectan regiones clave como Zulia, Carabobo y Anzoátegui, reducen la actividad industrial mínima y elevan la percepción de riesgo para cualquier inversión de largo plazo que pretenda establecerse en el país.
Sin una base energética estable, la recuperación económica difícilmente podrá sostenerse en el tiempo, convirtiéndose en un techo de cristal para el crecimiento del PIB. La modernización de la red eléctrica y la descentralización del sistema no son solo tareas técnicas, sino requisitos indispensables para que el sector privado pueda planificar su expansión sin el temor constante a la interrupción de sus procesos críticos.
Necesitamos salir de la estación de servicio
El país no requiere únicamente más producción de crudo para superar la crisis. Requiere modificar profundamente su modelo de pensamiento y gestión. El petróleo debe cumplir un rol de estabilización estratégica: financiar la reconstrucción de la infraestructura, aliviar las restricciones fiscales y servir como puente hacia una transformación productiva más profunda. Convertirlo nuevamente en el eje exclusivo del crecimiento implica reproducir vulnerabilidades conocidas y condenar a las próximas generaciones a la misma inestabilidad que hemos padecido.
Hacia una economía verdaderamente venezolana
Creo que la discusión relevante en 2026 no debe ser solo la magnitud del crecimiento económico, sino su calidad y su sostenibilidad en el tiempo. El desafío consiste en aprovechar este ciclo de ingresos para sentar bases institucionales y técnicas distintas: fortalecer el sistema eléctrico, optimizar la logística nacional, impulsar la formación técnica de alto nivel y generar condiciones de seguridad jurídica que favorezcan la inversión de capital productivo, no especulativo.
Una economía diversificada —con desarrollo real en agricultura, turismo, manufactura y servicios tecnológicos— no responde a una aspiración teórica o romántica. Representa una condición necesaria de supervivencia para reducir la exposición a los ciclos del petróleo y construir una estabilidad de largo plazo basada en el trabajo y la innovación.
Es el momento de que todos los actores responsables —el Estado, el sector privado y las instituciones académicas— asuman un compromiso firme que trascienda la coyuntura del barril de crudo. No podemos permitir que este rebote estadístico sea otra oportunidad perdida en nuestra historia. Es necesario exigir una hoja de ruta clara que priorice la inversión en infraestructura eléctrica, la transparencia en la gestión de los recursos y el incentivo real a la producción nacional. El futuro de Venezuela no puede seguir dependiendo de un precio en una pantalla en Londres o Nueva York; debe depender, finalmente, del ingenio y la capacidad de ejecución de los venezolanos. Es hora de actuar con visión de futuro o aceptar, por omisión, el retorno a la fragilidad.
Emilio Venuti es investigador, conferencista, futurista
emiliovenuti.com
