Jimmy Morales arriba a las oficinas de la Suprema Corte Electoral de Guatemala el 25 de octubre de 2015, día en que ganó las elecciones presidenciales del país. Credit Oliver De Ros /Associated Press
Al escenario del Teatro Nacional de Guatemala suelen subir músicos y actores, pero el 14 de enero de 2016 había casi doscientos políticos de pie, con el cuerpo hacia el público y la mano derecha sobre el corazón.
El único actor profesional sobre el escenario era también el nuevo presidente de Guatemala. Jimmy Morales subía y bajaba la voz. Modulaba. Levantaba los brazos. Hablaba de honor, sacrificio y esperanza como el narrador de un filme dramático: “Por nuestra patria, que vuelve a nacer, me comprometo a dar lo mejor de mí”.
Aplausos.
Minutos después cerró el telón. Morales, su esposa, el vicepresidente y los 158 diputados del congreso desaparecieron tras las cortinas rojas. Lo que inició como una ceremonia oficial parecía un acto de magia: al teatro entró un cómico y salió un presidente.
Señor presidente
“Durante 22 años les he hecho reír. Si gano las elecciones, prometo que no les voy a hacer llorar”, dijo Jimmy Morales durante su campaña. El comediante y productor de televisión que Guatemala eligió como presidente está punto de cumplir su primer año en el poder pero no parece que su actuación como mandatario haya hecho mucha gracia a los ciudadanos.
En septiembre del año pasado, Morales asistió a la presentación que su ministro de Finanzas realizó del presupuesto 2017 y se quedó dormido a media sesión. El mismo mes, su hijo y su hermano fueron señalados por su presunta participación en un caso de corrupción. Según el Informe Nacional de Desarrollo Humano 2015/2016 de Guatemala, la mayor parte de los hogares no cuenta con seguro médico o seguridad social. Más del 70 por ciento de la población, dice el informe, carece de ingresos para cubrir la canasta básica familiar.
“La ausencia de un plan de gobierno, de un equipo de trabajo confiable y su inexperiencia política siguen siendo las principales características del gobierno de Morales”, dijo esta semana Mario Itzep, dirigente del Observatorio Indígena de Guatemala, una nación que tiene más de 40 por ciento de población indígena.
En el país que cumple 20 años de haber firmado la paz y uno de haber elegido a un candidato antisistema para asumir la presidencia aún queda mucho por hacer. La gente ya no muere o desaparece a media calle por expresar ideas contra el gobierno en medio de una guerra civil, pero la violencia en Guatemala cobra un promedio de 28,3 homicidios por cada 100.000 habitantes.
‘Ni corrupto ni ladrón’
Mientras duró su campaña, Jimmy Morales repitió ese eslogan una y otra vez. En la memoria de la Guatemala que lo escuchaba había décadas de gobiernos militares que para reprimir la insurgencia crearon un país inseguro y violento. Solo durante la Guerra Civil (1960-1996) desaparecieron 45.000 y murieron 200.000 ciudadanos.
Antes de Morales también hubo un militar: en septiembre de 2015, a tres años de haber asumido el poder, el general retirado Otto Pérez Molina renunció a la presidencia para enfrentar acusaciones por delitos de cohecho, asociación ilícita y defraudación aduanera.
Los guatemaltecos estaban hastiados y enojados; salían a las calles a protestar. “¡Todos los políticos son corruptos!”, se leía en pancartas de manifestantes en la capital del país.
Guatemala gritaba y Jimmy Morales escuchó.
El comediante aseguraba en sus mítines que podían señalarlo por su inexperiencia política, pero nunca por robar. Su actuación frente al público surtió efecto y en menos de un año la gente le creyó: el Frente de Convergencia Nacional (FCN) anunció su candidatura en mayo, ganó las elecciones en octubre y en enero aceptó la banda presidencial.
Leer mas: http://www.nytimes.com/es/2017/01/13/jimmy-morales-el-comico-que-se-convirtio-en-presidente-de-guatemala-y-se-quedo-sin-guion/

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