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sábado, marzo 27, 2021

Dinero en efectivo «desaparece» en Venezuela a pesar de la hiperinflación

La más reciente lucha de Venezuela contra la hiperinflación se desarrolla mientras Estados Unidos se enfrenta a sus propios desafíos inflacionarios, según reporte de Reuters
dinero en efectivo, Venezuela
El problema es que las máquinas de imprimir billetes en Venezuela ya no pueden seguir el ritmo de la hiperinflación que se precipita todos los días. (EFE)

A las afueras de los bancos estatales en Venezuela, largas colas de personas serpentean las calles, todos los días, mientras esperan para hacer retiros en efectivo.

“Estamos haciendo fila solo para poder pagar la tarifa de transporte”, declara a la prensa Karina, una enfermera que espera para poder hacer un retiro de 400.000 bolívares, el máximo permitido.

Cuatrocientos mil bolívares puede parecer mucho dinero, pero no lo es. Esta cantidad es apenas el equivalente a USD $0,20.

“Con eso no puedes comprar ni un caramelo”, Karina afirma con desdén.

Sin embargo, los venezolanos no tienen más alternativa que esperar en fila para retirar su dinero, aún cuando sea una suma de dinero que no sirva ni para comprar un caramelo. Tal como reportó Reuters, las unidades de transporte público en Venezuela no pueden procesar pagos digitales, lo que significa que una cantidad exorbitante de dinero físico (casi tres cuartas partes de todos los bolívares en circulación en Venezuela) es transaccionada todos los días solo para que la gente pueda pagar las tarifas de transporte y llegar a sus trabajos.

“Pagar el transporte es complicado porque no hay efectivo”, declaró a Reuters Marina Ospinos, pasajera del bus, estilista a medio tiempo y madre de dos niños.

La escasez de efectivo en Venezuela es, en cierto modo, difícil de desentrañar. Después de todo, a principios de marzo el Banco Central de Venezuela anunció que iba a introducir un nuevo billete de un millón de bolívares para facilitar las transacciones.

“Estos nuevos billetes complementarán y optimizarán las actuales denominaciones circulantes para adaptarse a las necesidades de la economía nacional”, declaró el Banco Central en un comunicado.

El problema es que las máquinas de imprimir billetes en Venezuela ya no pueden seguir el ritmo de la hiperinflación que se precipita todos los días. La inflación en enero fue de 3000 % de acuerdo a cifras del Banco Central, tras años de una hiperinflación que llegó a un porciento de 10 millones en 2018.

Como resultado, la moneda venezolana es casi inservible, incluso tras el reciente anuncio de aquellos billetes de un millón de bolívares, que apenas equivalen a cincuenta centavos de dólar.

Pero la hiperinflación no es el único problema monetario de Venezuela. El dinero en físico está literalmente desapareciendo en el país. Reuters reporta que la cantidad de dinero en efectivo actualmente en circulación es de apenas el 2 % del total de dinero existente, una baja significativa, siendo que hace solo unos años era del 7 %.

“Sí, está desapareciendo”, dijo el Presidente Nicolás Maduro en una entrevista a inicios de este año, cuando se le preguntó si el dinero en efectivo estaba escaseando. “Para Venezuela eso es una gran ventaja”. (Maduro no ofreció detalles de cómo esta situación es ventajosa para los venezolanos).

“En 2020, Venezuela adquirió dos envíos de papel para la impresión de dinero de una empresa brasileña, de acuerdo con Import Genius, una empresa que recoge los registros aduaneros para el sector de la importación-exportación”, informó Reuters. “Un esfuerzo por imprimir billetes en Turquía no tuvo éxito, declararon dos personas familiarizadas con el tema”.

Desde la Alemania de la era de Weimar hasta Zimbabue en los años 2000 bajo el régimen de Robert Mugabe y otros casos más, la historia moderna está repleta de ejemplos de hiperinflación que asolaron a economías alguna vez prósperas.

