Es la diabólica lógica del estatismo a ultranza. Cuando se cree que desde el Estado se puede regimentar y manipular a voluntad el complejo fenómeno económico, fatalmente se rueda por el despeñadero de controles y más controles.
Que el Estado tiene en toda sociedad moderna, por liberal que sea su política económica, algún rol regulador; que el Estado, en nombre de toda la sociedad, tiene el deber moral de velar por los sectores más pobres y por los más vulnerables de la población, procurando hasta donde sea posible nivelar desigualdades de origen y crear condiciones que propicien una cierta igualdad de oportunidades (buena educación, buen sistema público de salud, etc.); que todo ello interesa al conjunto social porque más que gasto social es necesaria inversión en capital humano; incluso que en determinadas circunstancias, el Estado puede intervenir como agente económico que estimule el incremento de la demanda agregada, es algo que nadie duda (al menos del New Deal a nuestros días). Pero si se parte de la premisa según la cual es el mercado el más eficiente asignador de los recursos, dado que sólo millones de productores individuales y colectivos permiten crear la riqueza que compense la escasez estructural de toda sociedad humana, entonces todo consiste en saber dónde está el límite, la raya amarilla de esa injerencia del Estado. Tanto mercado como sea posible, tanto Estado como sea necesario.
Pero si usted desconfía ideológica/patológicamente del mercado aunque sabe que no puede suprimirlo, entonces estatiza hasta tal punto la economía que el mercado se inhibe y se atrofia produciendo fenómenos como la inflación y la escasez. Crea un control para suprimir algún "vicio" capitalista, pero entonces, como los ríos caudalosos cuyo rumbo se intenta torcer artificialmente, la economía busca otros senderos por los que conducir sus ímpetus (senderos no siempre ortodoxos ni muy éticos) a lo que usted entonces debe aplicar un nuevo control, y así sucesivamente en una progresión geométrica que al final siempre desemboca en los inevitables programas de liberación y de ajustes, de modo de reconocer esa fuerza natural que de suyo implica el fenómeno económico, el intercambio de mercancías (incluida la del dinero y la de la fuerza de trabajo) entre los seres humanos. Y mientras más tardíos socialmente más costosos en particular para los más pobres. Remember Caldera 1997.
Lo ha dicho el diputado Faría (PSUV) recientemente: el gobierno, si admite que la economía determina casi siempre a la política, debería percatarse de que si no lo hace a tiempo, una economía alicaída (Faría dixit) puede constituir un escollo insuperable para el PSUV de cara a las elecciones parlamentarias. A quien gobierna pero en general a los pueblos, le debería ser ya hoy claro que tomar las medidas terapéuticas necesarias en el plano de lo económico (liberación del cambio, incremento en el precio de los combustibles, sinceración de precios, etc.) es costoso, política y socialmente, pero que sólo hay algo más costoso: no tomarlas.
Fuente: http://www.talcualdigital.com/

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