“BIENAVENTURADOS LOS QUE TIENEN HAMBRE Y SED DE JUSTICIA, PORQUE SERÁN SACIADOS”. JESÚS DE NAZARET
El sol aún no ha salido sobre Jerusalén, pero el bullicio de la multitud no ha cesado. Un hombre ensangrentado, con una corona de espinas clavada en la frente, camina tambaleándose bajo el peso de un madero. Los soldados romanos se ríen. Algunos fariseos observan satisfechos. Y en medio de ese horror, nadie grita: “Esto es injusto”. Porque la justicia ha sido crucificada antes que él.
En este viernes santo donde recordamos al Cristo en la Cruz, es indispensable situarnos en el complejo entramado político, social y religioso de la Judea del siglo I. Eran los días de la ocupación romana, un Imperio, que gobernaba con mano de hierro a través de procuradores como Poncio Pilato. Por ello la esperanza de un Mesías que liberara a Israel de sus opresores prendió las alarmas en Roma.
En este contexto, la aparición de Jesús de Nazareth provocó la ebullición social y las autoridades religiosas vieron en Jesús, un predicador galileo que desafiaba su autoridad y que era aclamado por las multitudes como el Mesías, una amenaza que debía ser neutralizada con urgencia.
No se trataba sólo de un asunto teológico, sino de una necesidad política para evitar una intervención romana que podía costarles la estabilidad de la nación. Así, la búsqueda de la verdad y la justicia quedaron subordinadas a la conveniencia de quienes detectaban el poder, preparando el escenario para el proceso más infame de la historia, donde la ley y la tradición serían pisoteadas para satisfacer un propósito condenatorio.
Si bien es cierto que el procedimiento penal se basa en la actividad probatoria y en la tipicidad del delito, para que, a la hora de aplicar la sentencia, la misma sea justa; en el proceso del que fue objeto el redentor, ninguna de esas prerrogativas se respetó. Jesús de Nazareth, fue llevado a un injusto juicio, que terminó con su vida; pero veamos hasta donde se le violaron sus derechos.
"Yo he hablado abiertamente al mundo. Siempre he enseñado en las Sinagogas o en el Templo, donde se congregan todos los judíos. En secreto no he dicho nada. ¿Por qué me interrogas a mí? ¡Interroga a los que me han oído hablar! Ellos deben saber lo que dije".
Apenas Jesús dijo esto, y uno de los guardias que estaba allí cerca, le dio una bofetada y le dijo: ¿Así contestas al Sumo Sacerdote?
Si he dicho algo malo —replicó Jesús— demuéstramelo. Pero si lo que dije es correcto. ¿Por qué me pegas? Entonces Anás lo envió, todavía atado, a Caifás, el Sumo Sacerdote.
Los juicios de Jesús constaron de seis eventos: Tres de ellos en una Corte Religiosa y los otros tres en una Romana. El Nazareno fue juzgado ante Anás el Sumo Sacerdote saliente; Caifás, el Sumo Sacerdote en funciones, y el Sanedrín. Él fue acusado en estos juicios "eclesiásticos" de blasfemia, por afirmar ser el Hijo de Dios y el Mesías.
En el Juicio imputado a Jesús y en su posterior crucifixión, se le violaron todos sus derechos humanos:
1) Ningún juicio debía llevarse a cabo durante alguna celebración, y Jesús fue juzgado durante la Pascua.
2) Cada miembro de la Corte debía votar para condenar o absolver, pero Jesús fue condenado por una gritería de protestas y desaprobación.
3) Si se daba la pena de muerte, debía pasar una noche antes de que la sentencia fuera llevada a cabo; solo pasaron horas antes de que Jesús fuera puesto en la Cruz.
Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: ¡Ha blasfemado! ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? He aquí, ahora mismo habéis oído su blasfemia. ¿Qué os parece? Y respondiendo ellos, dijeron: ¡Es reo de muerte!
Así fue como los jueces de Israel—entre los que estaban comprendidos el Sumo Sacerdote, los principales Sacerdotes, Escribas y Ancianos del pueblo, y el Gran Sanedrín, convocado ilícitamente—decretaron que el Hijo de Dios era digno de muerte, sin más evidencia que la de la propia admisión del Acusado.
Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al Palacio y reunieron toda la tropa alrededor de él. Le quitaron su ropa, lo vistieron con una capa roja y le pusieron en la cabeza una corona tejida de espinas y una vara en la mano derecha. Luego se arrodillaron delante de él, y burlándose le decían: ¡Viva el Rey de los judíos!
También lo escupían, y con la misma vara le golpeaban la cabeza. Después de burlarse así de él, le quitaron la capa roja, le pusieron su propia ropa y se lo llevaron para crucificarlo.
Los juicios a Jesús representan la máxima mofa a la justicia. Jesús, el hombre más inocente en la historia de la humanidad, fue encontrado "culpable" de crímenes y sometido a la injusta condena de morir por Crucifixión.

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