En la mayoría de los casos, las causas inmediatas de la hiperinflación no son difíciles de identificar: una y otra vez las naciones inyectan grandes sumas de dinero a sus economías, como sucedió en el caso de Venezuela, donde su sistema socialista provocó un inmenso gasto público que no puede sostenerse tras el colapso global de los precios del petróleo y el desgaste de la industria privada en el país.

El gasto gubernamental se triplicó en Venezuela entre 2000 y 2013, un periodo que fue seguido por un colapso del crecimiento económico que provocó una caída de cerca del 70 % del PIB entre 2013 y 2017. De acuerdo con The Economist, Maduro eligió la “solución” a la crisis económica más simple: la “creación desenfrenada de dinero para financiar el déficit presupuestario”.

La tragedia económica de Venezuela se desarrolla mientras los Estados Unidos enfrenta su propio drama inflacionario.

Una encuesta recientemente publicada por Bank of America revela que la principal preocupación de los inversionistas ya no es la pandemia, sino el riesgo de inflación para la economía.

«Tanto la inflación (37 % de los encuestados) como el riesgo de un revés en el ajuste de mercado [un pánico provocado por una reducción de la cantidad de dinero que se inyecta en la economía] (35 %) superan a la pandemia como principal riesgo para los inversionistas», informa Axios.

Los inversionistas no se equivocan al preocuparse. En las últimas semanas, los economistas han expresado su preocupación por el aumento de la inflación, que subió un 0,4 % en febrero, como consecuencia de la subida de los precios de la energía.

«Creo que corremos un enorme riesgo», observó recientemente el economista y expresidente de Harvard, Lawrence Summers. «Creo que hay una posibilidad real de que dentro de un año nos encontremos con el problema de inflación más grave y sin precedentes al que nos hemos enfrentado en los últimos 40 años».

La preocupación por la inflación no debería sorprendernos.

Tal como en Venezuela, las máquinas de imprimir en Estados Unidos han estado trabajando horas extra últimamente. El balance de la Reserva Federal se disparó a más de 7 trillones de dólares en 2020, un aumento de alrededor del 600 % desde la crisis financiera de 2008.

Este bombeo de dinero sin precedentes pretendía estimular la economía, tanto bajando artificialmente las tasas de interés como financiando un enorme derroche de gasto público a raíz de la pandemia del coronavirus. Además del presupuesto federal de casi 5 trillones de dólares, los legisladores aprobaron en el último año paquetes de estímulo federal que están a punto de alcanzar los 6 trillones de dólares en gastos, aproximadamente $42.000 dólares por contribuyente.

El Washington Post recientemente celebró la más reciente inyección de efectivo, un paquete de “ayuda por COVID” de $1,9 trillones que contiene innumerables partidas de gasto en asuntos que no están relacionados con la pandemia.

“Los estímulos económicos de Biden hacen llover dinero en efectivo sobre los estadounidenses, haciendo de la drástica reducción de la pobreza una característica de la presidencia”, publicó el Washington Post.

Sin embargo, esta lluvia de dinero en efectivo no es gratis. La realidad económica básica es que imprimir efectivo tiene un costo; el resultado es que el dinero tenga cada vez menos valor que antes.

Muchas personas dirán que lo que está pasando en Venezuela “no puede suceder aquí”. Esa es una filosofía muy poco sabia.

Lo cierto es que esto sí puede ocurrir en Estados Unidos, especialmente si los legisladores se dejan seducir por la moda del nuevo pensamiento económico de la Teoría Monetaria Moderna, que rechaza la idea de que los presupuestos deban estar equilibrados dado que los gobiernos tienen la capacidad de simplemente imprimir su propia moneda de manera infinita.

«Un carpintero no puede quedarse sin centímetros, un estadio no puede quedarse sin puntos, una aerolínea no puede quedarse sin millas de viajero frecuente y Estados Unidos no puede quedarse sin dólares», declaró en 2019 la economista Stephanie Kelton, exasesora de Bernie Sanders y defensora de la Teoría Monetaria Moderna.

