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El vicepresidente JD Vance tomó la inusual medida, durante la primavera y el verano, de llamar directamente a los comandantes militares de Estados Unidos en Medio Oriente, Europa y Asia, para pedirles sus evaluaciones sin adornos sobre la guerra de Irán, según funcionarios actuales y exfuncionarios.
Vance, que se opuso a la guerra desde el principio y a quien el presidente Donald Trump encargó que contribuyera a poner fin al conflicto, quería conocer las opiniones individuales de los comandantes, en sus propias palabras, antes de que se consolidaran en una postura del Pentágono.
Las conversaciones profundizaron en una serie de temas relacionados con la guerra, incluidos sus objetivos, tácticas, cálculos de bajas, qué harían los iraníes en el estrecho de Ormuz, qué tan adaptables se habían vuelto y cuánto castigo podía absorber su gobierno. Vance también pidió un recuento detallado de lo que quedaba en los arsenales de los comandantes, y cómo el traslado de armas a Medio Oriente afectaría su capacidad para disuadir a China, Rusia y Corea del Norte.
Sobre ese último punto, los comandantes fueron francos. Lo que más les preocupaba eran sus mermadas reservas de interceptores Patriot, la columna vertebral de sus defensas aéreas. Para fines de la primavera, un teatro de operaciones se había reducido a menos de 100 de ellos.
La guerra también había agotado los suministros del teatro de operaciones de los Sistemas de Misiles Tácticos del Ejército, que pueden alcanzar los 306 kilómetros, así como las reservas de los Misiles de Ataque de Precisión, destinados a reemplazarlos. Las reservas de municiones cruciales como estas, dijeron al vicepresidente, eran las más bajas que jamás habían visto.
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