Las tensiones políticas entre los Estados Unidos y el gobierno revolucionario de Venezuela han escalado a un nivel similar, e incluso superior, a los de los primeros tiempos de Juan Guaidó, el dirigente opositor que, con apoyo de la Casa Blanca, se declaró “presidente encargado” del país sudamericano en 2019.
El País | Alonso Moleiro
Estados Unidos duplicó hace tres semanas el precio de la recompensa por información que conduzca a la captura del presidente venezolano, Nicolás Maduro, por sus presuntos vínculos con el terrorismo y el narcotráfico. Días después, anunciaba la movilización de ocho buques de guerra, submarinos, aviones y 4.000 marines en las narices de las costas venezolanas, en una anunciada operación militar antinarcóticos. “Maduro no es el presidente de Venezuela, es un fugitivo, el jefe del Cartel de los Soles”, afirmó la portavoz de la Casa Blanca, Caroline Leavitt, al comentar el operativo.
El ministro de la Defensa de Venezuela, Vladimir Padrino López, dijo como respuesta que su país patrullará con drones y buques de guerra las costas del país, incluyendo la cuenca del Lago de Maracaibo. Anunció además una operación fronteriza coordinada con Colombia que incluye la movilización de 15.000 efectivos. Los soldados se sumarán a los cuatro millones de reservistas de la Milicia Nacional movilizados.
El chavismo organizó dos jornadas nacionales de alistamiento militar con voluntarios, mientras los contenidos de las televisiones y radios públicas hacen llamados a defender la dignidad de la patria y a alistarse contra “las agresiones imperiales”.
Después de haber cerrado ambos países un fallido ciclo de negociaciones en torno a un compromiso con la democracia antes de las elecciones presidenciales de julio de 2024, la Casa Blanca endureció sus acusaciones a Nicolás Maduro
El giro de 180 grados de la administración Trump hacia Venezuela parece el resultado, entre otras cosas, de un paciente trabajo persuasivo adelantado por María Corina Machado, la líder opositora venezolana. La dirigente operó sobre zonas del liderazgo estadounidense en la cual ha estado sembrada la idea de que la presencia de Maduro en el poder es un asunto sin solución, y además, no era un problema de los Estados Unidos.
En sus alocuciones de estos meses desde la clandestinidad, Machado intenta hacer comprender a Washington que Maduro es una amenaza objetiva para Estados Unidos y toda la región. “Esta es la Venezuela que viene”, dijo Machado en su último video, viralizado en las redes el miércoles. “El retorno de la democracia a Venezuela abrirá oportunidades de inversión no vistas en los mercados emergentes (…) Somos millones de venezolanos, impulsados por la esperanza, los que exigimos el cambio democrático”.
Desde que asumió la presidencia, Donald Trump había tomado decisiones que desencantaron a la oposición en Caracas: deportaciones masivas de venezolanos, estigmatizaciones en el debate interno; el travel ban y el fin del visado a los ciudadanos nacidos en Venezuela y el fin de la cooperación internacional, que ha eclipsado muchas actividades en el campo democrático del país, especialmente con la liquidación de las ayudas de la USaid.
Mientras tanto, Maduro recibe manifestaciones de apoyo de sus partidarios, en medio de un estado de alerta que se camufla entre la normalidad cotidiana de las calles. “Aquí está la fuerza que sembró Hugo Chávez, una fusión perfecta entre pueblo, Fuerza Armada y policía. Estamos unidos en la defensa de nuestra amada Venezuela, con la moral de los patriotas”, dijo Maduro al clausurar, en cadena nacional, y en medio reiteradas muestras de respaldo, el II Curso de Operaciones Especiales Revolucionarias, integrado por cuerpos armados mixtos.
Una amenaza a Venezuela
Sin mayores obstáculos, el oficialismo ha consensuado con los actores políticos permitidos en el país que la amenaza de Estados Unidos es contra Venezuela, antes que contra Maduro o el Gobierno chavista. La Asamblea Nacional, reunida en sesión extraordinaria, aprobó días atrás un acuerdo en apoyo de Maduro, rechazando la eventualidad de una intervención extranjera. El texto contó con los votos de la bancada de partidos opositores tolerados por el chavismo.
“Extranjero que entre a Venezuela de forma ilegal, no sale más, aquí se queda”, dijo Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional y operador político privilegiado de Maduro, en su discurso en medio de aquel debate legislativo. “Esto no es una bravuconería. Estamos obligados a defender nuestro territorio. Nuestro cielo, nuestro mar. No es una elección”.
“No debemos hacernos eco de las estupideces que inventa Washington”, agregó Rodríguez. “Estas estrategias de guerra psicológica son cada vez más fútiles, menos elaboradas. No existe en el continente un país que haya tenido más victorias contra el narcotráfico en los últimos tiempos que Venezuela. En este país no hay un solo metro sembrado de hoja de coca o de marihuana”.
Aunque muchos venezolanos, particularmente en la diáspora, parecen ilusionados, la posibilidad de un procedimiento militar que produzca un cambio en el poder sigue siendo un escenario difícil de avizorar. Mucho más complejo de lo que parece y con varias consecuencias potencialmente catastróficas.
María Corina Machado, y otros voceros de su corriente en el exilio, han afirmado que para forzar el regreso a la legalidad en Venezuela no sería necesaria una intervención militar, y que la presión interna y externa que recibiría la clase dirigente chavista podría forzar un acuerdo negociado para salir del poder.
“Saquen la cuenta de cuantos ataques hemos resistido desde la llegada del comandante Chávez al poder, hace 26 años”, dijo Cabello, número dos del régimen, en su programa de televisión. “Cuantas veces la derecha nacional e internacional ha dicho ´ya está, cayeron, mañana es el día´. Luego nadie pide disculpas. El que esté todavía creyendo en los llamados de la oposición, de los radicales, a estas alturas, habrá que condecorarlo con el Honor al Mérito por Pendejo”, dijo.
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