De entrada volvemos a repetir nuestra tesis de que el diálogo nacional es la única salida, dada la gravedad de la situación del país, tanto porque el Gobierno ha roto la cadena productiva y no hay recursos mínimos que garanticen la vida de los ciudadanos, como, más aún, y ya es decir, por el daño antropológico causado por la desinstitucionalización y la impunidad, que ha propiciado que muchos compatriotas se hayan corrompido de diversos modos. Si lo primero sume en la angustia y la impotencia, lo segundo genera mucha indignación. Y la amalgama de ambos sentimientos puede ser explosiva. El país está tan enfermo que hay que dedicarse a él, posponiendo cualquier otra consideración por legítima que sea. Si el país está tan mal tenemos que sumar fuerzas, las de todos los ciudadanos, para volver a enrumbarlo. Hacemos falta todos.
El diálogo no es un combate para prevalecer
Si esta es la razón de ser del diálogo y su objetivo, hay que descartar utilizar el diálogo para otros fines, cerrando así la única salida pacífica y superadora. Por eso hay que evitar concienzudamente que se degrade a otro modo de hacer la guerra. El diálogo no es un pulso para ver cómo se reparte el poder entre los contendientes y quién prevalece sobre quién. Esto es absolutamente insensato.
Es insensato que el Gobierno lo use como un modo de ganar tiempo y evitar el referendo. Es insensato porque la situación es invivible. De nada sirve el no querer reconocerlo ni el insistir en nuevas ediciones de los mismos mecanismos de control estatista, fracasados una y otra vez. Si el problema del mercado es su cartelización, o peor, su control monopólico y lo que tiene que hacer el Gobierno es velar porque sea libre, el control de las divisas, de la distribución, y crecientemente de la producción por parte del Estado, solo produce más ineficiencia y más corrupción. Por eso estamos tan mal. En esta situación “ganar tiempo” es perder un tiempo precioso, es hundirnos más en la miseria y la corrupción.
Es igualmente insensato que la oposición use el diálogo para imponer su agenda, que puede ser legítima, pero que tiene que ser pospuesta en la medida en que no se identifique con resolver la situación antedicha del país. La oposición tiene que tener claro que si hay revocatorio y lo gana y gana también las elecciones subsiguientes, va a tener que emplear gran parte de sus energías en defenderse de la oposición, que entonces será el PSUV. Igual que le pasa al Gobierno ahora.
Ambos tienen que comprender que el diálogo no es para prevalecer como fuerza política, sino para sumarse unos y otros, para sumarnos todos con el fin de sacar adelante al país, que está hundiéndose. La sociedad civil organizada y todos los ciudadanos tenemos que presionar a los partidos para que pospongan sus intereses, incluso los más legítimos, y que se aboquen al país. Nadie puede eludir su propia responsabilidad.
Por eso ahora lo más urgente no es ver quién tiene la culpa de que estemos en las últimas, sino que –posponiendo eso para luego– tenemos que concentrar todas las energías en inventariar nuestros males, ver cómo se interrelacionan y buscar soluciones estructurales. No operativos ni parches.
Hay que comenzar por los síntomas y de ahí pasar a las estructuras que las producen y que impiden la mejoría.
Leer mas: http://revistasic.gumilla.org/2016/editorial-sic-787-nuestra-propuesta-sobre-el-dialogo-nacional/

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