El muelle citadino, era un lugar típico, frecuentado por gente de diversas clases sociales, hombres rudos, cargadores incansables de mágicos racimos de plátanos, elegantes caballeros con su clásica pajilla para protegerse del astro inclemente, damas con sombreros impresionantes, estoicos indígenas, turistas antillanos, todo un conglomerado humano que en la actualidad junto con los buchones ya no están para esperar a los viajeros procedentes de tierras lejanas. Ni las personas ni los pájaros cuentan con las condiciones naturales y
sociales para permanecer en este sitio único e irrepetible.

Datos científicos revelan que los buchones no están extinguidos, han
marchado en busca de expectativas. Decidieron partir de este
asentamiento, explosivo, desordenado, contaminado atmosféricamente y
ajeno a su ecosistema. Están cómodos en las islas cercanas de San
Carlos, Toas y Maracas, esperando la posibilidad de un nuevo malecón
con gente bulliciosa y un mercado que venda la esperanza de contar con
peces, buchones y un Lago de cristal.
La Verdad.com

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