Brasileños de izquierdas y de derechas se han movilizado de manera masiva en las últimas tres semanas en mítines y en redes sociales en busca de esos votos que van a decidir las elecciones presidenciales más reñidas de sus vidas, sean adolescentes o ancianos. Casi 160 millones de electores están convocados este domingo a decidir entre dos modelos radicalmente opuestos.
Elegir al senador Flávio Bolsonaro, de 45 años, heredero de un golpista y de una dinastía ultra que fagocitó a la derecha clásica, implica convertirlo en el presidente más poderoso de las últimas décadas porque dirigiría el Gobierno federal, controla el Congreso con una mayoría récord y moldeará el Tribunal Supremo. Hacer realidad la remontada de la izquierda y conceder un cuarto mandato al presidente, el izquierdista Luiz Inácio Lula da Silva, de 80 años, significa mantener el rumbo político y económico, apostar en estos tiempos tan convulsos por un mundo con reglas y por un líder de credenciales democráticas contrastadas. La decisión de los brasileños reverberará en todo el continente, en el progresismo mundial y en el Sur Global.
Este sábado tanto Lula como Bolsonaro han encabezado actos electorales en dos ciudades cada uno y han reunido multitudes gigantes, especialmente notables las de la izquierda, mucho menos movilizada que la derecha en los últimos años. El segundo y último debate de la campaña terminó sin vencedor claro. Lula salió a la ofensiva, puso en valor su experiencia y logró colocar a su rival a la defensiva, sin responder a las mil preguntas del presidente sobre las sospechas que le rodean. Bolsonaro adopto un tono moderado, para no dar miedo y atraerse a los indecisos con un tono presidencial y menciones a su padre.
Rizando el rizo, el empate técnico que han arrastrado durante toda la campaña se convirtió este jueves en un empate numérico con el 50% de los votos válidos para cada uno, según Datafolha. Imposible alcanzar mayor igualdad. Junto al efecto del debate, será crucial la capacidad que cada uno muestre en movilizar a los 33 millones de abstencionistas. El promedio de encuestas de EL PAÍS ve a Bolsonaro ganador siete de cada diez veces; a Lula, tres. El líder del Partido de los Trabajadores encabeza una alianza de varios partidos con alguna sigla de centroderecha.
El senador Bolsonaro, que es favorito aunque por la mínima, lleva toda su vida adulta en política. Es el primogénito, creció a la sombra de su padre, Jair Messias Bolsonaro, de 71 años, que lo designó heredero político hace 11 meses. El Tribunal Supremo lo investiga por corrupción, una sospecha que no le ha dañado en las urnas. El expresidente y militar en la reserva está inhabilitado desde que cumple la condena impuesta en 2025 por tramar una conspiración golpista tras perder las anteriores elecciones frente a Lula. Como candidato, Bolsonaro hijo fue ganando empaque durante la campaña porque inicialmente tanto la derecha como Lula lo despreciaron por frágil e inexperto. Y dio la sorpresa el 4 de octubre, al desmentir a todas las encuestas y recibir más votos que Lula en la primera vuelta (47% frente a 45,2%).
Con esa victoria parcial en el bolsillo, el candidato que se presenta como el Bolsonaro moderado, el que se vacunó de la covid, recibió el apoyo del resto de la derecha, que ensalza el anunciado tijeretazo que promete. Envalentonado, el senador anunció una reforma constitucional para “redemocratizar Brasil”, unas palabras que causaron escalofríos en los demócratas. Avivó los temores de un nuevo ataque contra la instituciones. También visitó a su padre, condenado a 27 años y confinado en el hogar familiar por motivos de salud. Fue el primer encuentro entre ambos que el juez autorizó desde el inicio de la campaña. Si vence, indultará al patriarca nada más asumir el poder para que le acompañe en la toma de posesión, en enero, en Brasilia.
El asalto bolsonarista que hizo temblar los pilares de la democracia brasileña marcó este mandato, incluida la histórica condena a Bolsonaro y varios generales. El bolsonarismo y la extrema derecha mantuvieron la fortaleza pese a la ausencia y el silencio del líder, que impuso el candidato a la oposicion. Lula se presenta a esta elecciones como el gran dique de contención frente al peligro de retroceso en las conquistas sociales y de una nueva deriva autoritaria que suponen los Bolsonaro.
