
Fue el 22-O un domingo electoral. Probablemente fue también un día cuyas consecuencias serán decisivas, no solo para los países en donde las elecciones tuvieron lugar, también para toda la región. De ahí que, hasta los medios europeos –los que no suelen ocuparse demasiado del acontecer latinoamericano– remarcaron en sus noticieros las primarias venezolanas y la primera vuelta de las elecciones argentinas.
Interesante es constatar que ninguna de esas elecciones es definitiva. Sin embargo, una fue sorprendente y la otra espectacular. Las argentinas, sorprendentes, porque nadie, ni siquiera los peronistas, esperaban el más bien holgado triunfo de Sergio Massa (37%) que le permitió pasar a una segunda vuelta contra Javier Milei (30%). La segunda, espectacular, porque sucedió lo que todos en Venezuela sabían que iba a suceder: unas primarias que consagraron a María Corina Machado como líder única de la oposición venezolana.
El dilema venezolano
La oposición venezolana venía de un largo viaje de regreso. Desde el 2015 –dada la epidemia abstencionista que comenzó a incubar bajo la dirección del llamado G-4 – no enfrentaba con seriedad un evento electoral. El 2018 esa oposición regaló el gobierno a Maduro.
Ningún pretexto pudo ocultar lo que las primarias de 2023 revelaron: que esa oposición no tenía candidato porque nunca llegó a alcanzar un mínimo acuerdo para tener uno.
Dominada por sus sectores más extremistas, fue forzada a participar en un proceso insurreccional que no tenía ni sabía cómo enfrentar. El año 2019, cuando masas enfervorizadas se juramentaron ante Guaidó en su calidad de presidente de la AN asumiendo un tropical interinato que desconocía la legalidad de Maduro, y poniendo un extraño «fin de la usurpación» como primera meta, profundizaría aún más el desmembramiento de partidos que lo único que sabían hacer –y lo habían hecho bien– era participar en elecciones.
El fin del «gobierno interino» apoyado y financiado por Trump desde los EE UU, pareció poner fin a una fase de locura colectiva. Atrás quedaban los «macutazos», los intentos de golpes de estado (15-A), las frases desarticuladas de Guaidó en representación de su ventrílocuo Leopoldo López, los frentes amplios de la «clase académica», los embajadores imaginarios del presidente imaginario, y tantos otros episodios que hoy nadie quiere recordar en la oposición venezolana, entre otras razones porque tampoco nadie quiere someterse a crítica, ni mucho menos –salvo frases aisladas de Capriles y Rosales– a autocrítica.
Fue así, como de pronto, en medio del descrédito más grande, cuando toda esa faramalla desapareció, el G 4 redescubrió la vía electoral, llamando a primarias para definir al candidato que enfrentará a Maduro en la contienda presidencial del 2024.
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