La obvia repercusión, señaló el economista David Youngberg, es que un estadio puede quedarse sin asientos, las aerolíneas pueden quedarse sin combustible, los carpinteros pueden quedarse sin madera. Y, como aprendemos de Venezuela, es posible incluso quedarse sin dinero en efectivo, una vez que este se ha vuelto prácticamente inútil.

La realidad económica más básica es que la Reserva Federal no puede sostener la expansión monetaria sin arriesgarse a tener una inflación extraordinaria.


Jonathan Miltimore es el editor jefe de FEE.org. Sus escritos e informes han sido objeto de artículos en la revista TIME, The Wall Street Journal, CNN, Forbes, Fox News y el StarTribune.  

FEE - https://panampost.com/

lunes, febrero 22, 2021

Análisis | ¿Por qué la pandemia de COVID-19 podría conducir a una mayor inflación?. Axel A. Weber


Los pronósticos actuales de muchos bancos, bancos centrales y otras instituciones sugieren que la inflación no será un problema en el futuro inmediato. El Fondo Monetario Internacional, por ejemplo, prevé que, hasta alcanzar el horizonte temporal de sus pronósticos en 2025, la inflación en el mundo seguirá contenida; ¿es posible, de todas formas, que quienes hacen caso de estos pronósticos se encuentren con una desagradable sorpresa?

Los modelos económicos son, desde hace mucho, notablemente imprecisos para predecir la inflación y la COVID-19 complicó aún más el desafío. Quienes hacen los pronósticos económicos calibran sus modelos con datos de los últimos 50 años para explicar y predecir las tendencias económicas, pero las condiciones económicas actuales no tienen antecedentes en ese período. Los pronósticos de baja inflación actuales no garantizan entonces que la inflación en realidad vaya a seguir siendo baja.

Incluso sin presiones inflacionarias adicionales, las tasas de inflación publicadas subirán significativamente en los primeros cinco meses de 2021. Para mayo, los expertos del UBS prevén que la inflación crecerá por encima del 3% en Estados Unidos y se acercará al 2% en la zona del euro, principalmente porque la base fue baja durante el primer semestre de 2020, cuando comenzaron los confinamientos por la pandemia. La tasa más elevada, entonces, no señala una creciente presión inflacionaria, aunque un aumento por encima de esos niveles constituiría una señal de alerta.

En el caso venezolano, la firma Aristimuño Herrera & Asociados proyecta que la inflación para el 2021 cerrará en torno a 2.330%, inferior a la alcanzada el año pasado de 2.647%.

Muchos sostienen que la crisis de la COVID-19 es deflacionaria, porque las medidas de mitigación de la pandemia tuvieron un impacto mayor sobre la demanda agregada que sobre la oferta agregada. Esto fue así en gran medida durante los primeros meses de la crisis: en abril de 2020, por ejemplo, los precios del petróleo se acercaron a cero o cayeron incluso a valores negativos.

Pero si miramos con detenimiento la oferta y la demanda surge una imagen con más matices. En especial, la pandemia desplazó la demanda desde los servicios hacia los productos, algunos de los cuales son ahora más caros por cuellos de botella en la producción y el transporte.

En los cálculos actuales de los precios para los consumidores, la suba de precios de los bienes se compensa parcialmente con la caída de precios de los servicios (por ejemplo, de los pasajes aéreos); pero, en realidad, las restricciones por la pandemia implican que el consumo de muchos servicios cayó bruscamente (por ejemplo, mucha menos gente viaja en avión). Las canastas de consumo reales de mucha gente se volvieron entonces más caras que la canasta que usan las autoridades estadísticas para calcular la inflación. Por lo tanto, las verdaderas tasas de inflación suelen ser mayores que los datos oficiales, como lo confirman ciertos informes.

