La conferencia episcopal venezolana recientemente ha emitido un comunicado que no tiene desperdicio. Parte de lo que señala indica: “…Nunca antes habíamos sufrido los venezolanos la extrema carencia de bienes y productos básicos para la alimentación y la salud, junto con otros males como el recrudecimiento de la delincuencia asesina e inhumana, el racionamiento inestable de la luz y el agua y la profunda corrupción en todos los niveles del Gobierno y la sociedad. La ideologización y el pragmatismo manipulador agudizan esta situación…” el mismo finaliza con un contundente exhorto al Poder Ejecutivo Nacional para que “escuche al pueblo en sus clamores”.
El provincial de los jesuitas en Venezuela Arturo Peraza s.j. ha declarado que “…Adicionalmente, tienes las estructuras de corrupción, que no son atacadas de ninguna forma. Son señales que, efectivamente, corroen al sujeto social. Sí, puede haber gente que obtenga beneficios a corto plazo en situaciones coyunturales, pero terminan devolviéndose como un Frankenstein en contra de sus creadores. Es algo que está ocurriendo…”
El papa Francisco se ha referido en varias oportunidades a la situación actual del país e inclusive le ha enviado una carta al propio Presidente de la República. Su interés por esta nación se resume en los siguientes términos: “Sigo con preocupación todo lo que está ocurriendo en Venezuela”.
En esta misma tribuna escribí a finales del 2015, “La ecuación es simple, si se radicalizan los conflictos políticos y se nos presenta una guerra de “poderes” en Venezuela, los niveles inflacionarios y de desabastecimiento pudieran llegar a cifras históricas en la región. El padecimiento de la colectividad se incrementaría con la consecuente tensión social en alza. Si por el contrario, el liderazgo político comprende la magnitud de la situación-país y se propician encuentros puntuales para generar alternativas de políticas públicas que puedan impactar en el corto y mediano plazo la dinámica económica nacional, la cooperación funcionaría como una válvula de escape que aliviaría la tensión social y detendría el socavamiento del sistema político.”
El fenómeno migratorio que vive la sociedad venezolana actual es “dramáticamente espantoso”. Nuestros jóvenes se nos están dispersando por todo el planeta. Buscan revivir la esperanza, calidad de vida y la construcción de un futuro mejor. “En el siglo XX, Venezuela no fue un país con una cultura migratoria. Actualmente, hay venezolanos en por lo menos 96 países del mundo”, según el sociólogo Iván de la Vega (UCV), quien desde el año 95 realiza estudios sobre tendencias migratorias. Adicional a ello “más del 51% del total son profesionales con especializaciones, postgrados, maestrías o doctorados. Esto representa una pérdida importante del capital intelectual. A la fecha, no existen políticas públicas por parte del gobierno para aminorar este éxodo masivo, no hay medidas para contactarlos y captarlos”. Finaliza describiendo este fenómeno el profesional de la sociología, al que oficialmente no se le ha prestado atención o especial interés.
Si sumamos a estas señales las cifras oficiales de recrudecimiento de la violencia en nuestra sociedad en la última década y los niveles de desabastecimiento de algunos productos que ronda el ochenta por ciento; se configura un cuadro “extremadamente complejo”. Pero hay más… El Fondo Monetario internacional ha pronosticado que en la nación caribeña la caída de los precios petroleros profundiza los desequilibrios macroeconómicos preexistentes, por lo cual la inflación será cercana a 500% en 2016 y a 1.600% en 2017”.
Leer mas: http://revistasic.gumilla.org/2016/senales-de-alerta/

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