Cuando Venezuela venció a Estados Unidos y ganó el Clásico Mundial de Béisbol en marzo, las imágenes de un jonrón en la quinta entrada se hicieron virales. Lo mismo ocurrió con los videos del lanzador Eduard Bazardo tocando un tambor en la cueva mientras sus compañeros aplaudían y bailaban. Fue una escena que a algunos periodistas deportivos veteranos les costó describir.
“Los periodistas japoneses se me acercaron y me preguntaron: ‘¿Qué están haciendo?’”, dijo Daniel Álvarez-Montes, director del sitio web de noticias deportivas El Extrabase. Álvarez-Montes les explicó en qué consistía el baile de los tambores, que surgió entre los esclavos de las plantaciones de cacao y café de Venezuela en el siglo XVII. En los tambores, los bailarines entran y salen de un círculo, contoneando las caderas y girando al ritmo del tambor.
Puede que los tambores no sean tan conocidos como otros bailes latinos como el merengue, la salsa y la bachata, pero eso está empezando a cambiar con la migración de millones de venezolanos hacia Europa, otros países de Sudamérica y Estados Unidos. Los miembros de la diáspora están redescubriendo sus raíces culturales y actuando como embajadores de la música y el baile de su país.

En Nueva York, el 20 de junio, el Lincoln Center ofrecerá su cuarta presentación anual de tambores como parte del programa Summer for the City. Empezará con una procesión de tambores y culminará con canciones de llamada y respuesta y bailes en la Hearst Plaza.
Jeickov Vital, creador de Tambores Bombayá, un grupo musical que hace presentaciones y da talleres por todo Estado Unidos, viajará a Nueva York desde Savannah, Georgia, para el evento. Dijo que había visto cómo los venezolanos se habían involucrado más con su patrimonio cultural durante el segundo gobierno de Donald Trump. Con la banda venezolana Tren de Aragua en las noticias y lo ocurrido con Nicolás Maduro, el expresidente del país, Vital dijo que había observado que los venezolanos estaban deseosos de proyectar una imagen positiva. “La gente quería dejar saber que no somos todos así”, dijo.
“Cuando te tratan como ‘el otro’ es cuando vuelves a conectar con tu cultura natal”, dijo Mariana Martín Capriles, quien vive en Nueva York y es DJ bajo el nombre de MPeach. En un reciente viaje a casa, dijo que le llamó la atención el resurgimiento de los tambores en las discotecas e incluso en las calles de la ciudad. “Lo que ves en el extranjero, multiplícalo por diez”, dijo. “Es una forma de que la gente se sienta orgullosa de lo que se creó en Venezuela, algo que es nuestro”.

En el evento del año pasado en el Lincoln Center, los venezolano-estadounidenses acudieron en masa, agitando banderas blancas y llevando sombreros de paja con cintas en el ala. Los tambores son la esencia de esta danza; varían en tamaño, pero están hechos de madera y cubiertos con piel de animal. Junto a los percusionistas, algunos hombres agitaban maracas y las mujeres ondeaban pañuelos rojos mientras cantaban “Qué lindo se ve San Juan”.
Estaban celebrando el Festival de San Juan Bautista, la festividad más estrechamente relacionada con los tambores. Coincide con el solsticio de verano y probablemente era uno de los pocos días libres que tenían los trabajadores esclavizados. Como parte del festival, se lleva una estatua de madera de San Juan a la misa matutina y luego se hace una procesión por las calles.
Tras la procesión en el Lincoln Center, los participantes formaron un círculo por el que los bailarines entraban y salían saltando. Movían las caderas y extendían los brazos, girando sin parar. Después de alrededor de un minuto, a los que estaban en el centro los tocaban en el hombro para dejar paso a alguien nuevo. La gente solía bailar en parejas de distinto sexo. Casi nunca se tocaban, pero la impresión general era innegablemente sensual.


