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sábado, junio 13, 2026

Academia de Ciencias Económicas pidió transparencia en reestructuración de deuda


jueves, abril 11, 2024

Economistas del ANCE proponen una guía práctica para la estabilización de la economía


ACADEMIA - clases - ANCE

El presidente de la Academia Nacional de Ciencias Económicas (ANCE), Leonardo Vera, moderó un conversatorio en el que participaron los economistas Gustavo García Osio, Carolina Pagliacci, Pedro Palma y Omar Zambrano, en un intento por llevar a cabo un ejercicio de reflexión sobre un panorama hipotético en el que Venezuela empiece a aplicar las medidas necesarias para salir del atolladero económico


La Academia Nacional de Ciencias Económicas (ANCE) dieron inicio al Segundo Congreso de Economía este miércoles 10 de abril, espacio en el que recomendaron una serie de prácticas que podrían dar forma a una política multidimensional de estabilización de la economía que apunte al crecimiento económico sostenido y sostenible.

Los economistas Gustavo García Osio, Carolina Pagliacci, Pedro Palma y Omar Zambrano disertaron sobre las realidades y necesidades actuales de la economía venezolana, enfocándose en las condiciones actuales de las políticas fiscal, monetaria, cambiaria y salarial que aplica la administración de Nicolás Maduro.

Todos los expertos coincidieron en que es necesario aplicar una política de estabilización en torno a estas cuatro aristas para alcanzar un punto de equilibrio que fomente el entorno económico propicio para afrontar una senda de crecimiento adecuada.

Así lo explicó el presidente de ANCE, Leonardo Vera, al inaugurar el congreso, aclarando que se trata de un ejercicio de reflexión sobre un panorama hipotético en el que Venezuela empiece a aplicar las medidas necesarias para salir del atolladero económico en el que se encuentra sumergida desde hace, al menos, una década.

«La academia nacional de ciencias económicas celebra el comienzo de unas extraordinarias jornadas de reflexión y análisis enfocadas en la posibilidad de traer estabilidad a la economía de Venezuela y sentar las bases para la consecución de crecimiento sostenido, sostenible e inclusivo», recalcó.

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En este sentido, los académicos coincidieron en grandes aspectos, al remarcar la urgencia que tiene Venezuela por recuperar la autonomía de sus instituciones financieras, como el Banco Central de Venezuela, así como la reinserción en el sistema financiero internacional para acceder a líneas de crédito de la mano de multilaterales en el marco de un plan de estabilización de mediano y largo plazo, la importancia de la reestructuración de la deuda y la recuperación del poder adquisitivo de la población.

Estructura fiscal ineficiente

En materia de política fiscal, García Osio resaltó el desbarajuste que mantiene Venezuela, motivado por un problema de «dominancia fiscal» originada por la elevada deuda y niveles persistentes de déficit fiscal, en los que el Gobierno tiene más pagos pendientes que dinero disponible.

Por lo tanto, sostiene que la finalidad de un hipotético programa de reforma fiscal tendría que apuntar a lograr una estabilidad económica con bajos niveles de inflación y fortalecimiento de las reservas internacionales, en el que se reestructure la deuda pública, se supere la crisis humanitaria compleja, fomente el crecimiento económico y estimule la generación de empleos formales. Para ello, se enfoca en los siguientes puntos:

  • Eliminar el financiamiento monetario vía BCV. Esto pasaría por modificar las leyes que regulan actualmente la actividad del ente emisor, otorgándole una mayor independencia y limitando su dependencia de la renta petrolera que aporta Petróleos de Venezuela (Pdvsa).
  • Reinsertar a Venezuela en el sistema financiero internacional, con énfasis en el Fondo Monetario Internacional, lo que facilitaría el acceso a créditos para financiar programas de recuperación.
  • Iniciar un proceso de reestructuración de la deuda externa y reinstaurar relación con todos los acreedores de Venezuela.

Con esta base, se podría plantear un programa de inversión que fomente la asistencia social y la recuperación de los servicios públicos.

«El programa tendría que implicar una reducción de subsidios y focalizarlos a subsidios a la demanda focalizados por segmentos de ingresos, dirigidos a los más necesitados. Los subsidios generalizados muchas veces benefician más a los sectores de mayores ingresos que a los de menores ingresos», argumentó.

