Nostalgia de su antigua grandeza durante el período soviético impulsa la agenda de una superpotencia hoy apagada.
El largo proceso de transformación de Rusia desde la Revolución de 1917 aún no ha terminado, dicen los historiadores. En estos 100 años, la vida cambió innumerables veces y obligó a los ciudadanos, perplejos, simplemente a adaptarse. Después de siete décadas de régimen soviético, el mayor país del planeta perdió más de cinco millones de kilómetros cuadrados, mucho más que la mitad del territorio brasileño. Fue la mayor disminución territorial de la historia del siglo XX.
La ex superpotencia vio que su influencia política se redujo y lo mismo ocurrió con su importancia económica. Vivió y revivió momentos de caos. Pero aún quedan sobre el inconsciente colectivo los antiguos momentos de gloria: la heroica victoria en la Segunda Guerra Mundial, el desarrollo de la bomba atómica, la carrera espacial, la rivalidad con Estados Unidos.
La Rusia de 2017 está en busca de una nueva identidad. Es precisamente eso lo que el Presidente Vladimir Putin intenta construir con mano de hierro desde que asumió el mando en el 2000. En el poder hace casi dos décadas, el líder ruso defiende un nuevo proyecto de nación, siempre volviendo, tal vez de forma contradictoria, a la vocación imperial de esta que fue la segunda potencia del planeta. Su popularidad se alimenta, en cierto modo, de la nostalgia.
"La revolución de 1917 creó la tarea de modernización sistémica del país, de formar las instituciones de la sociedad civil y el Estado de Derecho. Eso es lo que todavía vivimos hoy. La agenda no está finalizada. Por eso, muchos historiadores defienden que la revolución aún no ha terminado", dijo a O Globo el investigador Kirill Soloviev, del Instituto de Historia de Rusia.
La nostalgia de las glorias pasadas impulsa la agenda del presente. Bajo la batuta de Putin, el imperio se reordena y flexiona sus músculos para reconquistar su lugar en el ajedrez de la geopolítica mundial. La retórica militar, por cierto, ha sido una constante en la Rusia de Putin y uno de los temas preferidos en la televisión del país, que muestra diariamente programas sobre guerras actuales y pasadas. Con ayuda del alza de los precios del petróleo y un escenario económico mundial favorable en la primera década en el poder (2000-2010), el líder ruso había dado al país una estabilidad no vista desde hace mucho tiempo. A cambio recibió apoyo de buena parte de la población y una aprobación que, hoy, incluso bajo sanciones, es del 85%.
"La revolución es un mito. Fue un cambio que interesaba a un grupo que quería tomar el poder. Benefició a algunos. La gente vivía mal, pasaba hambre. Nadie tenía nada. ¿La vida es óptima hoy? No. Aprendimos a convivir con la pobreza. Pero no cabe duda de que es una vida mejor", dijo Gleb Andreevich, ex profesor de historia, hoy vendedor en uno de los cientos de tiendas Evrocetr, de smartphones y accesorios.
Esa visión no es un consenso. La profesora Natalia Dimitrovna, de 52 años, habla con nostalgia de los tiempos de la Unión Soviética: "La estabilidad nos daba la tranquilidad de saber que todo estaría bien al día siguiente. Hoy, nadie sabe. ¿Y si pierdo el empleo?", indaga.
El pasado soviético todavía no es un asunto que esté en calma. Una de las mayores especialistas en Rusia, Masha Lipman -quien divide su tiempo entre Estados Unidos, donde enseña en la Universidad de Indiana, y Moscú, donde edita la revista Counterpoint- afirma que el país necesitaba una nueva identidad tras el fin de la URSS. Y explica que el proyecto de nación del actual líder ruso apunta a consolidar el poder político, promover el desarrollo económico y reconciliar los muchos lados de un país aún dividido. En 2016, Putin afirmó que existe "una única Rusia". Es de esta premisa, según Lipman, que parte su proyecto de nación, la que se renovó tras la anexión de Crimea en 2014. Rusia se habría convertido en una fortaleza rodeada bajo amenaza del enemigo de Occidente.
"Apoyar al líder no es solo una cuestión de lealtad, sino de seguridad nacional e incluso de identidad nacional. Ser ruso de verdad es apoyar a Putin y conmemorar la anexión de Crimea. El pensar diferente a eso es ser no ruso, no patriótico, y hasta un traidor", afirma.
Leer mas: http://diario.elmercurio.com/2017/11/05/internacional/internacional/noticias/D45F70A8-6720-4FF4-BD68-A2BCD00346D3.htm

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