Por supuesto que no es suficiente para marcar la historia ser el primer negro en ser presidente de la nación más poderosa del planeta, aunque tiene un altísimo valor simbólico. Ni un premio Nobel bastante apresurado. Pero, probablemente, sí sus últimas actuaciones, justo cuando sus adversarios republicanos lo vencieron en las urnas y se hicieron del Congreso, cuando se podía augurar un fin de periodo presidencial gris, sin muchas expectativas.
Pues no, todo lo contrario. Nunca había brillado con más fuerza su estrella política, recogiendo algunas cosechas sembradas en años anteriores pero, sobre todo, asumiendo otras con mucho viento en contra.
Hay consenso en que Estados Unidos ha salido de la última crisis global y sus números macroeconómicos son cada vez más saludables. Sólo eso, después de un largo periodo de temor económico, le debería valer unos cuantos puntos en las encuestas y algunos adjetivos en los libros de historia. Pero nadie puede olvidar que, en contra del Congreso, logró asumir al menos un fragmento de la cuestión migratoria, una de sus grandes promesas, e impidió la expulsión de cinco millones de indocumentados. Y estamos seguros de que seguirá hacia adelante en ese espinoso tema. O la cuestión cubana que ha recibido un giro de ciento ochenta grados y que a no dudar va a implicar una redefinición de la política de las izquierdas latinoamericanas y mundiales, domeñada la última y triste guarida del marxismo estalinista mundial. Y seguramente abrirá un futuro más diáfano para la isla sometida tanto tiempo al yugo dictatorial y a la pobreza más infamante. Es una jugada de política internacional de una audacia poco frecuente.
Pero no es todo. Obama desde hace ya un par de años había definido como eje de su política económica la búsqueda de la equidad, en una sociedad ciertamente opulenta pero donde la desigualdad en la repartición de los bienes terrenales no hacía sino crecer hasta llegar a ese asombroso 1% de multimillonarios. Pues bien esas consignas igualitarias comienzan a concretarse a partir de su último discurso sobre el Estado de la Unión donde no sólo le aplica nuevos impuestos a los más ricos sino pone fin a la contención del gasto fiscal para atender y promover a los de abajo, por ejemplo en salud y educación. Tan osadas son sus políticas que el nuevo gurú de la economía progre, Piketty, las ha saludado calurosamente. Y Barack parece hasta haberle picado un ojo, en su última alocución, a los jóvenes griegos en el poder que también han decidido salir de una austeridad demasiado cruel y desigual.
La señora Roberta Jacobson se ha permitido bromear en estos días con la sorpresa que ha debido sufrir el gobierno venezolano con la nueva actitud norteamericana frente a Cuba. Y así es. Todo lo que hemos apuntado no hace sino más vacía y pueril la repetición invariable del discurso antiimperialista de las momias populistas que solo han quedado para destrozar países cuando caen, en sus malos ratos históricos, en sus fétidas garras.
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