La base de una sociedad libre es la capacidad de participar en política sin miedo a la violencia. Perder eso es arriesgarse a perderlo todo. Charlie Kirk —y su familia— acaban de perderlo todo. Como país, también nos acercamos un paso más a perderlo todo.
Llevamos tiempo acercándonos. En 2020, el FBI frustró un complot para secuestrar a Gretchen Whitmer, gobernadora de Míchigan. En 2021, una turba asaltó el Capitolio para intentar anular el resultado de las elecciones y se encontraron bombas de tubo en las sedes del Comité Nacional Demócrata y Republicano. En 2022, un hombre irrumpió en el domicilio de Nancy Pelosi, entonces presidenta de la Cámara de Representantes, con la intención de secuestrarla. Ella estaba ausente, pero el intruso agredió a su marido, Paul, de 82 años, con un martillo, y le fracturo el cráneo. En 2024, el presidente Donald Trump estuvo a punto de ser asesinado. Ese mismo año, Brian Thompson, director ejecutivo de UnitedHealthcare, fue asesinado.
En 2025, se lanzaron cócteles molotov contra la casa del gobernador de Pensilvania, Josh Shapiro, durante la Pascua judía. Melissa Hortman, expresidenta de la Cámara de Minnesota, y su marido fueron asesinados, y el senador estatal John Hoffman y su esposa resultaron gravemente heridos por un hombre armado. Y el miércoles, Kirk, fundador de Turning Point USA, fue asesinado por un disparo durante un discurso en la Universidad de Utah Valley.

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