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En este escenario, el Estado tendría que reducir su tamaño y ceder un mayor protagonismo a las empresas privadas, que reciban concesiones para encargarse de la operación de sectores claves, como el petrolero. De igual forma, implicaría una reformulación de las prácticas tributarias, con la aplicación de impuestos más coherentes y equitativos, sin conceptos como el Impuesto a las Grandes Transacciones Financieras (IGTF).

«Se necesitan recuperar los fundamentos de un sistema tributario eficiente y equitativo. Ha habido una proliferación de impuestos, algunos de ellos sumamente distorsionantes, como el IGTF. En Venezuela hay una presión fiscal elevada. Eso es un factor de que desestimula la inversión privada y la generación de empleos fiscales», sostuvo.

Control bimonetario

Desde mediados de 2019, el Gobierno abrió las puertas al uso del dólar, después de que el bolívar perdiera sus principales funciones como moneda, por lo que Venezuela se estructuró como un sistema bimonetario en el que se utilizan tanto bolívares como dólares.

Los economistas que participaron en la discusión estuvieron de acuerdo en que es preferible descartar la idea de migrar a una economía totalmente dolarizada, como la de Ecuador, puesto que impediría ejecutar una política monetaria controlada desde el BCV.

Al respecto, Carolina Pagliacci razonó que el BCV debe asumir las riendas de la creación primaria del dinero, que en los últimos años ha dependido más bien de la renta petrolera a través de la compra directa de títulos del BCV por parte de Pdvsa.

La reestructuración de las leyes que dictan la política monetaria debe procurar eliminar la venta obligatoria de divisas petroleras al BCV, así como las cuentas del sector público en el seno del ente emisor.

Después de superar esta restricción, la política monetaria debe centrarse en generar las condiciones propicias para que el financiamiento de las empresas se ejecute a través del sistema financiero, promover la creación de empresas y su acceso a diferentes mercados, y también minimizar factores que aumentan los costos de producción, para así dinamizar la economía productiva.

La experta explicó que, históricamente, el BCV ha aplicado políticas restrictivas que limitan el crecimiento de la masa monetaria en un intento por controlar la inflación, como está ocurriendo en este preciso instante, pero que no necesariamente deben prevalecer estos patrones para estabilizar la economía.

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Sobre este punto, Pedro Palma acota que el programa de estabilización no debería depender, bajo ningún concepto, del anclaje del tipo de cambio a través de la intervención cambiaria, como ocurre en estos momentos.

«La política cambiaria es un componente importante en el plan de estabilización, no una política aislada. No debe buscar la estabilidad de los precios a través del tipo de cambio. La política cambiaria debe ser dinámica, no una que busque una fijación del tipo de cambio, sino con la existencia de una moneda local que fomente su uso», razonó.

Para que este panorama sea posible, Palma aboga por la aplicación de «reglas del juego claras y perdurables», que dependerían, posiblemente, de un acuerdo político para que su cumplimiento se respete indistintamente del Gobierno que esté al mando en ese momento.

A esto se suma un proceso de capitalización de los bancos, que deben recuperar su función principal de intermediadores para robustecer el sistema financiero, lo que pasa a su vez por el fortalecimiento del bolívar o de una nueva moneda de uso local, incluso a pesar de que se mantenga el uso del dólar.

«Esta va a ser y continuar siendo una economía bimonetaria, donde el dólar va a seguir teniendo un papel fundamental, pero hay que tratar de delimitar el papel que juegue dentro de la actividad económica mientras se fortalece una moneda nacional que cumpla con sus funciones de reserva de valor, medio de pago y unidad de cuenta. El uso de la moneda local es lo que va a posibilitar que aquí se puedan implementar políticas monetarias y cambiarias efectivas», aclaró.

Protección social y reinserción laboral

Otro de los puntos críticos que comprometen el crecimiento económico tiene que ver con la pérdida de talento humano y la disminución del mercado laboral, aunado a una pérdida sustancial del ingreso económico de las familias, que deja una combinación de escasa producción y peor poder adquisitivo.

Estudios de la consultora Anova presentados por su director, Omar Zambrano, sugieren que el insuficiente stock de capital humano va a ser una barrera importante a superar si se quiere aplicar cualquier programa de estabilización.

De acuerdo con el economista, el problema pasa por niveles elevados de pobreza, por una cifra desproporcionada de personas fuera del mercado laboral y también por una reducción de calidad del talento humano.

Proyecciones de Anova indican que los niveles de pobreza se ubican en 85,1% y de pobreza extrema en 64,9%. Si se focaliza esta cifra al sector privado, que es el más activo y dinámico en la economía, el porcentaje de pobreza se sitúa en 69,4%.

