Cualquier ejercicio de proyección de los escenarios políticos que se despliegue para el caso venezolano va a encontrarse con una dificultad predictiva.
La razón es que bajo ningún escenario las variables relevantes están bajo el control ni del gobierno ni de la oposición. La otra causa es que los escenarios más probables no son intrínsecamente los más estables. La dinámica plantea una serie de paradojas con la que se enfrentan permanentemente todos los actores políticos, tanto internos como externos, que actualmente están lidiando con la profunda crisis económica, social e institucional del país. Este trance también promueve distintos tipos de inconsistencias por parte de estos mismos actores, que en muchos casos conlleva a posturas irracionales, lo cual complejiza aún más la utilidad de cualquier esfuerzo prospectivo.
Varios ejemplos permiten ilustrar la situación. Maduro puede desear ser reelecto para otro periodo presidencial –así sea ilegítimamente–, pero la decisión de la comunidad internacional de reconocerlo escapa totalmente a su ámbito de influencia. Maduro puede prometer que una vez reelecto va a modificar su política económica para evitar los errores que llevaron al chavismo a quebrar la economía venezolana y a colapsar la industria petrolera; pero aun si lo hace, el financiamiento externo que requiere para darle credibilidad a un potencial programa de estabilización es de tal envergadura, que la posibilidad de implementarlo depende exclusivamente de la voluntad de los organismos multilaterales e incluso de la decisión de los chinos de desembolsar los recursos necesarios para enfrentar este conjunto de reformas. Maduro puede ordenar, debido a su férreo control sobre las autoridades electorales, que se cumpla la fecha de realización de los comicios presidenciales del 20 de mayo, pero lo cierto es que, así como esos comicios fueron pospuestos en abril, si los cuadros internos de la coalición oficialista se mantienen descontentos y si así lo desearan, podrían nuevamente ejercer suficiente presión como para postergar su realización.
Lo mismo ocurre con la oposición. Los partidos políticos de la unidad pueden exigir elecciones libres, pero el cambio en las condiciones electorales pareciera ir más allá de su propia voluntad de acción. Declarar fraude, dejar de postular candidatos y llamar a la abstención no garantiza absolutamente nada. Algo parecido sucede con el tema internacional. La oposición en el marco de la unidad puede llamar a aislar al gobierno internacionalmente, a escalar sanciones económicas e individuales, pero aún si eso ocurriese, las posibilidades de que este tipo de castigos produzca un quiebre definitivo en la coalición oficialista son bastante inciertas. Nueve meses después del inicio de la primera ola de sanciones, los castigos no parecen haber tenido los efectos políticos esperados, pues el impacto de estas medidas dependen estrictamente de las reacciones de diversos factores domésticos relevantes y no solo de sus consecuencias financieras, económicas y sociales.
Estos resultados tan decepcionantes son curiosamente consistentes con la evidencia empírica internacional que muestran cómo las sanciones rara vez generan una crisis de ingobernabilidad definitiva que conlleve a cambios de regímenes y cómo tan sólo en algunos casos, cuando están bien coordinadas globalmente, pueden inducir a procesos de negociación y a ciertos cambios de comportamiento, como fue el caso de Irán, Birmania, Libia o Sudán. En el caso venezolano, los niveles de coordinación internacional son muy altos, especialmente entre los Estados Unidos, Europa y la mayor parte de los países latinoamericanos, por lo que es más probable que estas presiones induzcan a una nueva negociación y concesiones parciales sustantivas que a un colapso final del régimen político venezolano.
Esta realidad pareciera indicarnos que la capacidad de la oposición de imponerse por la vía exclusivamente electoral o internacional es mucho más limitada de lo que se hubiese anticipado algunos meses atrás. O, en todo caso, esta misma situación comienza a señalarnos que, más importante que las probabilidades asignadas a un determinado escenario, es la capacidad de coordinación de la oposición para jugar en varios tableros simultáneamente, que es lo que a fin de cuentas puede determinar la efectividad para precipitar un cambio político definitivo en el país. Una capacidad de coordinación que en los actuales momentos es inexistente.
Tres son las variables, más allá de la interacción entre gobierno y oposición, de las cuales depende tanto la materialización como la estabilidad de todos los escenarios en Venezuela: la cohesión interna del chavismo, la credibilidad de un escalamiento de las sanciones internacionales y el acceso al financiamiento externo.
La estabilidad de todos los escenarios, incluso uno en el que Maduro decida quedarse en el poder, va a depender exclusivamente de si puede superar los escollos que estas tres variables terminan planteando:
1. ¿Alguno de los factores de poder dentro de la coalición oficialista va a vetar o no la materialización de un resultado político que afecte sus intereses tanto en el corto como en el largo plazo?
Leer mas: https://prodavinci.com/las-incertidumbres-de-la-realidad-politica-venezolana/

Tres son las variables, más allá de la interacción entre gobierno y oposición, de las cuales depende tanto la materialización como la estabilidad de todos los escenarios en Venezuela: la cohesión interna del chavismo, la credibilidad de un escalamiento de las sanciones internacionales y el acceso al financiamiento externo.
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