La ciudad cumple hoy 485 años y el prisma a través del cual la cantó el poeta está lleno de asombros. (Foto: José Nava)
La obra de Hesnor Rivera se pierde entre los años 40, cuando inicia su largo peregrinar por la metáfora, el vino y las alucinantes mujeres que aman hacer el amor. En muchos de sus textos acude a la ciudad nativa para embriagar de imágenes las líneas del misterio. Maracaibo se descubre escondiéndose en una suerte de rito sagrado que devela las muecas y las ranuras de su cultura, de sus colores, de sus sueños.
Hesnor se fuga. Se transforma en gendarme que busca en la noche el despertar de nuevos sentidos en donde yace su ciudad, la ciudad que lo sedujo y descubrió: Un lago en cuya superficie roja bailan las cabezas reblandecidas de las naranjas abandonadas por los navegantes borrachos.
La obsesión de Hesnor por "su" Maracaibo lo lleva a desnudar laberintos para liberar una clase distinta de calor, de sudor. Desde la palabra refunda Maracaibo para hacerla transparente, habitable para el alma sensible poco acostumbrada a esta extraña tradición gestada y que terminó crucificando al gentilicio zuliano.
La poesía es territorio para el sueño, y es allí donde sueño y realidad rompen ese límite tan sagrado para muchos que es la cordura, la costumbre de ser un errante en la sombra. En el caso de Hesnor, esa Maracaibo de la realidad queda subyugada por la del sueño, y desde allí la reinventa, la refunda: Confundido te nombro. Registro con tu nombre -esa rama de pelambre mágica grata de ver como el ojo del trueno- los laberintos del agua. Solo allí puede ser reconocido y reconocerse el poeta, allí, en medio de las membranas metafóricas de una ciudad oculta, está él desnudo y sonriente; el otro vivía de aquí para allá cumpliendo con las exigencias de la vida social, habitando pletórico de angustia las fangosas tierras de la cotidianidad.
En la cotidianidad se volvió invisible; no, corrijo, no se hizo invisible, se rehabitó tanto, se perteneció tanto que son las miradas quienes se incapacitan para reconocerlo, pero está presente interno más aún en el comienzo que me acerca a un lejano retorno. Llevo apenas la piel y la camisa que oí coser a brincos en la ciudad materna.
Y de la misma consistencia en que están hechas las fibras de los sueños, Hesnor se construye una historia, una tradición, cuyo origen se difumina en la boca inflamada de un caracol incrustado en una playa del oriente. Al igual que Ramos Sucre, el poeta Hesnor viene de un pasado, pertenece también a una raza distinta: Mis antepasados los marinos cambiaron sus barcos por cabalgaduras para entrar en el reino de la tierra… Mis antepasados se nutrían de la gracia que hace florecer en la arena la llama vegetal de los peces.
Y así como se crea una historia, se la obsequia a Maracaibo. Las ciudades nativas refleja esa búsqueda extraterritorial de una Maracaibo que bullía en sus venas como un trópico de recuerdos no vividos; es decir, recuerdos soñados. Así lo comenta José Gregorio Rodríguez, prologuista del libro: "Una suerte de inventario minucioso de su pasado y del pasado de su ciudad junto al trabajo de un verdadero lingüista que elabora su propia lengua haciendo del lenguaje el objeto mismo de su poesía. Idéntico movimiento que canta el mundo y el poema que los reúne".
Los ojos de Maracaibo parece que ya no alcanzan a ver las venas de la sensibilidad por donde transita su otra historia, esa sutil brisa que duerme bajo los malos olores de la maldad acumulada por tanta inercia, tanta palabra gruesa y vacía, por la desconfianza que sacó a patadas de nuestra alma el amigable calor de nuestra humanidad más brillante. Hesnor Rivera es símbolo de lo que fuimos y podemos volver a ser.

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