«El salario, aún en los sectores más dinámicos de la economía, no está siendo suficiente como para soportar condiciones de vida mejores de los que observamos», destacó.

Por su parte, los datos alertan que la población con estudios ha disminuido sustancialmente, a tal punto de tener un retroceso promedio de dos años de estudio en la población económicamente activa en un período de apenas siete años.

Si se suman los años de estudio y de experiencia laboral que sumaban las personas que acabaron migrando en este período de tiempo, Anova estima que el país habría perdido unos 95,6 millones años de experiencia y 53,6 millones de años de formación académica.

A estos factores se suma una cifra alarmante de 7,5 millones de venezolanos en edad económicamente activa que no generan ingresos autónomos al estar aislados del mercado laboral.

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Este conjunto de elementos obligan a crear un sistema de protección social como parte de la solución en cualquier tipo de programa de estabilización a futuro, que ofrezca apoyo a los segmentos de la población más perjudicados por la crisis económica actual.

«Nuestra premisa es muy sencilla. La recuperación de las condiciones de vida de los venezolanos pasa por el proceso de estabilización económica, la reanudación del crecimiento económico robusto, duradero y sostenible, y la reconstrucción del sistema de protección social», razonó.

Zambrano sugiere que el programa de protección social de emergencia se extienda durante unos dos o tres años y que tenga como finalidad el alivio temporal de la pobreza, la amplificación del impacto de las remesas y una nueva institucionalidad que distribuya de forma más eficiente las herramientas de protección social, por lo que tendrían que rediseñarse —más no eliminarse— algunas de las misiones creadas por el chavismo.

Según las estimaciones de Anova, un programa de estas características podría costarle al Estado unos $4.500 millones anuales durante los próximos tres años.


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miércoles, enero 16, 2019

Balance económico 2018 Academia Nacional de Ciencias Económicas

Sexto año consecutivo de contracción económica

2018 registra el peor desempeño de la economía venezolana en muchos aspectos. La economía se redujo en 18% según el Fondo Monetario Internacional (FMI). Para la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), fue del 15%. Ha sido el sexto año consecutivo de contracción, arrojando una caída del ingreso por habitante en torno al 50%, el peor desempeño conocido para un país no incurso en una guerra. El hecho de corresponder con el período íntegro de gobierno de Nicolás Maduro no es coincidencia, sino resultado de perpetuar un conjunto de políticas adversas al bienestar de la población, cuyos efectos negativos se hicieron aún más visibles una vez retrocedieran los precios internacionales del crudo desde los niveles extraordinarios alcanzados entre 2008 y 2014. Estas políticas han desatado una pavorosa hiperinflación que ha devastado el tejido económico, arruinando a la inmensa mayoría de los perceptores de ingreso. En consecuencia, han producido un empobrecimiento acelerado de los venezolanos, con sus trágicas secuelas de hambre, enfermedades y muertes.

A lo largo de este período, la ANCE, por su cuenta o acompañada por las otras Academias Nacionales, ha hecho numerosas recomendaciones al gobierno, instándolo a rectificar y a instrumentar un conjunto de acciones y medidas para superar el grave deterioro en las condiciones de vida de la población. Asimismo, calificados economistas han reiterado tales señalamientos en presentaciones diversas y entrevistas. El gobierno, no obstante, ha insistido en mantener sus políticas, lo que lleva a concluir que persigue deliberadamente objetivos contrarios al bienestar de los sectores mayoritarios de la población.

La hiperinflación

El problema crucial que hoy aqueja a los venezolanos en lo económico es el de la hiperinflación. El año que culmina registra un alza general de precios de casi 1.700.000 % según la Asamblea Nacional, único órgano oficial que publica cifras al respecto. Ello es resultado del desequilibrio abismal entre una demanda por bienes y servicios producida por políticas fiscales y monetarias que multiplicaron los dineros del público varios centenares de veces durante el año (1), y una oferta que caía estrepitosamente (2). Además, al entrar la economía en hiperinflación en noviembre de 2017, desapareció toda confianza en el bolívar: la urgencia por gastarlo cuanto antes multiplicó su velocidad de circulación, impulsando aún más la vorágine de los precios en ascenso y retroalimentando las expectativas hiperinflacionarias.

