Aunque el regreso del exilio es una noticia estimulante se trata de un avance parcial que no está expresando d la configuración de un clima de transición
Parte de la dirigencia de la oposición que está en el exilio comienza a regresar a Venezuela. La circunstancia parecía imposible de figurarse hace unos meses atrás. No son todos, pero sí hay rostros conocidos y referenciales. Algunos, como Yon Goicoechea y el economista José Guerra, han venido de visita, con la intención de regresar pronto. Otros, como Carlos Ocariz o Roberto Marrero, volvieron para incorporarse inmediatamente a la política. También han regresado Lester Toledo, Cristofer Correia, Richard Blanco, Wilmer Azuaje.Han visitado barriadas, se han reencontrado con la militancia, han hecho activismo y han hablado de reconstrucción y elecciones libres. Guerra presentó una fundamentada propuesta académica de reconstrucción nacional en la Facultad de Economía de la Universidad Central de Venezuela. De acuerdo a lo que ellos mismos reportan, hacen sus actividades sin ser molestados por los cuerpos de seguridad del estado.
El regreso del exilio -o de este capítulo del exilio- es, sin dudas, una noticia estimulante, interesante, uno más de los componentes de la apertura política que ensaya -de manera impuesta- el gobierno interino de Delcy Rodríguez a nombre del régimen chavista. Desarrollar una política que vaya al encuentro de esa circunstancia luce lógico. Regresar es un primer paso. Por muy lentas que anden las cosas en estas semanas, nadie puede negar que el contexto político actual presenta muchas más opciones y es bastante menos oscuro que el que había hace poco más de seis meses.
Se trata, sin embargo, de un avance parcial. El regreso de estos dirigentes no está expresando, de manera orgánica, la configuración de un clima de transición, el regreso de la democracia, o apenas el inicio de un camino concreto en términos estructurales, como probablemente algunos imaginaron. No es el reflejo de la normalización del país -como tampoco la cirugía institucional adelantada por el régimen para actualizar el rostro de los poderes públicos. Políticos referenciales de las corrientes opositoras venezolanas, como María Corina Machado, Julio Borges, Carlos Vecchio o Leopoldo López, tienen aún lejos la perspectiva de un regreso.
La mayoría de estos dirigentes regresan a Venezuela haciendo ajustes interpretativos, reconsiderando elementos de su pasado, con una actitud revisionista de parte de lo labrado en estos años. Se escuchan reflexiones interesantes. En casos específicos, como el de Yon Goicoechea o Carlos Ocariz, el interés en regresar al país es manifiesto y tiene también mucho de personal.
“Aquí hay que trabajar por una salida democrática. El hecho de fuerza ya ocurrió”, afirma Marrero, ex dirigente de Voluntad Popular, quién relataba que en este momento está buscando dónde vivir. “La verdad es que en los Estados Unidos nos lo han dicho: vayan a Venezuela a reconciliarse. Impulsen una Ley de Amnistía. Bueno, el régimen ha dado unos pasos, con muchas resistencias, pero se ha avanzado. Los que queremos reconstruir este país tenemos que estar en Venezuela, abrir caminos. Yo quiero formar parte de la reinstitucionalización de este país”.
La gran mayoría de los dirigentes de la oposición venezolana -con la excepción de María Corina Machado y algún nombre adicional- es apreciado en este momento con altos niveles de rechazo en las encuestas. La irrupción del liderazgo de María Corina y su rotunda victoria electoral y política de las elecciones primarias de 2023, se ha concretado sobre las ruinas de la suma de derrotas de la oposición tradicional, sus contradicciones y desaciertos en momentos decisivos. Sobre el rendimiento de cada uno de ellos, sin embargo, hay en ocasiones renuencia a apreciar matices, a ponderar factores condicionantes y verdades a medias. A identificar las zonas de virtud y acierto, que también existen.
Gravita una leyenda algo injusta y superficial sobre la probidad y la vida actual de muchos de ellos, apoyada en una picaresca cultural de la política criolla -muy vigorosa en las sociedades donde domina la corrupción como una tara cívica- , desarrollada entre bandos enemigos, que consiste en sembrar sospechas y fomentar leyendas sobre las conductas ajenas para tomar ventaja y desviar la atención sobre sus propios desafueros. La severidad con la cual la población juzga la conducta de la oposición tiene mucho que ver con las propias tensiones, contradicciones y maledicencias de sus propios militantes y dirigentes.
El exilio regresa, la tendencia podría ir creciendo. Es buena noticia. Parecen llamados a ir creando “condiciones objetivas”. A pesar de las críticas y la comprensible sensación de fracaso, retornos como estos son vitaminas para el tejido cívico. Eso sí: les queda muchísimo trabajo.

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