Republica del Zulia

Julio Portillo: Necesitamos entonces promover el regionalismo como protesta al excesivo centralismo en todos los órdenes. Tenemos que despertar la conciencia política de la provincia.

domingo, marzo 15, 2026

Razones para escribir Por Sergio Ramírez

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He pasado los ochenta y no siento que haya llegado la hora de despedirme de la escritura, como ha hecho mi contemporáneo, al que tanto admiro, Julian Barnes, porque cree que “ya ha tocado todas sus melodías”.

Quiero ser escritor hasta la muerte, mientras conserve esos dos atributos fundamentales, sin los cuales no hay escritura: memoria e imaginación. "No puedes recordar sin imaginar, ni imaginar sin recordar", dice el mismo Julian Barnes. Y no hay que olvidar un tercero: la curiosidad.

Cuando empecé a escribir era impaciente. Al llegar a la universidad para estudiar Derecho, empezamos a publicar una revista literaria y me llevaba de la tipografía tiras de papel de las que servían para imprimir las pruebas con un rodillo. Aquellas largas tiras las metía en el carro de alguna máquina de escribir que estuviera ociosa en las oficinas de la universidad y me sentaba a teclear como un desesperado, porque no quería desperdiciar el tiempo sacando y metiendo en el carro de la máquina las hojas de tamaño normal. Martillaba las teclas con dos dedos y corregía muy poco, porque pensaba que el mundo estaba ansioso de leer lo que escribía.

La vida dedicada a escribir y no con la constancia que hubiera querido, porque hubo largas interrupciones; me ha enseñado que la paciencia es también madre de la escritura. La paciencia para desechar lo escrito, por mucho que te guste, porque reconoces en la página defectos y debilidades; para encontrar los errores de congruencia, para tachar, borrar, corregir, volver a empezar; saber, como decía Kafka, que el arte de escribir es el arte de suprimir.

Hay quien dice que escribir es un acto de sufrimiento; si fuera así, nunca hubiera sido escritor. Hacer lo que no te gusta es la peor manera de cumplir una tarea. De la escritura uno no se retira; no hay tercera edad en este oficio.

Con la edad llega el tiempo de la reflexión sobre la página escrita y se desarrolla ese sentido crítico sin el cual toda escritura se vuelve peligrosa. Es lo que Hemingway llamaba “el bullshit detector: todo buen escritor debe tener un detector de mierda incorporado, a prueba de choques, desde el nacimiento”.

Desde el nacimiento, es mucho pedir. Creo que ese detector se desarrolla con el tiempo, con la experiencia, con la paciencia, gracias a los fracasos. Y uno sabe que ya lo tiene incorporado cuando lee una vieja página y se avergüenza de ella, queriendo nunca haberla escrito. Pero las reglas del detector son siempre válidas: saber quitar todo lo falso, excesivo o decorativo; todo lo que suene a cliché o mentira emocional.

Está, por aparte, el destino de la escritura. ¿Para qué se escribe y para quién se escribe? Al principio pensaba que la literatura era una herramienta social para cambiar la realidad: una pretensión desmedida, si se piensa que mis cuentos los publicaba en una revista estudiantil que imprimía 500 copias. Eran tiempos juveniles de lucha por un mundo distinto, y la literatura, para mi generación, no podía ser ajena a la política militante.

Solo después he aprendido que el peor vehículo para transmitir credos políticos o presupuestos ideológicos, es la literatura. Cuando la escritura es artísticamente eficaz para comunicar la injusticia, la miseria, la opresión, desde una perspectiva estética, convencerá al lector, pero solo como una consecuencia de la lectura. Si uno se propone escribir con ánimo proselitista, seguro fracasará y peor cuando se usan parrafadas retóricas. Lo aprendí al leer Los hermanos Karamazov.

Dostoievski retrata la injusticia desde la neutralidad, sin agregados que expliquen la crueldad de los poderosos contra los débiles y de esa manera llega a la conciencia de quien lee para no borrarse nunca más. Llega como un asunto de la vida.

Cuando el tiempo pasa, la pretensión de escribir para las multitudes y cambiar de raíz la realidad, se convierte en la convicción de que escribe para un lector en concreto. Ese lector se refleja en la pantalla del ordenador como en un espejo y es alguien difícil de contentar, siempre vigilante de tus tropiezos y tus errores.

Uno no busca convencerlo, sino hacerlo dudar. Que se abran en su mente mundos distintos, pero, antes de eso, que no te abandone. Porque si el lector cierra el libro porque lo aburres o no le seduces los suficiente, tus intenciones no valen nada. 

Una cosa es utilizar la literatura como instrumento de propaganda y otra escribir desde la conciencia y siempre estará de por medio para mí la conciencia ética, mi manera de ver el mundo desde mis creencias. Al volver la vista atrás, siento que, desde adolescente, cuando me hacía escritor para siempre, también para siempre nacieron en mí lo que puedo llamar principios. A estas alturas, estos principios siguen siendo los mismos y parten de una permanente inconformidad frente a la injusticia y la opresión.

Soy, por tanto, si es posible establecer esta diferencia, no un escritor que escribe literatura comprometido, sino un escritor comprometido que escribe sobre la vida.