Durante la mayor parte de la historia de Venezuela, el Día de San Juan no se celebraba a nivel nacional. Los afrovenezolanos solían estar aislados a lo largo de la costa del país y, cuando se mudaban a las ciudades, solían hacerlo para trabajar en el sector servicios. “No se consideraba que tuvieran una cultura digna de ser representada”, dijo Mesi Bakari-Walton, profesora adjunta de español y estudios de la diáspora africana en la Universidad de Howard.
Eso empezó a cambiar en la década de 1980. Los grupos Un Solo Pueblo y Tambor Urbano comenzaron a dar a conocer las canciones folclóricas venezolanas a un público más amplio. Choroní, una localidad costera de Venezuela, desarrolló una industria turística sólida en torno a los tambores; las vacaciones se podían pasar descansando en la playa durante el día y bailando al son de los tambores por la noche. Y los tambores se convirtieron en la despedida favorita en las bodas de la alta sociedad, que antes solían terminar con mariachis.
Mi madre es venezolana, y aprendí a bailar los tambores imitando los movimientos de mis primos. Mi corazón siempre se aceleraba a mil cuando me metía en medio del círculo, y no solo porque el baile sea rápido. Los tambores requieren arrastrar una pierna mientras usas la otra para moverte en círculo, girando el tronco todo el tiempo. “¡Rompe las caderas!”, me decían mientras intentaba seguir el ritmo.
Durante mi infancia, en la década de 1980, la migración desde Venezuela era muy poco habitual. Sin embargo, el colapso de la economía del país desencadenó un éxodo masivo. Desde 2014, unos ocho millones de venezolanos han abandonado el país. Ahora hay aproximadamente 800.000 tan solo en Estados Unidos.
Estos inmigrantes provocaron un resurgimiento de los tambores. Willie Quintana llegó a Nueva York en 2015 y, dos años más tarde, fundó junto a Daniel Prim el grupo musical Tambor y Caña. Cuando los venezolanos empezaron a llegar a Nueva York en mayor número en 2022, algunos recién llegados encontraron a Quintana a través de las redes sociales. “La gente me escribía en Instagram, diciendo: ‘Estoy en un shelter en Brooklyn y traje mi tambor. ¿Puedo tocar con ustedes?’”, comentó.

Las presentaciones han dado a los venezolanos en Estados Unidos un lugar donde pueden experimentar un un sentido de pertenencia. Andreina Torres Angarita, quien imparte clases de estudios urbanos en el Barnard College, dijo que los venezolanos en Nueva York no tienen barrios consolidados a los que mudarse o donde conocer a otros inmigrantes, como era el caso de los dominicanos en Washington Heights o los colombianos en Jackson Heights. “Están dispersos”, dijo Angarita. “La danza y la música ofrecen espacios donde la gente puede conectar”.
En 2022, Quintana se asoció con un grupo de neoyorquinos de ascendencia venezolana para organizar una procesión de San Juan que cruzó el puente de Williamsburg. Carlos Chirinos, profesor adjunto de música en la Universidad de Nueva York y curador de música latina en el Lincoln Center, se enteró e invitó a Quintana a encabezar un evento de San Juan en el Lincoln Center al año siguiente. “Los venezolanos, sobre todo los venezolanos negros, se sienten representados en San Juan”, dijo, lo que encaja perfectamente con el compromiso del centro de dar visibilidad a la cultura de todos los neoyorquinos.

La noticia de un evento de San Juan en una de las instituciones culturales más prestigiosas del mundo entusiasmó a la diáspora. Vital voló a Nueva York con sus cuatro hijos para participar en la procesión. Grace Salamanca, una bailarina de tambores de Miami que imparte clases magistrales por toda la costa este de Estados Unidos, voló hasta allí para participar. Ronaldo Cardenas, un chapista de Tennessee, alquiló un coche y condujo 18 horas con otros dos venezolanos. Desde entonces, ha creado su propio grupo de tambores en Nashville. “Me endeudé comprando todos los tambores y disfraces y franelas”, dijo. “Pero valió la pena”.
Los tambores también están influyendo en la música y la danza en un sentido más general. MPeach, sobrina de los fundadores de Un Solo Pueblo, lleva años tocando lo que ella llama “tambor electrónico”. Dennis Gutiérrez, un DJ conocido como DNS, escuchó el ritmo de los tambores en discotecas de Nueva York y empezó a incorporarlo a su sesión en el Café Citron de Washington, D. C. “Si quieres que la gente se lance a la pista de baile”, dijo, “pon ‘Ley o ley o ley’”, un estribillo típico de los tambores.

El Lincoln Center contará con otro músico venezolano que hace un uso creativo de los tambores: Orestes Gómez. Él se presentará en el David Rubenstein Atrium el 26 de junio. Su álbum No me fui porque quise mezcla jazz, hip-hop y ritmos afrocaribeños en canciones que hablan de la experiencia de la diáspora venezolana.
Para algunos puristas, esta versión de los tambores no es lo que ellos llevan años perfeccionando. Chirinos, sin embargo, señala que la música de los tambores siempre se ha transmitido oralmente y que, sin duda, ha evolucionado con respecto a cómo se interpretaba hace cientos de años.
“La tradición no sobrevive solo porque la gente la difunda”, dijo. “Sobrevive cambiando y llegando a públicos que no la conocen”. Quizás hasta el punto de que la próxima vez que un vídeo de tambores se haga viral, la gente no tenga que pedir un tutorial: ya lo habrá visto, o incluso lo habrá bailado.

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