
La Iglesia en cuanto comunidad cristiana se distribuye en tres sectores: ministerio pastoral o jerárquico (clérigos), laicado y vida religiosa (consagrada).
El primero está constituido por una tríada: obispos, presbíteros (ordinariamente llamados sacerdotes) y diáconos. El segundo lo integran los laicos, denominados también seglares. Y el tercero lo forman los religiosos (as), que profesan tres votos (promesas, compromisos), a saber: castidad, pobreza y obediencia.
De estos 3 sectores, el de los laicos totaliza prácticamente la entera Iglesia. Pensemos que los católicos en Venezuela sean unos 20 millones; pues bien, de estos todos son laicos menos unos 10.000, que suman, más o menos por partes iguales, los miembros de los otros dos sectores. Es decir, la Iglesia está compuesta fundamentalmente por laicos, con muy pocas excepciones. Esto significa que en la generalidad de las parroquias… ¡el único no laico es el párroco!
Esto ha de llevar a los católicos a una seria reflexión acerca de la responsabilidad cristiana no sólo respecto de la Iglesia sino del país.
Lamentablemente, la mentalidad dominante es de un marcado clericalismo, que en la práctica identifica a la Iglesia con el clero. Lo cual no es ninguna innovación, pues tiene una larga tradición, reforzada a partir de la separación protestante del siglo XVI. Ésta en general minimizó la función de la jerarquía y subrayó el papel de los laicos. La respuesta católica, de carácter beligerante, acentuó todavía más la potestad del clero. Se recalcó la distinción de Iglesia docente/discente (del latín aprender) u oyente, y de pastores/fieles. En los tratados teológicos sobre la Iglesia la reflexión sobre el laicado (y los religiosos) estaba ausente. Resultado: una concepción bien piramidal en cuanto a autoridad, disciplina, iniciativa… Ello no implicaba, por supuesto, la ausencia de los “fieles”, quienes actuaban su vida cristiana, practicaban la religiosidad popular, y realizaban obras caritativas, hasta expresiones de notable santidad como es el caso de un Tomás Moro, una Teresa de Jesús y un José Gregorio Hernández.
El Concilio Plenario o Sínodo Nacional de Venezuela (2000-2006) en uno de sus 16 documentos, el dedicado a los laicos, expuso muy bien esta materia con su metodología de ver-juzgar-actuar; destacó, justo al comienzo, una significativa afirmación con tintes de proclama: “Los signos de los tiempos muestran que el presente milenio será el del protagonismo de los laicos”. Un innegable desafío al ejercicio de la misión de estos en la Iglesia y en el mundo.
Afirmar el protagonismo laical no implica en modo alguno opacar el papel del ministerio pastoral o jerárquico -fundado en la institución de los Apóstoles por el Señor Jesucristo- pero sí lo relativiza dentro del conjunto eclesial y, además, subraya el papel transitorio de obispos, presbíteros y diáconos para el sólo tiempo del peregrinar de la Iglesia en la historia. En el cielo no habrá jerarquía sino sólo la de Dios Trinidad y Cristo Señor.
Resulta clave, en consecuencia, identificar bien lo propio y peculiar del laico, a saber, su condición secular (palabra procedente de saeculum en latín, que quiere decir siglo, mundo), llamado, por tanto, a vitalizar la convivencia humana histórica en el sentido del Evangelio, del amor. El laico se ha de definir como miembro de la Iglesia en el corazón del mundo, constructor de una nueva sociedad abierta a lo definitivo.
El laico está llamado a actuar en comunión con la jerarquía, con los pastores, pero con responsabilidad inalienable. Tomando iniciativas que le corresponden por su fe y su bautismo. No es un brazo largo del clero, sino protagonista de una misión que le es propia, la evangelización de lo económico, lo político y lo ético-cultural. Miembro participativo y corresponsable de la comunidad eclesial, el campo propio de su misión evangelizadora es el ancho y vasto mundo, comenzando por el inmediato familiar, que es su Iglesia doméstica.
Esta Venezuela en aguda crisis urge un laicado protagonista de nuevos tiempos.
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