No me digan que fue casualidad. Justo en los momentos en que Ucrania anuncia recuperación de territorio en Donbas, justo cuando Ucrania atacaba exitosamente con sus drones centrales eléctricas, depósitos militares, ciudades rusas; justo cuando todo hacía prever que Rusia ya no podría ganar; justo en los momentos en que Ucrania pasaba de la guerra defensiva a la guerra ofensiva; junto cuando nadie lo esperaba, llegó el artero cuchillazo en las espaldas de Zelenski.

Pocas veces una nación ha sido tan miserablemente traicionada por un aliado. Y, sin embargo, debemos contenernos. Lo sé: no es el momento de putear en público (ya lo he hecho muchas veces en privado). Pues el problema, si lo pensamos bien, no solo es ético o moral. Estamos –y este es el punto central- ante una nueva estrategia ruso- norteamericana, y probablemente china, en el proceso de repartición del mundo que supuestamente llevará a un nuevo orden mundial.

El tema ucraniano parece haber llegado a su término para la administración Trump. Ucrania será jugada en una negociación con Rusia, incluida en el marco más grande de reparticiones que tendrán lugar después de la guerra en Ucrania. Así parece haber sido el cálculo de Trump. Ucrania no estará nunca en condiciones de enfrentar a tres imperios a la vez. Sí; a tres.

Para nadie es un misterio que en esa guerra Putin ha recibido total apoyo económico y militar del imperio chino y ahora del norteamericano. Ucrania solo cuenta con el apoyo limitado de gobiernos europeos, acosados desde Rusia y EE UU desde el exterior, y por movimientos nacional-populistas (o neofascistas) en el interior, todos, con la excepción del de Meloni, prorrusos.

El objetivo imperial de Trump pasa por la capitulación de Ucrania. Así lo ha dicho el presidente Zelenzki. A su vez, Trump no ha vacilado en culpar a Zelenski de la guerra, llegando a la grosería de llamarlo dictador, como si Putin fuera un excelso demócrata. Visto de ese modo, el pacto del diésel con Rusia no fue el detonante de la alianza geoestratégica entre Rusia y los EE UU -como intenta hacerlo aparecer Trump- sino al revés: la alianza con Rusia en contra de Ucrania llevó al pacto del diésel (más de 300.000 toneladas de diésel ruso al mercado internacional para mitigar los precios del combustible provocados por la guerra con Irán)

La paz trumpiana es coincidente con una paz putiniana, concebida tras una larga e intensa conversación telefónica entre Putin y Trump. La idea de Putin, convocar a un encuentro sobre el tema Ucrania a Xi, Trump y el mismo Putin, sin la concurrencia de Europa y Ucrania, fue evidentemente planeada entre Trump y Putin. No se sabe la reacción del gobierno chino todavía, aunque Xi estaba seguramente al tanto antes de que Putin hiciera su propuesta a Trump.

Estamos entonces ante una nueva situación en donde una entente tripartita busca la posibilidad del surgimiento de un nuevo orden mundial en nombre de la paz. Una nueva Yalta, dicen algunos analistas poco imaginativos. Pero hoy, a diferencia de 1945, en esa supuesta “Yalta” no está Inglaterra y en su lugar está China: Dos países antidemocráticos y uno, el de los EE UU, en peligro de dejar de serlo. En esa nueva constelación la inmolación de Ucrania sería una medida útil y necesaria para alcanzar una (supuesta) paz tri-imperial. Así al menos piensan Putin y Trump. De Xi nunca sabremos bien lo que piensa.

Lo que está claro es que estamos asistiendo a un proyecto de convergencia entre tres imperios. Algo difícil de alcanzar aunque Trump regalara toda Ucrania a Rusia. Más allá de Ucrania está la guerra de Irán, impulsada por Trump para favorecer las posiciones de Israel en contra precisamente de los intereses de China y de Rusia. Está también Taiwán, que puede ser en cualquier momento reclamada por China a cambio de permitir a Trump actuar en Groenlandia, en el Golfo de México, en Canadá, e incluso en algunas zonas de África.

No deja de ser interesante constatar que la nueva conformación de un mundo tri-imperial fue la misma que imaginó visionariamente George Orwell en su clásico libro 1984. Allí Orwell constató que tres imperios nunca logran imponer la paz mundial. Todo lo contrario. Siempre impera la correlación del “dos contra uno”. Por supuesto, cada imperio decía librar la guerra en nombre de la paz.

El lema de la “pax romana” –Si quieres la paz prepárate para la guerra– sigue vigente para los tres imperios de nuestra era. La palabra paz ha sido casi siempre una coartada para continuar la guerra. La mayoría de los grandes crímenes de la historia universal, no olvidemos, han sido cometidos en nombre de la paz. También en nombre de la paz Trump se está convirtiendo en un criminal de guerra, si es que ya no lo es. La traición a Ucrania fue un crimen de lesa magnitud. Miles de vidas fueron sacrificadas en nombre de una estrategia que llevará a cualquiera parte, menos a la paz.

Pero hay que decirlo, no todo ha sido producto de las infernales cabezas de Putin y Trump. En los EEUU al menos existe una larga tradición académica y geopolítica relativa a que la paz solo puede ser alcanzada mediante el equilibrio entre las principales potencias de la tierra con prescindencia de naciones subalternas. De acuerdo a esa línea, la existencia de imperios es indispensable para disciplinar al mundo y así alcanzar la paz. Nos referimos a la Teoría de la Estabilidad Hegemónica (así es conocida en los círculos geoestratégicos) confluyente con las teorías del realismo kissingeriano, hoy adaptado por autores como John Mearsheimer quien, asumiendo la narrativa de Putin, sostiene que la culpa de la guerra a Ucrania la tuvo Occidente al intentar incorporar a Ucrania a la OTAN. Una evidente mentira, por lo demás.

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