Tal y como lo adelantaron los principales pronosticadores de elecciones norteamericanas -como Nate Silver, Larry Sabato, Allan Lichtman, etc.- a diferencia de los encuestadores que no realizan vaticinios, el Partido Demócrata arrasó anoche. Se llevó más de 230 curules en la Cámara de Representantes -el control depende de 218- y 54 o 55 escaños en el Senado, otorgándole una cómoda mayoría. A reserva de hurgar en las encuestas de salida para descubrir los factores que resultaron decisivos en esta victoria, que algunos llaman ya histórica, podemos adelantar algunas reflexiones pertinentes para México.

En primer término, conviene apuntar que ninguno de los pronósticos relacionados con nuestro país se cumplió. El gobierno mexicano (contrariamente a lo que afirma mi amigo Ciro) propagó una primera especie, tanto aquí como en medios estadounidenses, de que Trump necesitaría un golpe, triunfo, éxito o lo que fuera para remontar la desventaja que padecían los Republicanos. El lógico lugar era México. Antes de las elecciones, y para satisfacer o movilizar a su base, extraería a Rocha Moya, a Andy o a AMLO, o emprendería un ataque con misiles a un laboratorio en Sinaloa o en la Sierra Tarahumara, o nos impondría alguna otra chingadera. Los medios y buena parte de la comentocracia, aquí y allá, se tragaron la ficción, que iba acompañada de confidencias sobre lo difícil que era para la valiente y patriótica presidenta resistir a estas terribles presiones. Algunos nos permitimos rechazar esta mentira, sosteniendo no que Trump era incapaz de lanzarse a semejante aventura, sino que ningún votante americano se vería movilizado o sensibilizado por los acontecimientos en Palenque o Badiraguato. México no sólo no fue piñata en la campaña; simplemente no pintó. Todo esto que pronosticaron los tontos útiles puede suceder en el futuro; antes de las elecciones de ayer, ya no aconteció.

La segunda mentira repartida por la 4T, por varios expertos, por la Secretaría de Economía, por los negociadores de Washington, y comprada a pie juntillas por varios medios, consistió en un vaticinio para celebrar: antes de los comicios habría un acuerdo comercial de Trump con México, y chance hasta con Canadá. Hubiera incluido una reducción de aranceles sobre automóviles, acero y aluminio, ahora sí la extensión ya no anual del TLC, y la solución de todos los diferendos no arancelarios entre los dos (o tres) países. La razón fue la misma, pero al revés. A Trump le urgía un éxito demostrable, concreto, trascendente, para mejorar su desempeño electoral, y nada mejor que un acuerdo con México. Más allá de la misma objeción -salvo en algunos sectores o estados, a ningún elector gringo le importa el acuerdo con México- cualquiera que no tuviera deseos o intereses para que se consumara el dichoso acuerdo se hubiera percatado que las fechas, la agenda en Washington con una presidencia unipersonal como pocas, y la complejidad intrínseca de los temas simplemente no permitían un arreglo a corto plazo. De nuevo, puede surgir pronto, aunque la Cámara de Representantes Demócrata no va a aceptar fácilmente perder la facultad de aprobar un nuevo acuerdo. Asimismo, lograr una aprobación entre hoy y el 31 de diciembre se antoja difícil. Por ahora, el acuerdo no surgió. Lástima, Margarito.

La tercera falacia pregonada por el gobierno se refiere al futuro. Según esta nueva mentira, gracias a su derrota en ambas cámaras, Trump se va a ver debilitado, contenido, limitado en el daño o las presiones que pueda ejercer sobre México. En materia migratoria, de seguridad, comercial, a propósito de China, o incluso de Cuba, ya no nos dará tanta guerra. Se verá involucrado en ajustes de cuentas internos, en sacar adelante el presupuesto, en proseguir su ofensiva anti migrantes DENTRO de Estados Unidos, y nos va a dejar en paz.

Solo el psicoanalista de Trump lo sabe a ciencia cierta, pero como ya he explicado en repetidas notas, ese no es el camino de la historia. En Estados Unidos, los presidentes lame duck (que no pueden reelegirse), carentes de mayoría en el poder legislativo, suelen dedicarse en cuerpo y alma a la política exterior. Lo hicieron Johnson al retirarse de la contienda en 1968, Nixon antes de renunciar en 1974, Carter con Irán, Reagan con Gorbachev, Clinton en Campo David con Arafat y Barack Obama con Cuba. Trump lo va a hacer también, y salvo en el presupuesto para seguir bombardeando a Irán o para venderle armas a Israel, el Congreso se lo va a permitir. Lo puede hacer de manera errática, confusa, agresiva y desbocada, o con cierta atención a su legado. Pero a eso se va a dedicar.

No sé si el gobierno se creyó sus propios engaños, o si únicamente los difundió para engañar a la sociedad mexicana. Ciertamente le sirve a Sheinbaum: habiendo cedido en todo a Trump, puede mantener la media verdad o completa ficción de haber rechazado la inminente invasión estadounidense. Con los ingenuos empresarios mexicanos, la esperanza de un acuerdo comercial inmediato siempre sirve: les reduce la renuencia a invertir, si se creen el mitote. Y los quedabienes pueden agarrarse de todas las amenazas reales o imaginarias para darles credibilidad, para proponer argucias que las esquiven, y para elogiar al gobierno por haberlas parado. Todos contentos, salvo la realidad que no se presta fácilmente a tanto engaño.

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