Cuando los gobiernos levanten las restricciones a la movilidad, la inflación en los servicios también puede aumentar si la menor capacidad —por el cierre permanente de restaurantes y hoteles, por ejemplo, o los despidos en las aerolíneas— resulta insuficiente para cubrir la demanda.

La expansión fiscal y monetaria sin precedentes en respuesta a la COVID-19 puede plantear un riesgo inflacionario aún mayor. Según las estimaciones de UBS, los déficits gubernamentales agregados representaron el 11% del PBI global en 2020, más del triple del promedio de los últimos diez años. Los balances de los bancos centrales aumentaron aún más el año pasado, el 13% del PBI global.

Entonces, los gobiernos financiaron indirectamente sus déficits en 2020 con emisión, pero esto solo funcionará si hay suficientes ahorristas e inversores dispuestos a conservar dinero y bonos gubernamentales con tasas de interés nulas o negativas. Si las dudas sobre la solidez de esas inversiones llevaran a los ahorristas e inversores a pasarse a otros activos, las monedas de los países afectados se debilitarían y eso elevaría los precios para los consumidores.

Los episodios anteriores de excesiva deuda gubernamental casi siempre terminaron con alta inflación. La inflación causada por la pérdida de confianza puede surgir rápidamente y, en algunos casos en épocas de subempleo, sin una espiral de salarios-precios previa.

Aunque la política monetaria expansiva después de la crisis financiera de 2008 no produjo un aumento de la inflación, nada garantiza que los precios no vayan a crecer esta vez. Después de 2008, la nueva liquidez fluyó principalmente hacia los mercados financieros, Pero la expansión actual de los balances de los bancos centrales está disparando grandes flujos monetarios hacia la economía real, a través de déficits fiscales récord y el rápido crecimiento del crédito en muchos países. Por otra parte, la respuesta a través de políticas monetarias a la pandemia fue mucho más rápida e importante que en la crisis anterior.

Los cambios demográficos, el aumento del proteccionismo y la suba de facto de la meta inflacionaria de la Reserva Federal estadounidense un 2% el año pasado son algunos de los factores que podrían llevar a una mayor inflación en el largo plazo. Aunque es improbable que esos factores estructurales disparen un aumento en el crecimiento de los precios en el corto plazo, podrían facilitarlo.

Una brusca suba de la inflación tendría consecuencias devastadoras. Para contenerla, los bancos centrales tendrían que elevar las tasas de interés, lo que crearía problemas financieros para los gobiernos, las empresas y los hogares altamente endeudados. Históricamente, los bancos centrales, en la mayoría de los casos, fueron incapaces de resistir la presión gubernamental para mantener un financiamiento sostenido del presupuesto. A menudo esto derivó en tasas de inflación muy elevadas, acompañadas por grandes pérdidas en el valor real de la mayoría de las clases de activos, y agitación política y social.

En los últimos meses, los precios de los productos básicos, los costos del transporte internacional, las existencias y el bitcoin aumentaron bruscamente, y el dólar estadounidense se depreció en forma significativa. Esto podría presagiar un aumento de los precios para los consumidores en la zona del dólar. Como las tasas de inflación de los distintos países están altamente correlacionadas, una mayor inflación en la zona del dólar aceleraría el crecimiento de los precios en todo el mundo.

Demasiada gente subestima el riesgo de una suba de la inflación y los pronósticos basados en modelos optimistas no alivian para nada mis temores. Los responsables de las políticas monetarias y fiscales, al igual que los ahorristas e inversores, no debieran correr el riesgo de quedar expuestos. En 2014, el expresidente de la Fed, Alan Greenspan, predijo que la inflación eventualmente tendrá que subir y afirmó que el balance de la Fed es «un montón de yesca». La pandemia bien podría ser la centella que la encienda.

* El autor es expresidente del Deutsche Bundesbank y ex miembro del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo. Es presidente del Consejo de Administración de UBS Group AG.