Ryszard Kapuściński describió un mundo en el que cada bando pretende tener toda la razón, se niega a escuchar al contrario y, cuando le conviene, inventa hechos. Su observación resulta especialmente pertinente en momentos de incertidumbre como el que vive Venezuela.

Hoy se habla de diálogo, estabilización y transición. Son palabras importantes, pero mientras no se traduzcan en actos siguen siendo relato. Los hechos dirán hacia dónde se dirige el país: qué decisiones se han tomado, qué derechos pueden ejercerse, qué instituciones comienzan a recuperar su independencia y qué pasos concretos se están dando para celebrar elecciones presidenciales libres.

También se afirma que todavía no ha llegado el momento de fijar una fecha electoral. Quienes sostienen esa posición deben explicar qué condiciones faltan, quién determinará que se han cumplido y cuánto tiempo consideran necesario. De lo contrario, la estabilización corre el riesgo de convertirse en una espera sin término definido.

Escuchar las distintas posiciones es necesario. Pero escuchar no obliga a aceptar afirmaciones sin fundamento ni a anteponer el interés de quienes se benefician de una transición sin plazo al derecho de los venezolanos a elegir su gobierno. Una discusión pública seria exige razones que puedan examinarse y hechos que puedan verificarse.

Venezuela necesita acuerdos para avanzar y necesita saber hacia dónde conducen esos acuerdos. La confianza no se construye proclamando que el país está cambiando, sino mostrando cambios que los ciudadanos puedan reconocer y un camino cierto hacia las elecciones presidenciales. Los relatos pueden anunciar el cambio; solo los hechos lo demuestran.

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