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| Un manifestante con una máscara de Rousseff critica los mensajes de esta en Belo Horizonte. /FELIPE DANA (AP) |
La presidenta Dilma Rousseff quizás haya sido la jefa de Estado que con mayor presteza y de forma más sistemática ha respondido en lo que va de siglo a las protestas de la calle. Y sin embargo, la calle la ha castigado con una caída de popularidad como no se recordaba en Brasil desde la llegada de la democracia en 1985. Una encuesta efectuada el viernes y el sábado entre 4.717 personas en 196 municipios revela que su imagen se desplomó desde un 57 a un 30% en sólo tres semanas. El 81% de los entrevistados apoya las manifestaciones y el 65% cree que esas protestas trajeron más beneficios que perjuicios. Pero nada de esos avances se le atribuyen a la gestión de la Rouseff. La presidenta, que ya fue silbada tres veces en la inauguración de la Copa de Confederaciones, decidió no acudir el domingo al estadio Maracaná para presenciar la final entre Brasil y España.
En abril de 2012, cuando llevaba 15 meses al mando del Gobierno,Rousseff batió su récord de popularidad con un 77% de aceptación, algo sin precedente en los últimos 20 años de Brasil. Era la presidenta que destituyó hasta 10 ministros envueltos en casos de corrupción, casi a un ritmo de uno por mes. Sin embargo la inflación y el descenso en el crecimiento económico, entre otros factores, hizo que en marzo cayera su popularidad hasta el 65% y en junio hasta el 57%. Ahora su imagen se encuentra 17 puntos porcentuales por debajo del 47% que tenía cuando asumió la presidencia.
Sin embargo, no se puede decir que a Rousseff le haya temblado la mano a la hora de atender el mensaje de la calle. Cuando aún resonaba las palabras de “vándalos” con que los medios y las autoridades de Gobierno y oposición en São Paulo habían tildado a los manifestantes, Rousseff declaró que había entendido el mensaje. Y reconoció que la mayoría de quienes protestaron lo hicieron de forma pacífica. Sus detractores alegaron que sólo había humo detrás de sus palabras. Pero dos días después, en Río de Janeiro y São Paulo se derogó la subida del transporte.
De poco sirvió. La gente no se había manifestado por 20 céntimos. Así que el jueves 20 de junio salieron a la calle 1,2 millones de personas, cifra que –una vez más—no se conocía en Brasil desde la lucha por la democracia. Rousseff volvió a asegurar que había entendido el mensaje. Y planteó cinco puntos para una ambiciosa reforma política. Comenzó a reunirse con líderes de los movimientos sociales, con alcaldes, gobernadores y presidentes del Supremo, la Cámara de Diputados y el Senado. Sus detractores volvieron a decir que había echado una cortina de humo. Sin embargo, en la madrugada del miércoles los diputados rechazaron la PEC-37, la Propuesta de Enmienda Constitucional conocida como la “ley de la impunidad”, la que limitaba los poderes de investigación de la fiscalía en casos de corrupción. Fue otra gran victoria de la calle.
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A principios de junio, la anterior encuesta Datafolha ya había revelado una caída de ocho puntos de la popularidad de Rousseff, candidata a un segundo mandato en las elecciones de finales de 2014. Sin embargo, en marzo, la mandataria aún disfrutaba de una gran de popularidad, apoyada por un 65%.
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