El reto que tiene ante sí el izquierdista es uno de los mayores de su vida. Su 81º cumpleaños, el martes próximo, será el más dulce o amargo de su vida. Pero el presidente Lula no es de los que se rinde. Lo aprendió de doña Lindu, su madre. Aunque Lula y sus fieles han ganado tracción en los últimos días, la remontada se presenta difícil. La campaña ha denunciado a Meta, dueña de Instagram, Facebook y WhatsApp, por el supuesto favoritismo a Bolsonaro. Y ningún candidato que perdió en primera vuelta ganó el duelo definitivo desde que Brasil restauró la democracia hace cuatro décadas. Pero nadie antes de Lula logró tres mandatos en las urnas ni gobernó tanto tiempo (solo Getúlio Vargas y el emperador Pedro II).
El presidente que antes fue obrero y sindicalista encarna los anhelos de millones de sus compatriotas, los más pobres, los marginados, pero sufre un desgaste evidente tras cinco Gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT). El estadista admirado en el extranjero que cofundó los BRICS y hábil negociador encarna el continuismo en una época de extendido descontento global. Para muchos brasileños, especialmente entre las clases populares que han prosperado pero llevan una vida más precaria que la que soñaron o les prometieron, Bolsonaro hijo encarna el cambio, la esperanza. Su proclama es que “es hora de jubilar a Lula”. El odio a Lula y la urgencia por echarlo impulsa a parte notable de los votantes del senador.
Si Bolsonaro apuesta por el discurso catastrofista —Lula derrocha, arruina todo lo que toca, es el origen de todos los males—, el izquierdista agita el discurso del miedo: los Bolsonaro son amigos de bandas parapoliciales, se someterán a Trump y le van a entregar las tierras raras y otras riquezas.
Tras el disgusto de la primera vuelta, Lula tocó a rebato. El miedo a los Bolsonaro dio un impulso formidable a un movimiento alicaído. Brotaron el entusiasmo y los mítines en capitales y periferias. Lula logró que el Congreso aprobara la histórica reducción de jornada, millones de brasileños tendrán dos días libres a la semana, no uno. Intensificó la campaña en redes, logro reclutar a diez millones de internautas en el Ejército de Lula —“a nuestro ejercito lo impulsa una causa que se llama Brasil, que se llama democracia…”, dijo—, a decenas de influenciadores y a brasileños de carne y hueso cuyas vidas cambiaron gracias a las políticas públicas, sea Bolsa Familia, las cuotas universitarias o la sanidad pública. En medio de ese fervor digital, Lula estrenó esta semana su primer celular; hasta ahora, en caso de necesidad, usaba los de sus colaboradores.
La izquierda protagoniza una movilización inédita en muchos años. El sentimiento entre los progresistas lo resumió un artista de hip hop en una favela de São Paulo cuando llamó a votar por Lula “contra el desorden y el retroceso”, en una rima con el lema Orden y Progreso, que cruza la bandera.
Reflejo de un ultraconservadurismo que avanza y la fuerza de las iglesias protestantes, Bolsonaro hijo sería el primer mandatario evangélico después de la dictadura. Su padre es el único católico de la familia. Los hijos le llaman capitán. Y él se refiere a ellos al estilo castrense: Cero Uno (el primogénito, Flávio), Cero Dos (Eduardo, enlace con los Trump desde Texas), Cero Tres (Carlos, diputado), Cero Cuatro (Renan Jair, diputado)… La esposa, Michelle Bolsonaro, y un hermano del expresidente también tendrán escaño en el próximo Congreso y forman ya una dinastía política en toda regla. El Partido Liberal, en el que milita la familia, tiene una mayoría parlamentaria récord, de manera que, si Lula gana, tendrá enfrente una oposicion fuerte.
Para las minorías, sea la comunidad LGTB+ o los indígenas, los Bolsonaro suponen una amenaza clara. La Amazonia —crucial para mitigar el calentamiento global— también está en el punto de mira. Para espanto de los ambientalistas, el ultra anunció que no demarcará ni un centímetro de tierras indígenas. Con su padre, Brasil se convirtió en el villano ambiental planetario.

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