Maduro no sostenía el poder. Lo estorbaba. Lo que ha venido después no ha sido una transición, ha sido una optimización.
El 3 de enero no fue una caída. Fue un alivio. No para el país, que sigue respirando con dificultad, sino para el poder, que de pronto se quitó de encima su versión más torpe, más ruidosa, más difícil de justificar ante el mundo. A Venezuela no le arrancaron un régimen; le hicieron un ajuste estético. Como esos edificios viejos que no se derriban, pero se pintan lo suficiente para que desde lejos parezcan nuevos. Y lo verdaderamente perturbador no fue que sacaran a Nicolás Maduro, sino que no hizo falta nada más.
Durante años se repitió —con la fe de quien necesita creer en algo simple— que el problema tenía rostro. Que bastaba con eliminar al personaje para que el sistema colapsara como un teatro sin actor principal. El 3 de enero demostró que no había teatro: había estructura. Y que el actor, en realidad, era prescindible.
Maduro no sostenía el poder. Lo estorbaba. Lo que ha venido después no ha sido una transición, ha sido una optimización. El chavismo, ese sistema que durante años pareció condenado a su propia torpeza, descubrió que podía funcionar mejor sin su figura más desgastada. Y en ese descubrimiento hay algo profundamente inquietante: el poder en Venezuela no solo sobrevivió, sino que se volvió más eficiente.
Se volvió más limpio. La llegada de Delcy Rodríguez no inauguró una etapa distinta, sino una versión más sofisticada de la misma lógica. El chavismo dejó de comportarse como una revolución acorralada para empezar a operar como una administración que entiende el momento. Menos consigna, más cálculo. Menos ruido, más control.
Porque si algo cambió —y cambió de verdad— fue el estilo del poder. La salida de Vladimir Padrino López, después de once años administrando la fidelidad armada del sistema, no significó una ruptura con la estructura militar, sino su afinación. Su reemplazo por figuras provenientes del aparato de inteligencia no anuncia una democratización, sino una mutación más precisa del control. El poder dejó de exhibirse para volverse invisible. Más quirúrgico. Más silencioso. Más eficaz.
Antes el poder se imponía. Ahora se administra. Y en esa administración hay gestos que, vistos de lejos, pueden confundirse con avances. Liberaciones de presos políticos, discursos de reconciliación, una cierta apertura en el espacio público. Pero nada de eso apunta a una transformación estructural. Es, más bien, una reorganización del conflicto. Una forma de hacerlo manejable, exportable, digerible para quienes ahora miran a Venezuela con menos incomodidad y más interés. La justicia dejó de ser una deuda. Pasó a ser una herramienta.
En paralelo, el país comienza a moverse. Hay más circulación, más actividad, incluso cierta sensación de normalidad en algunos espacios. La economía da señales de vida, aunque sea una vida precaria, desigual, profundamente frágil. Venezuela dejó de ser el país paralizado del colapso total para convertirse en algo más ambiguo: un país que funciona mal, pero funciona.
Y eso, en términos políticos, es un avance… para el poder. Porque un país que sobrevive es más gobernable que un país que estalla. Mientras tanto, la comunidad internacional hace lo que mejor sabe hacer: adaptarse. Venezuela ya no es el escándalo que incomoda, sino el escándalo que se gestiona. El petróleo volvió a imponer su lógica elemental, esa en la que la democracia es deseable, pero no urgente. Y en ese nuevo equilibrio, el país dejó de ser un problema moral para convertirse en un asunto técnico.
La estabilidad reemplazó a la libertad como prioridad. Y en medio de todo esto, la oposición sigue hablando un idioma que el país ya no entiende del todo. Construyó su relato contra una figura que ya no está, y ahora enfrenta un poder que dejó de necesitar confrontación para sostenerse. Un poder que no busca aplastar, sino absorber. Que no grita, sino que corrige.
No es que la oposición no tenga razón. Es que llega tarde. Pero lo esencial, lo verdaderamente importante, permanece intacto. Porque debajo de todos estos cambios —reales, visibles, incluso medibles— el sistema sigue siendo el mismo. Las élites no han sido desplazadas, el control territorial no se ha fragmentado, las estructuras de poder continúan operando con la misma lógica de concentración, opacidad y disciplina interna.
No hubo desmontaje. Hubo reacomodo. El chavismo no perdió el poder. Perdió peso. Se volvió más ligero, más adaptable, más presentable. Cedió aquello que le sobraba para conservar aquello que realmente importa. Y en ese proceso, lejos de debilitarse, se fortaleció.
Porque un sistema que aprende a cambiar sin dejar de ser el mismo no está en crisis. Está evolucionando.
Maduro era el exceso. El problema visible. La parte incómoda del relato. Su salida no resolvió nada esencial, pero permitió algo más importante para quienes gobiernan: que el sistema dejara de justificarse y empezara a funcionar. Y ahí está el verdadero punto de quiebre.
Venezuela no entró en una transición. Entró en una fase más eficiente del mismo modelo. Una en la que el poder no necesita imponerse con brutalidad porque ha aprendido a sostenerse con precisión. Una en la que la anomalía ya no escandaliza porque se volvió cotidiana.
Quitaron a Maduro… y el poder, por primera vez en años, dejó de tener que explicarse.
Y pocas cosas son más peligrosas que un poder que ya no necesita excusas.
@NixonDominguez | Historiador – Universidad de Los Andes / Magister en Gestión de Gobierno – Universidad Autónoma de Chile. / Instagram: Nixonjds
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