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La falsa amnistía: retrato moral de la narcodictadura Por Miguel Henrique Otero


Todavía hoy, cuando estamos próximos a que se cumpla un mes de la aprobación de la falsa Ley de Amnistía, el goteo de las excarcelaciones continúa. Que aún estén en prisión un número incierto de ciudadanos inocentes -más de 500- no es una realidad inesperada: la ley fue diseñada para que su operatividad fuese caótica, arbitraria e ineficiente. Fue diseñada para que no funcionara o funcionara mal. Que los familiares de los supuestos beneficiarios de las medidas sean sometidos a extorsión por parte de los tribunales que están obligados a emitir órdenes de excarcelación, y que estas prácticas se realicen abierta e impunemente, es el resultado deseado de la red criminal que gobierna a Venezuela desde hace 27 años.

Que todavía no se disponga de una cifra precisa de cuántos venezolanos permanecen en las mazmorras del régimen -algunas de ellas clandestinas, totalmente desconocidas e ilegales- forma parte de las omisiones deliberadas de la ley. Que haya civiles sometidos a la jurisdicción militar, violando las leyes y el sentido común, carece para el alto mando del Cártel de los Soles y sus cómplices de relevancia alguna. Que, incluso, no se conozca el estado de salud de cada uno de los presos políticos, y todavía más, que no haya modo de saber si todos están vivos o hay uno o más de uno que ha sido asesinado -torturado o porque no se le prestó la atención médica que ordena la ley-, forma parte de la conducta previsible del narcopoder.

¿Por qué he decidido volver aquí al tema de la falsa amnistía? Por la alarma que me ha producido leer informaciones y hasta artículos de opinión en los que los hechos que he relacionado en los dos párrafos anteriores se presentan como fallos administrativos, ineficiencias del momento, como accidentes que interrumpen el desenvolvimiento fluido de las buenas intenciones que motivaron la aprobación de la ley. Este artículo se propone desmentir tal interpretación de lo que la falsa amnistía significa.

La falsa amnistía es el narcorrégimen: es su naturaleza, su encarnación plena. Que sus dieciséis artículos sean un compendio de trampas, ocultamientos, exclusiones, engañifas, recurso para garantizar la impunidad de la cadena completa de torturadores, esbirros y cómplices de delitos de violación de los derechos humanos no es accidental, ni el producto de la impericia de unos incompetentes. 

En la torcedura estructural de la Ley de Amnistía, en el mal que ella escenifica, están las seis premisas que son los factores constitutivos del narcorrégimen. Veamos.

El primero y más protuberante: el régimen quiere mantener vivo su deseo primordial de víctimas. Necesita renovar en cada oportunidad su capacidad para causar sufrimiento, doblegar el ánimo, la resistencia de la ciudadanía sometida. En eso consiste su razón de ser: en aplastar a cada venezolano y someterlo.

Pero el objetivo de humillar a personas y familias no está aislado de la estruendosa y sostenida carcajada -y esta es la segunda premisa-, que es la carcajada de la impunidad: la exhibición de la impunidad que, en este caso adquiere proporciones grotescas: en un proyecto de ley que forma parte del deseo desesperado de miles y miles de familias -las familias de los presos políticos, de los exiliados, de los perseguidos judicialmente, de los que viven en la clandestinidad-. Los redactores colaron un artículo para asegurarse de que no serán castigados por violar los derechos humanos. Tras la amnistía se oculta el propósito de impunidad.

También la Ley de Amnistía le ha servido al narcopoder para repetir una sus prácticas predilectas -y esta es la tercera premisa-, que es la de convertir hechos y decisiones deleznables -como todo lo que hay de tramposo en dicha ley-, en propaganda, promesas vacuas, discursos que, en realidad, son falaces y falsos.  

El cuarto factor en este desentrañamiento es que la Ley de Amnistía ratifica, reconoce y mantiene intacta la estructura del narcopoder: una cabeza -Maduro y su séquito más inmediato-, a la que reportan unidades mafiosas que se han repartido el país. ¿Y cómo la ratifica? Respetando el control que cada uno tiene sobre ciertos presos. Como ha sido denunciado y analizado en días recientes, cada preso político tiene un dueño. Son ciudadanos a los que han capturado y secuestrado por orden de alguno de los civiles o militares miembros del cártel, como venganza personal, para extorsionar a la familia, para quitarle su vivienda o su empresa, para complacer a algún amigo de la dictadura. Los procedimientos y zancadillas legales que contiene la ley existen para que los dueños de los presos lo sigan siendo, todo cuanto sea posible.

La quinta materia, ya sugerida líneas atrás, se refiere a la indefensión de familias, amigos y abogados ante la red de funcionarios chavistas. Carecen de protección, así que son secuestrados y llevados a tribunales si se atreven a denunciar las amenazas, las extorsiones, las agresiones de las que son objeto por parte de los narcofuncionarios de la dictadura. La Ley de Amnistía ratifica la intemperie, la indefensión de los ciudadanos ante el régimen: convierte al universo afectivo y profesional alrededor de los presos políticos en coto de caza para los extorsionadores.

Por último, la falsa amnistía cumple siniestras metas políticas, ajenas a las cuestiones esenciales como reconciliación, diálogo, tolerancia o justicia, que deben prevalecer en las iniciativas de su tipo. Lo que realmente se propone es ganar tiempo, simular una disposición de la que carece, se propone sembrar de ilusiones a los propios presos, alentar las discrepancias entre los demócratas, simular que el régimen ha comenzado a cambiar.

Estos seis son parte de los elementos que constituyen el marco moral de la dictadura que mantiene el poder en Venezuela.

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