Abonan a esta hipótesis muchos elementos, como el relatado a quien escribe por un colega profesor de la UCV, simpatizante temprano del chavismo: a fines de 1998 había acudido con su grupo a una cita con el entonces Presidente Electo en La Viñeta a fin de exponerle la visión que tenían de la universidad y las políticas que sugerían seguir en relación a ella, pero los interrumpió abruptamente uno de los asesores de Chávez, también profesor universitario de dilatada trayectoria, para afirmar que cualquier política en esa dirección debía empezar por la intervención de la UCV.
No se trata de un caso aislado: hace pocos años un colega de mi propia Facultad, reconocido con las mayores distinciones, la descalificaba junto a la UCV en un virulento artículo de prensa escrito ¿mera casualidad?- pocos días después de que su hija fuera derrotada en las elecciones decanales. El comportamiento se repite, sobre todo con el silencio cómplice ante las agresiones físicas y presupuestarias contra las universidades, por parte de profesores y antiguas altas autoridades hoy en posiciones de gobierno: una minoría que causa honda vergüenza. Otras veces me he referido a la ecuación de las 3 T’s (tecnología + talento + tolerancia) para explicar cómo, la innovación y el progreso científico, que son claves si se quiere contar con ciudades eficientes y que ofrezcan alta calidad de vida a sus habitantes, son imposibles sin tolerancia, de modo que toda conducta intolerante revierte contra la ciudad y los ciudadanos. Pero para superar el escollo es menester entender dónde se originan ellas.
En su magnífica novela O César o nada M. Vázquez Montalbán puso en boca de Maquiavelo una frase terrible: «La corrupción es más tolerable que el fanatismo»; ahora nos atrevemos a glosarlo afirmando que la ignorancia es más tolerable que el resentimiento: allí está la principal fuente de los males que nos ahogan y corroen nuestras urbes. Ese es el tumor a extirpar.
@marconegron


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