No podemos analizar nuestra realidad actual sin denunciar el desmantelamiento sistemático de la independencia de poder.
La crisis que atraviesa nuestra nación ha trascendido, desde hace tiempo, los límites de lo estrictamente económico o electoral para instalarse en la médula de nuestra estructura social: la pérdida del sentido de lo público y la erosión de la dignidad ciudadana. Desde la perspectiva de la sociología clásica, entendemos que una sociedad no es simplemente un agregado de individuos, sino un tejido de voluntades sostenido por instituciones que garantizan la equidad y la justicia. Cuando esas instituciones se desvanecen, queda el desamparo.
El quiebre de la institucionalidad
No podemos analizar nuestra realidad actual sin denunciar el desmantelamiento sistemático de la independencia de poderes. La justicia, que debería ser el fiel de la balanza, se ha transformado en un instrumento de control, dejando al ciudadano común a la intemperie, tal como se puede evidenciar con la Ley de Amnistía. La formación académica nos enseñó que la democracia no es un estado natural del hombre, sino una construcción diaria y frágil que requiere de una vigilancia ética constante.
La ética como motor de cambio
La resiliencia no debe confundirse con la resignación. Recuperar la democracia implica, necesariamente, una reconstrucción moral. Debemos transitar desde la "indefensión aprendida" hacia una cultura de la responsabilidad civil. No se trata solo de cambiar nombres en el poder, sino de restaurar el valor de la palabra, el respeto a la ley y la protección de las libertades fundamentales que son inherentes a todo ser humano.
Un compromiso con el porvenir
Nuestra lucha no es solo un ejercicio de nostalgia por el pasado, sino un deber imperativo con las generaciones que vienen. Nuestros hijos merecen heredar una república donde el mérito supere al clientelismo y donde la disidencia no sea sinónimo de persecución, sino de pluralidad necesaria.
La unidad de las fuerzas democráticas debe ir más allá de una alianza electoral; debe ser un pacto social profundo que devuelva al venezolano su derecho a vivir con dignidad, bajo el amparo de una ley que a todos nos mida por igual. La historia nos enseña que las sociedades que logran levantarse son aquellas que deciden, con coraje y lucidez, que la libertad es un bien innegociable Manuel Barreto Hernaiz

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