Republica del Zulia

Julio Portillo: Necesitamos entonces promover el regionalismo como protesta al excesivo centralismo en todos los órdenes. Tenemos que despertar la conciencia política de la provincia.

sábado, marzo 05, 2022

HOMO POLITICUS. Fernando Mires

 


Fernando Mires

Los acontecimientos continúan sucediéndose. En la noche en que escribo estas líneas, Kiev está rodeada por los tanques de Putin. Nadie sabe lo que pasará mañana. En las Naciones Unidas los representantes de cada país pronuncian discursos que quedarán para la historia pero no la cambiarán. Ursula von der Leyen, comisionada de la UE, planteó claro el dilema.

Ucrania está a punto de caer en las manos de Putin, un agresor cuyo equivalente más cercano solo puede ser Hitler. Lo más probable es que Ucrania no sea un episodio aislado en el mar de la historia. Habrá un después de Ucrania y en ese después el mundo seguirá atravesado por una contradicción que es la misma que llevó Putin a atacar a Ucrania. Esa es la contradicción que hoy se presenta -en las palabras de Biden que Ursula von der Leyen hizo suyas- entre autocracias y democracias, entre estados que se rigen de acuerdo al derecho constitucional e internacional y gobernantes que intentan imponer la ley de la selva. Esa contradicción es a su vez también la misma que en términos antropológicos ha impregnado a toda la historia de la humanidad. Es la que se ha dado y sigue dándose entre la civilización y la barbarie.

La historia no tiene porque ser diferente a sus actores. Así como en cada ser humano laten los impulsos más agresivos y las ideas más sublimes, así ocurre en el alma colectiva, constatación que hizo decir a Kant que, aunque si fuéramos ángeles necesitamos de una república asentada sobre la base de leyes. El economista A. O. Hirschman, reviviendo la constatación kantiana, sugirió que el progreso de la humanidad solo ha sido posible gracias a la conversión de las pasiones en intereses. Pesimista como era, Hirschman pudo percatarse, además, que las pasiones lograban disfrazarse cada cierto tiempo bajo la forma de intereses para terminar imponiendo su hegemonía sobre otras instancias del ser. En cierto modo Hirschman rearticulaba una idea sugerida por Freud, a saber, que el Yo racional es el resultado de una conflagración entre nuestros impulsos primarios – entre ellos el de matar– anidados en las capas superiores del Ello y los de nuestros ideales, encapsulados en el por Freud llamado “aparato” del Sobreyo. De esa conflagración comenzó a surgir esa línea mediadora que es nuestro Yo de cada día. Un Yo que debe coordinar entre nuestra naturaleza más arcaica y el mundo de la razón, tarea que demanda tanto trabajo que en algunos termina por ocasionar un profundo malestar. Es el que Freud llamó, Malestar en la Cultura. Tesis muy conocidas y que aparentemente nos llevarían a contradecir las teorías evolucionistas de Charles Darwin, no en el sentido de que la humanidad avanza desde formas simples a más complejas, sino en que las primeras no han sido superadas por las segundas.

Hay dos modos de entender a Darwin. Podemos hacerlo de un modo mecánico, que es el que se enseña en las escuelas secundarias, o podemos entenderlo de un modo dialéctico.  Marx, que como Hegel era dialéctico lo entendió así hasta el punto que pensó dedicar El Capital al evolucionista británico. Al final, tal vez para no meterse en bretes, optó solo por enviarle como regalo su monumental obra. Nunca se supo si Darwin la leyó.

Desde el punto de vista dialéctico, el humano no habría sustituido sino solo superado al mono de tal modo que el mono continuaría viviendo al interior de cada humano, domesticado por el poder de nuestra razón e inteligencia. O dicho así: nuestra civilización, surgida de la más oscura noche de la barbarie, no habría anulado ni sustituido a la barbarie sino simplemente integrado de modo subordinado al interior de la civilización.

En términos darwinianos, las mutaciones cambian o modifican el curso del desarrollo de las especies, pero no eliminan las fases primarias, simplemente las transportan a nuevos estadios. Por lo mismo, ni como seres individuales ni como seres colectivos estamos libres de caer en los pozos de la barbarie más primaria. Ahora bien, justamente, para evitar esas caídas, nos hemos inventado las religiones, después la moral codificada o civil, y finalmente las leyes y las constituciones por las que regimos los actos de nuestra vida en ese espacio que a falta de un nombre mejor denominamos sociedad. En términos antropológicos, el Homo sapiens no había suprimido al neandertaler sino, de acuerdo al conocido postulado de Yuval Harari, a vivir junto con él, o más todavía: con él y en él, integrado en nuestra propia naturaleza. Pero ese bárbaro maltratado por la civilización y la cultura se niega a desaparecer y cada cierto tiempo asoma su desobediente cabeza, sin borrar del todo a la civilización sino -y este es el caso de los grandes criminales de la modernidad como Hitler, Stalin y Putin -sirviéndose de alguno de sus logros, sobre todo de la ciencia y de la técnica– para imponer su ideal supremo: el regreso a la barbarie. Si quisiéramos definir a Putin en una fórmula física habría que escribir entonces: A+BA =P (Atila, más bomba atómica, igual Putin)

Como la historia no está determinada por nada diferente a su propia autoreproducción, las mutaciones experimentadas a través de su curso han sido casi siempre resultados de casualidades o errores, vale decir, de hechos no previstos. Y bien, una de esas invenciones ha sido la democracia, la que no habría sido nunca posible si no hubiéramos inventado antes a la política, pues la democracia no es más que una forma de la política.

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1 comentario:

  1. Desde el punto de vista dialéctico, el humano no habría sustituido sino solo superado al mono de tal modo que el mono continuaría viviendo al interior de cada humano, domesticado por el poder de nuestra razón e inteligencia.

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