Tal vez el propio gobierno no se dé cuenta. El poder aísla y es fácil confundir el coro de socios o aduladores con la voz del país entero, que siempre es diversa porque su realidad es plural. Pero desde hace tiempo, sobre todo acosado por la crisis económica que no se atreve a enfrentar porque hacerlo exige rectificaciones y acosado por un desafío democrático y constitucional que no atina a manejar, ha cruzado una línea. Ha dejado de caminar sobre la cuerda floja del autoritarismo, que bordea los límites jurídicos con interpretaciones acomodaticias, para precipitarse hacia el ejercicio de facto de un poder sin límites legales ni morales. Por ahí, los riesgos son infinitos. Para el mismo gobierno y sus integrantes y, principalmente, para la República y todos sus habitantes.
Cruzar esa línea es una temeridad irresponsable. Verdad que las primeras bajas serán en la oposición democrática. Ya las vemos, con los detenidos con propósitos “ejemplarizantes”, en realidad intimidatorios, y la escalada de sentencias que ruborizan al abogado de mínimos escrúpulos. Pero es infantil presumir que eso bastará. Los huracanes, una vez desatados, resultan incontrolables. Si no se detiene a tiempo esa tendencia desbocada, las consecuencias las pagaremos todos los venezolanos, incluso quienes se sienten muy seguros a la artificial y transitoria impunidad de su puesto.
Para muestra, la economía. Las medidas de los aprendices de brujo trajeron un caos que expansivo. La inflación más alta del mundo no se detiene, porque enlentezca momentáneamente la subida del dólar paralelo. El alivio fugaz de la escasez viene en un barco. Los salarios aumentados no hay cómo pagarlos y si se pagan, tampoco alcanzan.
Cruzar esa línea es una temeridad irresponsable. Verdad que las primeras bajas serán en la oposición democrática. Ya las vemos, con los detenidos con propósitos “ejemplarizantes”, en realidad intimidatorios, y la escalada de sentencias que ruborizan al abogado de mínimos escrúpulos. Pero es infantil presumir que eso bastará. Los huracanes, una vez desatados, resultan incontrolables. Si no se detiene a tiempo esa tendencia desbocada, las consecuencias las pagaremos todos los venezolanos, incluso quienes se sienten muy seguros a la artificial y transitoria impunidad de su puesto.
Para muestra, la economía. Las medidas de los aprendices de brujo trajeron un caos que expansivo. La inflación más alta del mundo no se detiene, porque enlentezca momentáneamente la subida del dólar paralelo. El alivio fugaz de la escasez viene en un barco. Los salarios aumentados no hay cómo pagarlos y si se pagan, tampoco alcanzan.
Dos nuevos pasos, gravísimos, tiene el cruce de la frontera hacia la dictadura. Una es pretender dictar el presupuesto sin la Asamblea. Otra, impedir mediante sentencia el Revocatorio.
El control parlamentario del presupuesto es constitucionalmente ineludible. Explícitamente, la Constitución excluye el funcionamiento de los órganos del Poder Público de los estados de excepción. Además, tal previsión se remonta mil años, a la existencia misma del parlamento.
Después de todos los obstáculos que el pueblo venezolano viene salvando para ejercer su derecho a revocar al Presidente, incluso pasar por condiciones groseramente inicuas, burlarle esa vía pacífica por decisión judicial sería un crimen, cuyas consecuencias no tardaríamos en sufrir.

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