Republica del Zulia

Julio Portillo: Necesitamos entonces promover el regionalismo como protesta al excesivo centralismo en todos los órdenes. Tenemos que despertar la conciencia política de la provincia.

lunes, agosto 01, 2016

Nicolás Maduro y su examen futuro - ALONSO MOLEIRO


¿Se va a tomar en serio la historia, los historiadores venezolanos del futuro, el argumento de la guerra económica como herramienta de análisis de la crisis más grave que han vivido los venezolanos en los últimos de 100 años? ¿De verdad la escasez de vacunas, de aceite de motores y de papel higiénico en Venezuela es una responsabilidad atribuible Lorenzo Mendoza? ¿Entraremos a considerar en unos años, hablando en serio, de la existencia de una guerra no convencional contra un gobierno pacífico y exitoso?

El sesgo implacable, el nítido trazo, que, en la mayoría de las ocasiones, le ofrece la perspectiva histórica a las personas, guarda una relación directa con la posibilidad de serenar las pasiones e interpretar con independencia de criterios los resultados objetivos en el trajinar público o la obra de un gobierno. La historia se atiene a los resultados porque se supone que los liderazgos y los movimientos políticos se constituyen con el objetivo final remontar las exigencias de la realidad. Aquel que no pueda hacerlo no puede terminar culpando a sus adversarios de su fracaso.

Deben pasar 25 años luego del deceso de un personaje público para que las autoridades nacionales debatan en torno a la eventualidad de que ingrese o no al Panteón Nacional. Esta cláusula, que ha sido respetada incluso por los chavistas, ha terminado por ser internalizada entre los ciudadanos: descansa en la certeza de que serán los venezolanos del futuro los que decidirán cuando de notable o de prescindible; cuan constituido o no está un legado concreto dentro del adn nacional; cuánto fue lo aportado a la venezolanidad como patrimonio colectivo por determinado liderazgo, personalidad o corriente. Cuánto hubo de emoción pasajera y de logros incontestables dentro del arco de conductores del estado del país.

El liberalismo amarillo, por ejemplo, fue un poderoso movimiento político en el siglo XIX venezolano. En sus años fundacionales tuvo un innegable sesgo democratizador y progresista. Sus dirigentes pensaron que las luces liberales tendrían un pacto con la eternidad, que se extendería hacia el futuro, y, y no se cansaron de levantarle monumentos personales a Guzmán Blanco y obras alusivas a la Federación como proyecto nacional.

Hace mucho, sin embargo, que el liberalismo es letra muerta en Venezuela. La gesta federal ha terminado resultándonos, no sólo una confrontación inútil y trágica, sino un proceso chungo y sin resultados, con pocas luces en lo político, que no se tradujo en realidades concretas ni en mejoras sociales, y que terminaron segregando gobernantes tan crasos, inoperantes e insuficientes como Juan Crisóstomo Falcón. Todo el mundo sabe que el federalismo de Zamora no fue jamás el de Guzmán Blanco, y que poco hay para rescatar de un evento como el Pacto de Coche.

Ni los ardides diplomáticos, ni las marramucias institucionales, ni las movilizaciones, ni las jornadas de solidaridad, ni la censura a las denuncias, ni las honras y exequias perpetuas a Hugo Chávez, salvarán a Nicolás Maduro de una sentencia histórica extremadamente severa cuando toque evaluar su período constitucional.

Maduro puede terminar siendo retratado, sin que cavemos demasiado hondo, como el Presidente más incapaz y desastroso de todos los que hayan tenido que gobernar Venezuela. Puede que ocupe ese discutible olimpo junto a Julián Castro; la dinastía de los Monagas e Ignacio Andrade. Junto al propio Falcón.

Maduro será interpretado, en primer lugar, en el terreno en el cual se definen, en realidad, los perfiles exactos, los atributos y las autoindulgencias, en el gobierno, en la escuela, los deportes, y en casi todos los eventos de la vida: el de los números. Esos números que sus secuaces hoy esconden paladinamente, porque, en realidad, son los números de la crisis. Tres años de contracción económica, con caídas de -5 y -6 puntos del PIB; dígitos inflacionarios superiores al 100 por ciento; niveles de desabastecimiento en 70 por ciento; un hueco fiscal jamás visto en Venezuela y un aparato productivo convertido en chatarra. No se trata exclusivamente de unas cifras malas: son las peores cifras de la economía venezolana en toda su historia.

Nadie va a salir a preguntar quiénes eran los dirigentes empresariales del año 2014 cuando toque cotejar el naufragio de la economía venezolana. La lupa estará centrada en la conducta de Maduro y su entorno: un equipo dirigente asombrosamente incapaz y dogmático; sin método administrativo ni atributos personales para encarar esta complejidad, que, además, se ha corrompido terriblemente luego de tanto tiempo en el poder.

Los años de Maduro serán recordados como los tristes años de la decadencia. La era del toque de queda; de las ciudades solitarias; los años de la violencia, el descaro, los secuestros, el soborno, el saqueo y el pillaje. Los años del fin de la felicidad. Nadie levantará banderas defendiendo las Bases de Misiones. El gobierno de Nicolás Maduro se quedó sin logros en sus alforjas. Se vacío de contenido. Está sentenciado. Terminó convirtiéndose en el delta en el cual vino a retratarse el desenlace político del chavismo.

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