La campaña y el desempeño de Henrique Capriles vienen mejorando.
Focaliza su esfuerzo en las visitas casa por casa, iniciativa que lo conecta directamente con la gente y resalta sus capacidades competitivas. Ha comenzado a combinar el énfasis social de sus declaraciones con su rol de retador del poder. Afianza su carisma democrático.
Proyecta confianza en lo que hace y credibilidad en lo que dice. Luce auténtico.
Aún se mantiene la discrepancia entre quienes le piden que suba el volumen de la confrontación y quienes piensan que debe perfeccionar el recurso a la diferenciación positiva: una forma de rivalizar desde reclamos, exigencias o aspiraciones de la población, incluyendo el modo de ver de los seguidores del oficialismo. Hay argumentos para ambas posiciones, pero probarse los anteojos de los otros siempre ayuda a ampliar espacios de encuentro, aproximación interesante si se trata de abrir una relación con la base de apoyo al régimen.
Decimos recurso, aunque se trata de un fin. El de encarnar la opción de la paz, de la reunificación y de la convivencia, el negarse a ser iguales a lo que se combate, pero en el otro lado.
Esa integración unitaria de los ciudadanos es requisito indispensable para lograr bienestar para todos y avances sociales que se muevan desde abajo.
La motivación unitaria es una buena razón para adelantar una acción despolarizadora, con la perseverancia que ha mostrado Henrique para no dejarse aprisionar en etiquetas ideológicas, ni reforzar las clasificaciones binarias, clasistas y de otros órdenes. No separa maniqueamente a los venezolanos porque su norte es unirlos en la pluralidad.
Henrique está ofreciendo y abriendo un camino. Una ruta inversa a la que se ha impuesto al país, con las fatales consecuencias que abruman los ojos que saben ver lo esencial. Expresa la disyuntiva entre atraso y progreso, entre una gestión y un plan cargados de pasado y la alternativa que aún le queda a Venezuela para pegar el salto al siglo XXI.
Esa disyuntiva no es de naturaleza exclusivamente política o partidista, más bien es de modelo civilizatorio, de valores y visiones sobre el desarrollo humano.
Una peculiaridad que favorece el vínculo con la mayoría social que está resistiendo el retroceso hacia un poder autocrático anegado de populismo ineficiente y de una pavorosa degradación de su élite. Un rasgo que enlaza la superación de lo que tenemos con la conquista de un modo humanista de hacer política y una fuerte innovación de la democracia que abandone el conservador desprecio por las mayorías, numérica y socialmente consideradas.
Desplegar exitosamente la campaña, ganar el voto tanto de la sociedad inconforme como de la que ha optado por la fuga cívica, ponerle teflón a los ataques adversarios que se harán más agresivos mientras mayor sea el temor de su cúpula a perder, agujerear el muro con que pretenden aislar y mantener bajo control a los que más necesitan de la solidaridad de todos son desafíos aún abiertos.
Uno muy importante es asegurar, desde ahora, desenlaces progresistas a los pasos de la futura gobernabilidad. Asunto que resolverá el nuevo equilibrio de fuerzas que emerja con la campaña.
Henrique Capriles está asumiendo con firmeza y coraje todos estos retos, que nos interrogan también a nosotros: ¿Le echamos un autobús de progreso o no? simongar48@gmail.com @garciasim
Tal Cual digital
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