El extremismo ideológico existió en todos los tiempos y siempre adoptó banderas de virtuosismo y altruismo social para juzgar y condenar a priori a sus adversarios.
Los “dueños de la verdad” se autoeligen para juzgar y condenar a quienes difieren de sus postulados, calificándoles de inmorales y endilgándoles cuanta descalificación o epíteto se viene a la mente
El actual “progresismo woke” – promotor del populismo socialista – no es más que una simbiosis entre Savonarola, Torquemada y los viejos puritanos de Nueva Inglaterra que marcaban con una letra escarlata a cuantos acusaban de pecadores.
Nada sorprende que algunos se identifiquen con esos musulmanes más radicales que consideran tener a Dios y la justicia en su mano para fulminar a quien ose pensar o actuar distinto.
Un factor común de esa siniestra es la indignación, el odio, el resentimiento y la envidia contra cuantos tengan cualquier tipo de éxito material en la vida.
Hoy algunos califican de “Santa Alianza” – con despectiva ironía – a las coincidencias que emergen entre las mayorías estadounidenses y otras sociedades que adversan ese “progresismo” puritano y totalitario.
Pero lo que surge en todas partes más parece una reacción generalizada contra los excesos y estrepitosos fracasos de la gran estafa izquierdista-populista.
Es también evidente que esa reacción de las bases a veces viene acompañada de cierta demagogia torpe y rudimentaria, donde ciertos voceros “antipolíticos” recurren a gestos y expresiones muy básicos, pintorescos y para muchos ofensivos.
La novedad no es una tendencia retrógrada como la efímera “Santa Alianza” de Metternich y mucho menos “fascista”: Epíteto favorito de los “progresistas” totalitarios para descalificar a todo el que les contradiga.
El nuevo movimiento en el fondo trae implícito el deseo de volver a la lógica, el equilibrio y un sentido común pragmático – desprovisto de ideologías y sueños utópicos – en el quehacer político y económico.
Lo que realmente parece estar sucediendo es que las grandes mayorías se están despertando ante la señal más efectiva para detectar tanto el “progresismo” totalitario como el auténtico fascismo:
Y esa alarma que eventualmente los desenmascara es la narrativa hipócrita, repleta de calificativos y argumentos que culpabilizan a los sectores más adelantados de todos los males sociales, agitando odios y guerras entre clases y razas, y aplicando generalizaciones para resaltar, exagerar o aún fabricar situaciones indeseables o repudiables.
Por sus narrativas de enfrentamiento y descalificación los conoceréis.

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