Si es cierta la afirmación del barón Von Clausewitz, de acuerdo con la cual la guerra es la continuación de la política por otros medios, sería saludable analizar las consecuencias de dos maneras de asumir el diálogo, como ocurrió en Europa en los albores y en medio de la segunda guerra mundial, ahora cuando en Venezuela se debate de nuevo la conveniencia o no de un diálogo entre el gobierno y la oposición.
La primera forma de dialogar fue la que adoptó el primer ministro Neville Chamberlain cuando firmó con Hitler el Pacto de Múnich, permitiendo que Alemania se anexara los sudetes checoeslovacos porque de esa manera se calmaría al dictador alemán y se salvaba a Europa de una guerra. El gobierno Checo, por cierto, nunca estuvo presente en Múnich.
Chamberlain regresó a Londres (puede verse YouTube) y la BBC reseñó su llegada con el titular “El hombre que salvó a Europa”. En su discurso. El primer ministro dijo a los británicos. “podéis ir a dormir todos tranquilos a vuestras casas, nos esperan 200 años de paz en Europa”.
No se había secado la tinta de las firma del acuerdo cuando Alemania invadía a Polonia y comenzaba la II Guerra Mundial.
Hitler solo ganó tiempo con el acuerdo para acelerar la carrera armamentística germana.
Churchill, quien sucedería al bobo de Chamberlain, dijo en el momento de la firma. “usted tuvo que escoger entre la humillación y la guerra, y escogió la humillación que nos llevará a la guerra…”
Meses más tarde, y luego del desastre de Dunkerque con la amenaza de la invasión nazi a Inglaterra, de nuevo el embajador italiano se comunica con el gobierno inglés y sugiere un diálogo con Hitler para evitar la invasión. A cambio de su mediación (como un Zapatero cualquiera) Italia pedía la cesión de la isla de Malta. La decisión de Churchill, ya primer ministro, fue clara. “Ya sabemos con quién negociamos. Los ingleses pelearemos en los mares, en los montes, en las playas, en las calles de nuestras ciudades, pero no nos rendiremos, no nos rendiremos nunca…”
Hemos dicho muchas veces que el diálogo es consustancial a la política. Pero, como Churchill, hay que saber con quién se dialoga.
En Venezuela hay un gobierno militar, integrado por funcionarios que han amasado cuantiosas fortunas ilícitamente, y la mayoría de quienes ejercen sus altos cargos no pueden poner un pie fuera del país porque los atraparía la DEA. Además, su primera combatiente tiene sobrinos que han declarado que la droga que ofrecían pasaría sin controles por el aeropuerto y que usarían las cuentas de PDVSA para blanquear el dinero; que ponían sus yates y Ferraris como prueba de que eran “serios” en sus vinculaciones con el poder.
En Venezuela no dialogaríamos con un gobierno con déficit democrático que se ha equivocado en sus políticas económicas. ¡No! en Venezuela dialogaríamos con una clique que usa el poder sin escrúpulos para organizar el gran saqueo que han llevado a cabo.
Sin condiciones no es posible dialogar. Sin fecha del referendo y sin libertad de los presos políticos no es posible sentarse a conversar.
Si aceptáramos dialogar sin condiciones solo lograremos que la satrapía gane tiempo como Hitler lo ganó. Conversar sin condiciones es, como lo hizo Chamberlain,optar por una humillación que nos llevará a la guerra.
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