Trágicamente, el gobierno se limitó sólo a quitarle cinco ceros a la moneda para conformar, a comienzos de septiembre, una nueva unidad monetaria. Al no rectificar sus políticas, la hiperinflación venezolana se convirtió en una de las más prolongadas, magnificando sus estragos sobre la población y reduciendo la capacidad de compra de la nueva moneda al cerrar el año a apenas un 2% de cuando se emitió. Desde que el país entró en hiperinflación, el salario mínimo, incluyendo bono de alimentación, vio contraer su poder adquisitivo en más de 96%, a pesar de haberse incrementado en cinco oportunidades.

(1) Hasta el 28 12 2018, la liquidez monetaria se había incrementado 650 veces, la base monetaria 423,7 veces.
(2) Las importaciones se mantuvieron estancadas en niveles inferiores a la quinta parte de las del año 2012.
 
Una gestión pública violatoria del ordenamiento constitucional


En la génesis de tal disrupción se encuentra una gestión pública caracterizada por gastos muy por encima de los ingresos, arrojando déficits superiores al 20% del PIB. Por el lado de los ingresos, la hiperinflación desatada redujo significativamente el valor real de la recaudación tributaria (efecto Olivera- Tanzi). A ello se añade la exoneración por decreto a PdVSA y las demás empresas mixtas (3) del pago del impuesto sobre la renta para el ejercicio fiscal 2018. La brecha entre los disminuidos ingresos y un gasto en expansión se cubrió con financiamiento monetario –el llamado dinero “inorgánico”. Éste aumentó más de 9.000 veces durante el año con la complicidad de un Banco Central que violó abiertamente su objetivo fundamental, establecido en el artículo 318 de la Constitución Nacional, que se expresa en “lograr la estabilidad de precios y preservar el valor interno y externo de la unidad monetaria.” (4)

Tampoco la gestión presupuestaria nacional observo el ordenamiento jurídico que debía regirla. El presupuesto para 2018, al igual que el del año anterior, no fue sometido a la consideración de la Asamblea Nacional, como pauta el numeral 6 del artículo 187 y el artículo 313 de la Constitución (5). Los créditos adicionales, inflados por la hiperinflación, tampoco fueron aprobados por el órgano legislativo, como contempla igualmente el artículo 187. Alegando un “estado de excepción”, el Ejecutivo aprobó un decreto de emergencia económica, sin la autorización de la Asamblea Nacional estipulada en el artículo 339 de la Carta Magna, que ha prolongado indefinidamente, en desapego a la limitación que impone su artículo 338 (6). Arbitrariamente se arrogó la potestad de ejecutar gastos al margen de los mecanismos constitucionales de control y supervisión, sin rendir cuentas y en ausencia total de transparencia, práctica que se ha prestado a todo tipo de irregularidades en contra de los intereses de la Nación.

(3) Decreto 3.569, Gaceta Oficial N° 41.452 del 2 08 2018.
(4) El aumento del salario mínimo más de 34 veces y el “bono de adaptación” al nuevo cono monetario que se introducía decretados el 17 de agosto, multiplicó por 15, en una sola semana, la emisión de dinero sin respaldo por parte del BCV.
(5) El Tribunal Supremo de Justicia se arrogó la aprobación del presupuesto de 2017. El de 2018 fue aprobado por una asamblea constituyente írrita.
(6) Su duración será de sesenta días, prorrogable una sola vez por igual lapso con aprobación del cuerpo legislativo nacional.

Un artilugio que retroalimenta la hiperinflación

El desconocimiento de las atribuciones de la Asamblea Nacional rompe con el equilibrio de poderes, consustancial a la República. El Ejecutivo se arroga potestades legislativas, conformando para sí una especie de “ley habilitante” permanente que ampara gastos sin control ni freno alguno, apoyándose a veces en una “asamblea constituyente” írrita y/o en un Tribunal Supremo viciado. Durante 2018 fue imposible disponer de información clara y oportuna de la ejecución presupuestaria, ni conocer las bases de su formulación para 2019. En tal contexto, el Ejecutivo asumió compromisos sin plan ni concierto ante el agravamiento de las penalidades de la población causado por sus políticas. Multiplicó dádivas, bonos y transferencias en especies a través de un programa discrecional de reparto sujeto a la posesión de una tarjeta de racionamiento llamada “carnet de la patria”, un sistema de control social --clientelar en extremo— que busca evitar protestas ante la disminución estrepitosa de la remuneración real de los venezolanos. Se instituyó así un círculo vicioso en el que el mayor gasto del gobierno no puede sino financiarse con la emisión de dinero sin respaldo, alimentando aún más la dinámica hiperinflacionaria.

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