Republica del Zulia

Julio Portillo: Necesitamos entonces promover el regionalismo como protesta al excesivo centralismo en todos los órdenes. Tenemos que despertar la conciencia política de la provincia.

viernes, septiembre 11, 2015

Cómo desaparecen los petroestados - IBSEN MARTÍNEZ

Hubo, en los años sesenta, una popular serie gringa de televisión, The Beverly Hillbillies (en España, creo, se conoció como Los nuevos ricos), que explotaba las excentricidades de una familia de simpáticos paletos de Kentucky bendecida por un reventón de petróleo en su patio trasero.

En los EE UU, en efecto, el subsuelo de tu terreno también es tuyo, de modo que si la Exxon-Mobil, por ejemplo, quiere sacarle provecho al crudo y al gas que pudiera haber bajo tu sótano, tiene primero que hacerte multimillonario. En Venezuela, en cambio, y gracias a leyes que famosamente heredamos del rey Felipe II, el único petrolero verdaderamente ricachón que, sentado sobre un vasto yacimiento de petróleo, fuma indolentemente su puro habano mientras cobra rentas, diezmos y regalías, ha sido el rey; esto es, el Estado.

En consecuencia, desde que nos decimos republicanos, el Estado venezolano es el dueño absoluto de la riqueza mineral, único accionista, desde 1976, de la petrolera estatal y, muy especialmente, el cancerbero de la caja de caudales. A diferencia de, digamos, Dakota del Norte, en los petroestados como Venezuela simplemente no hay sitio para simples particulares dedicados al negocio petrolero. Conviene añadir que, en mi país, como en otras comarcas de nuestra América, el Estado invariablemente se confunde con el gobierno de turno y que cada “turno” puede acogotarnos durante décadas.

Así, pues, el último único gran petrolero venezolano, en el sentido Beverly Hillbilly del término, fue Hugo Chávez. De todos nuestros muy soberanos petromandatarios, fue Chávez quien gozó, sin contraloría alguna, del boom de precios más largo y jugoso registrado en el curso de un siglo petrolero que para Venezuela comenzó en 1913. Se calcula que, aun sin contar el crudo subsidiado a Cuba y los honorarios del profesor español Juan Carlos Monedero, la imaginativa munificencia del padre del “socialismo del siglo XXI” volatilizó, en menos de 15 años, bastante más de 900.000 millones de dólares.

Además de esas inconcebibles magnitudes del dispendio, se registra en mi país un fenómeno solo característico de los petroestados: una indecible incapacidad para sacar verdadero y perdurable provecho de los booms de precios, unida a la disposición a endeudarse hasta los epiplones en tiempos de vacas flacas.

Esta oscilación, verificable históricamente en petroestados tan dispares política y culturalmente como pueden serlo Nigeria, Indonesia, Irán o Venezuela, está estrechamente relacionada con la pregunta que se hacen mis sufridos compatriotas mientras se achicharran al sol de Caribe, haciendo fila para comprar su cuota de papel higiénico o de harina precocida de maíz: “¿por qué, si tenemos las reservas más grandes de crudo del planeta, vivimos como mendigos?”. Circulan respuestas, cortas y largas, a este enigma.

Las respuestas largas se explican con complejos tecnicismos legales y categorías económicas, tales como “incentivos perversos”, porque los gobiernos de los petroestados son maniacodepresivos.

Ocurre que, en tiempos de alza de precios (la fase maniaca), al petromandatario le da por hacer suyas competencias que, ordinariamente, funcionarían mejor en manos privadas, y por acometer también otros múltiples y hercúleos trabajos (“ahora sí alcanzaremos al primer mundo, ahora todo puede hacerse, ahora todo debe hacerse”), en lugar de gestionar eficientemente la lucha contra el crimen, fumigar los charcos que crían la chikunguya o recoger puntualmente la basura. Y tornarse ahorrativos, desde luego: guardar fondos para cuando bajen los precios, algo que jamás hemos hecho.

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