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martes, octubre 27, 2026

María Corina ya está en Venezuela: ¿ahora qué sigue?


Con su regreso no se va a incendiar el país, como decía el chavismo, pero tampoco la sola presencia de María Corina Machado en territorio venezolano, y moviéndose ibremente como ocurrió este domingo, cambiará mágicamente el estatus quo en Venezuela. La premio Nobel de la Paz deberá construir capacidad de presionar por el cambio, tanto al chavismo como a EE. UU.

María Corina ya está en Venezuela: ¿ahora qué sigue?
Foto |Daniel Hernández

El regreso de María Corina Machado a Venezuela reconfigura el escenario político del país en un momento de transición incipiente y ralentizada. Casi un año después de su salida al exterior y a casi diez meses de la caída de Nicolás Maduro, su reaparición pública —con una visita a una iglesia emblemática en Barquisimeto— plantea preguntas sobre la capacidad de la oposición para operar sin un calendario electoral inmediato y sobre los márgenes reales de acción frente a un gobierno que mantiene intacto su aparato represivo.

La elección de Barquisimeto no resulta casual. La capital del estado Lara concentra una de la bases de apoyo más organizadas de su entorno cercano: Henry Alviarez, considerado su principal operador en el territorio, es un referente en Barquisimeto. Ese vínculo facilitó un acto de recepción que con el paso de las horas se convirtió en el primer baño de masas, como pudo verse a lo largo de este domingo.

Teniendo la anuencia de Washington para volver, pero sin contar apoyo o con respaldo específico de la Casa Blanca para su ingreso a Venezuela, esta nueva dinámica generó malestar e incomodidad en el poder fáctico que opera en Venezuela con el respaldo de Estados Unidos. La decisión produjo una aceptación a regañadientes, más que una apertura genuina.

A qué país regresa Machado

El contexto, ese país adolorido, al que regresa María Corina Machado cambió de forma significativa mientras ella no estaba. Hoy la sociedad venezolana combina descontento generalizado hacia el gobierno interino de Delcy Rodríguez con expectativas (una más crédulas que otras) sobre una eventual recuperación petrolera. Una parte de la población mantiene la esperanza de que los acuerdos en el sector energético se traduzcan en mejoras tangibles en salarios y servicios. Esa expectativa convive, sin embargo, con el recuerdo activo de la represión de los últimos años. El aparato de control no ha sido desmantelado; permanece operativo y sirve como advertencia permanente.

Al mismo tiempo, persiste un cansancio acumulado tras un cuarto de siglo de confrontación política. Marchas y contramarchas, anuncios de movilización y respuestas oficiales se han vuelto un ciclo previsible que ha desgastado la capacidad de convocatoria de amplios sectores. Machado, como se vio este domingo, es una suerte de bálsamo para muchos venezolanos, pero tiene ella el enorme desafío de traducir esa conexión con el venezolano de a pie en una acción política que se convierta en un cambio efectivo en el país. Menudo desafío.

En ausencia de un escenario electoral cercano, el liderazgo opositor enfrenta una limitación estructural. En Venezuela, la mayoría de las figuras y organizaciones que adversan al chavismo se formaron o consolidaron pensando en procesos de votación. Cuando las elecciones no están a la vuelta de la esquina, la función del liderazgo cambia de naturaleza: pasa de la movilización puntual a la construcción de organización permanente.

El paralelo histórico más cercano es el de Rómulo Betancourt a inicios de los 1940, cuando sin elecciones libres se pudo fundar Acción Democrática. Curtido por los años de exilio y siendo un lector voraz, Betancourt entendió que debía construir una fuerza de abajo hacia arriba y optó por una estrategia de territorialización: establecer una casa del partido en cada pueblo del país. La prioridad fue crear estructura, no esperar el próximo acto electoral. Ese modelo de implantación nacional es hoy una referencia obligada para cualquier fuerza que aspire a trascender el ciclo de protestas atomizadas.

El horizonte que Machado y Vente Venezuela han fijado —elecciones en julio de 2027— refuerza la necesidad de ese trabajo de base. No se trata de una convocatoria inmediata, sino de un plazo intermedio que exige presencia sostenida, formación de cuadros y vínculos locales capaces de resistir tanto la represión selectiva como el desgaste cotidiano. Sin esa infraestructura, cualquier liderazgo corre el riesgo de quedar reducido a un referente simbólico con capacidad limitada de articulación real.

El país ya está incendiado

La tesis chavista de que Machado podría “incendiar el país” encuentra poco respaldo en la dinámica actual de descontento y represión minimizada. Según el Observatorio Venezolano de Conflictividad Social, se registran más de treinta protestas diarias en el territorio nacional. Esas expresiones son, en su mayoría, atomizadas, desconectadas entre sí y centradas en demandas económicas y sociales: salarios, servicios públicos, alimentación. No constituyen un frente político unificado ni una ola de confrontación directa con el poder.

El país ya registra múltiples focos de tensión de baja intensidad; la presencia de Machado puede amplificar algunos de ellos, pero no los inventa.

A estas dificultades internas se suma una señal externa de peso. Figuras a las que Machado ha cuestionado públicamente —en particular Alejandro Betancourt y la propia Delcy Rodríguez— recibieron en días recientes un espaldarazo visible del gobierno estadounidense. La aparición pública de Betancourt junto al embajador de Estados Unidos en instalaciones petroleras, y la presencia conjunta de ambos con Rodríguez, constituye un mensaje claro: el socio internacional que impulsó la salida de Maduro no sitúa a Machado como alternativa de poder en este momento.

Esa distancia obliga a recalibrar expectativas y a priorizar la construcción interna por encima de cualquier apuesta de reconocimiento externo inmediato.

La presencia física de Machado en el país también puede alterar la composición de su propio entorno de decisión. Parte de su círculo de asesores más cercano estuvo largo tiempo fuera de Venezuela: algunos permanecieron cautivos en la embajada argentina y luego salieron al exilio; otros llevan años residiendo en el exterior. Ese aislamiento relativo, impuesto por las circunstancias, les ha limitado el contacto directo con las condiciones cotidianas de la sociedad.

El regreso de Machado a Venezuela le obliga a incorporar lecturas más inmediatas, a contrastar diagnósticos formados en el exterior con la experiencia de quienes han permanecido y a reconstruir redes de información que no dependan exclusivamente de canales remotos.

El camino para María Corina, como se desprende de este contexto, es empinado. Lo que viene no es cantar y coser, como dice el refranero popular. Ella ya ha demostrado resistencia y perseverancia, una cierta tozudez que justamente han marcado a los líderes que hacen historia.

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