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miércoles, marzo 11, 2026

INDULTO, PERDÓN Y AMNISTÍA Por Douglas Zabala

 


La historia política de Venezuela, desde su nacimiento como República independiente, está hilvanada con un hilo recurrente y a menudo controvertido: el de la Amnistía, el Indulto y el Perdón político. Este mecanismo ha sido una constante en los actos de gobierno, un gesto repetido una y otra vez en un intento por cerrar ciclos de violencia, fundar una nueva legitimidad o, en el mejor de los casos, refundar un mínimo de convivencia nacional.

 

El siglo XIX, tras la disolución de la Gran Colombia en 1830, la primera gran tarea del nuevo Estado, bajo la jefatura del General José Antonio Páez, fue la de la pacificación e integración. Los decretos de indulto de 1830 -1831 estuvieron dirigidos a los leales a Bolívar que resistieron la separación. Este no fue un gesto de simple generosidad, sino un acto fundacional necesario: sin él, la República recién nacida hubiera quedado fracturada desde su cuna.

 

A lo largo del turbulento siglo XIX, cada cambio de régimen o fin de guerra civil estuvo marcado por un decreto similar. En 1848, José Tadeo Monagas lo usó como herramienta fundamental para poder gobernar con cierta paz. Por ello decretó el indulto a Antonio Leocadio Guzmán el 2 de junio de 1847, y un indulto amplio y absoluto en 1855 a los jefes de la última insurgencia. Además, firmó un decreto de amnistía dictado por el Congreso en 1858. tras el asalto al Congreso.

 

Pero fue en 1863, al final de la devastadora Guerra Federal, donde se dio uno de los esfuerzos más ambiciosos: el Tratado de Coche y el posterior Decreto de Garantías por Juan Crisóstomo Falcón. Buscaba sanar las heridas de un conflicto político que venía de tener un desenlace violento.  Sin embargo, estos sucesivos indultos, perdones y amnistías, a diferencia de sus sucesoras del siglo XX, operaron en un Estado aún en formación, donde la legitimidad era fluida y la clemencia era con frecuencia una tregua entre caudillos más que una reconciliación nacional duradera.

 

Era el perdón vertical de un vencedor, no el pacto de una sociedad. Antonio Guzmán Blanco lo perfeccionaría como un instrumento de control político, ofreciendo perdón a cambio de sumisión durante su largo dominio. Así, el siglo XIX enseñó que la los indultos, perdones o amnistías podía ser tanto un puente hacia una paz inestable como un arma para consolidar su poder personalista.

 

El siglo XX, con un Estado más consolidado, pero no menos conflictivo, heredó y reinventó esta tradición, dándole un marco más institucional y vinculándola explícitamente a la idea de transición democrática. La Ley de Amnistía de 1936, decretada por el presidente Eleazar López Contreras tras la muerte de Juan Vicente Gómez, fue el punto de inflexión moderno. No era el gesto de un caudillo victorioso, sino el de un gobierno que intentaba, titubeantemente, abrir un espacio político después de una larga dictadura.

 

Liberó a presos políticos y abrió las puertas a exiliados, intentando oxigenar un sistema asfixiado. En 1945, la Junta Revolucionaria de Gobierno presidida por Rómulo Betancourt concedió amnistía, iniciando el breve pero intenso periodo de la "revolución de octubre".  Pero el momento paradigmático llegó en 1958. Tras la caída de la feroz dictadura de Marcos Pérez Jiménez, la amnistía decretada por la Junta de Gobierno de Wolfgang Larrazábal fue más que oxígeno; fue el cemento inicial de la naciente democracia. Permitió el retorno y la reintegración de actores clave, sentando las bases para el Pacto de Punto Fijo.

 

La democracia puntofijista continuó usando esta herramienta para tratar de cerrar sus propios conflictos. En 1969, el primer gobierno de Rafael Caldera promulgó indultos y perdones dirigidos a los grupos que todavía permanecían enguerrillados, un intento de pacificación y desmovilización en el contexto de la Guerra Fría. Una década después, en 1979, el presidente Luis Herrera Campíns la repitió, favoreciendo a los grupos armados de la izquierda radical que aún persistían.

 

Era la democracia intentando, mediante el perdón, cerrar el capítulo de la lucha guerrillera. Sin embargo, el acto de clemencia más trascendental, y que directamente enlaza con el presente, ocurrió en 1994. En su segundo mandato, el mismo Rafael Caldera decretó el indulto que reintegró a la vida civil y política al teniente coronel Hugo Chávez y a sus compañeros de la intentona golpista de 1992.

 

En este siglo XXI el mismísimo presidente Hugo Chávez emitió un decreto de amnistía a finales de 2007 que benefició a sectores de la oposición involucrados en el golpe de Estado de abril de 2002 y el paro petrolero de 2002-2003. Hoy, Venezuela se encuentra nuevamente en una encrucijada histórica donde el concepto de amnistía resurge con fuerza. El llamado a una Ley de Amnistía General, amplia, consensuada y verificable, es hoy el centro de cualquier discusión seria sobre una salida pacífica y democrática a la profunda crisis política.

 

La crónica de los siglos XIX, XX y XXI es clara: no puede haber transición política genuina, ni elecciones libres y creíbles, mientras un sector significativo de la dirigencia política se encuentre perseguido, tras las rejas o inhabilitado por razones claramente partidistas. La historia enseña que el indulto, el perdón o la amnistía no es un premio para los "enemigos", sino un requisito jurídico y de sobre manera político para la convivencia.

 

Fue el puente entre la guerra federal y la paz incierta del siglo XIX; fue el vaso comunicante entre la dictadura gomecista y la apertura de Eleazar López Contreras; entre el perezjimenismo y la democracia; entre la insurgencia armada y la paz civil; e incluso, en 1994, entre un golpe militar y la eventual participación electoral.

 

Por ello, una amnistía en el presente no sería una concesión graciosa, sino la continuación necesaria de ese hilo histórico. Sería el primer gesto tangible de voluntad de diálogo real, el puente indispensable entre la confrontación estéril y la disputa civilizada en las urnas que exige la Constitución. 

 

La historia venezolana, nos señala que, para que haya un futuro colmado de prosperidad y desarrollo, primero debe haber paz y ella pasa casi siempre por los azarosos caminos del Indulto, el Perdón y la Amnistía.

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